La niebla del Ebro (Marina Roldán 1) CAPÍTULO 18 EL JUICIO DE LA MEMORIA
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CAPÍTULO 18 EL JUICIO DE LA MEMORIA

El cementerio viejo de Montecastro colgaba en una terraza natural de roca caliza a trescientos metros por encima del pueblo, vigilado por cuatro cipreses centenarios retorcidos por el viento del páramo.

Desde allí arriba, el valle parecía un tajo profundo y silencioso tallado por el río en la meseta castellana, con los tejados de pizarra brillando bajo el sol frío de las cuatro de la tarde.

No había campanas de duelo ni cortejo fúnebre multitudinario.

Solo un furgón judicial de madera oscura estacionado junto a la tapia de piedra seca y un pequeño féretro de pino pulido que dos operarios de la funeraria de Villarcayo descendían con cuerdas hacia la fosa recién excavada.

Al borde de la tierra removida estaba Tomás Aldana.

Vestía su único traje de paño negro, el mismo que se había puesto treinta años atrás para el entierro de su madre.

Llevaba las manos cruzadas por delante, con los nudillos deformados por la artrosis apretados contra el vientre y los ojos clavados en la tapa de madera donde una pequeña placa de latón rezaba: Javier Aldana Orive (1989 - 2011) .

A tres metros de él, guardando un silencio respetuoso, Marina Roldán y Héctor Valle observaban la ceremonia. Valle vestía el uniforme de gala de la Guardia Civil, con la guerrera abotonada hasta el cuello y el tricornio bajo el brazo.

El párroco del pueblo, un hombre anciano con sotana gastada y capa pluvial morada, rezó un responso breve con una voz cascada que se disolvía en el aire gélido:

— De la tierra fuiste formado y a la tierra has de volver... Que la paz del Señor que el mundo no puede dar sea con tu alma, Javier.

Tomás dio un paso al frente. Se agachó con dificultad, recogió un puñado de tierra arcillosa y la dejó caer sobre la madera del ataúd. El sonido seco del lodo golpeando la tapa resonó en el camposanto con la solemnidad de un juramento cumplido.

—Ya estás en casa, hermano —susurró Tomás con la voz rota—. Ya nadie te va a señalar con el dedo.

Junto a la verja de forja de la entrada del cementerio, una figura solitaria permanecía inmóvil bajo la sombra de un ciprés.

Era Irene Oria.

Vestía un abrigo largo de lana negra y llevaba el pelo recogido sin adornos.

No intentó acercarse a la tumba ni cruzar la mirada con los vecinos que la observaban desde el camino con una mezcla de recelo y asombro mudo.

Se inclinó despacio, depositó un ramo sencillo de siemprevivas blancas sobre el poyete de piedra de la entrada y permaneció dos minutos con la cabeza inclinada en una oración silenciosa.

Aquella misma mañana, Irene había acudido a la notaría de Medina de Pomar para firmar dos documentos inapelables: la renuncia irrevocable a las plusvalías de la venta eólica a favor de la cooperativa de pastos de Montecastro y la cesión de la nave del aserradero al ayuntamiento para la creación de un centro comarcal de formación profesional forestal.

Marina la vio dar media vuelta y descender sola por el camino empedrado hacia la casona, dejando tras de sí el eco de sus pasos sobre la grava.

Cuando la cuadrilla de sepultureros terminó de palear la tierra y colocó la losa de piedra caliza con el nombre de Javier junto a las sepulturas de sus padres, Tomás se volvió hacia Marina.

Caminó despacio hacia ella, con la respiración fatigada por el esfuerzo y el frío.

Metió la mano en el bolsillo del chaquetón y sacó la copia oficial del auto judicial que Marina le había entregado en el cuartel dos horas antes: el documento sellado por el Juzgado de Instrucción que declaraba extinguida cualquier responsabilidad penal de Javier Aldana y acreditaba que había sido víctima de un delito de asesinato con ocultación de cadáver.

—Gracias, inspectora —dijo Tomás, sosteniendo el papel con sus dedos artríticos como si fuera el pergamino más valioso del mundo—. Durante quince años pensé que la justicia era un invento para los que podían pagar abogados de postín.

Marina le estrechó la mano con firmeza. Sintió la dureza de la piel de un hombre que había resistido el oprobio de toda una comarca sin doblar la cerviz.

—Su hermano era un hombre honrado, señor Aldana —dijo Marina—. Mi padre lo supo el primer día. Y hoy lo sabe toda la provincia.

Tomás miró a Valle. El viejo guardia civil cuadró los hombros y mantuvo la mirada del anciano sin pestañear, aceptando con dignidad el silencio cargado de culpas y de perdón tardío que flotaba entre ambos.

—Vaya a descansar a su casa, Tomás —dijo Valle con un hilo de voz—. Esta noche en Montecastro nadie va a cerrar la puerta con miedo.

Tomás asintió en silencio. Se caló la boina negra hasta las cejas y comenzó a bajar por el sendero del cementerio, renqueando despacio hacia el valle, con la cabeza alta por primera vez en quince inviernos.