CAPÍTULO 17 LA CAÍDA DE LAS MÁSCARAS
A las ocho y media de la mañana, la balsa de decantación del aserradero de Montecastro estaba acordonada por una docena de agentes de la Comandancia de Burgos. La lluvia helada había cesado, dejando un cielo raso de invierno, límpido y gélido como un cristal recién lavado.
Dos buzos del Grupo Especial de Actividades Subacuáticas (GEAS) de la Guardia Civil emergieron del agua cenagosa de la balsa, donde se acumulaban los lodos de serrín y viruta.
El primer buzo levantó sobre la superficie un fardo pesado envuelto en plástico negro de ensilado y atado con alambre galvanizado.
Lo depositaron sobre una lona impermeable en la orilla.
El subinspector Arribas cortó el alambre con unos alicates y desenrolló el plástico con extremo cuidado.
En el interior descansaba la escopeta semiautomática Benelli Superligera, calibre 12, con cañón estriado de cincuenta y cinco centímetros y punto de mira de fibra óptica roja.
El número de serie coincidía dígito a dígito con la guía de pertenencia a nombre de Bernardo Oria que Marina había recuperado de la caja fuerte de la casona.
En la recámara vacía aún quedaba el fulminante percutido de un cartucho Brenneke.
Junto a la escopeta, envuelta en un trapo de saco aceitado que la había preservado del óxido durante quince inviernos, apareció la segunda pieza del rompecabezas.
Era una herramienta de hierro forjado de sesenta centímetros de longitud, con mango de fresno desgastado por el sudor de manos viejas y una punta triangular curva, afilada como un colmillo de jabalí en el vértice.
En la base del hierro, golpeado a punzón en el yunque de una herrería comarcal, se leía con total nitidez:
`M.C. - 3`
La sapina número tres. La herramienta perdida del inventario de noviembre de dos mil once.
La doctora Natalia Soria se arrodilló junto a la lona y colocó una regla milimétrica junto a la punta de hierro.
—Coincidencia absoluta —dictaminó la forense, levantando la vista hacia Marina—.
La curvatura, la anchura de tres coma ocho centímetros y el bisel de impacto encajan milimétricamente con la fractura parietal del cráneo de Javier Aldana.
Tenemos las dos armas homicidas, inspectora. El círculo se ha cerrado.
A diez metros de distancia, sentado en el asiento trasero del vehículo policial con las manos engrilletadas a la espalda y custodiado por dos agentes de uniforme, Marcos Cuesta miraba fijamente el suelo de grava a través de la ventanilla enrejada.
Tenía la cabeza vendada con una gasa blanca sobre la brecha sangrante y los hombros hundidos, despojado por completo de la bravuconería con la que había gobernado el aserradero durante quince años.
Había firmado la confesión completa en el atestado policial quince minutos antes, en presencia del letrado de oficio designado por el Colegio de Abogados de Burgos.
Marina se acercó a la ventanilla del coche patrulla.
Marcos levantó la cabeza despacio. Sus ojos estaban apagados, turbios, sin un solo rastro de desafío.
—¿Por qué le pusiste la nota a Tomás en el taller el viernes? —preguntó Marina en voz baja.
Marcos tardó varios segundos en contestar. El vapor de su respiración empañaba el cristal de seguridad.
—Porque estaba desesperado —confesó Marcos con un hilo de voz ronca—.
Cuando vi que el agua bajaba y que el morro del Patrol asomaba entre el barro, supe que Bernardo me iba a dejar tirado.
Quería que Tomás bajara al embalse a armar ruido, que la Guardia Civil viniera antes de que Bernardo pudiera mover el coche...
Pensé que si la policía encontraba el coche con Bernardo vivo, Bernardo iría a la cárcel por la desaparición y yo me libraría.
Pero el viejo era más listo que el hambre. Me citó a solas para matarme él a mí.
—El único que mató a alguien aquí fuiste tú, Marcos —dijo Marina con serenidad implacable—. Mataste a Javier Aldana por la espalda hace quince años. Y mataste a Bernardo Oria el domingo por la noche.
Marcos bajó la mirada y no volvió a hablar.
El sargento Valle se acercó a Marina sosteniendo una carpeta de diligencias con la carátula firmada por el juez de instrucción de Villarcayo.
—El juzgado acaba de ordenar su traslado urgente a Villarcayo para la comparecencia de prisión del artículo quinientos cinco de la Ley de Enjuiciamiento Criminal —dijo Valle—.
La calificación de la muerte de Javier en dos mil once queda fijada formalmente como asesinato con alevosía sorpresiva del artículo ciento treinta y nueve del Código Penal, con prescripción de veinte años; no hay prescripción que valga.
Y con el tiro de Bernardo dos noches atrás y las dos armas recuperadas, el fiscal va a pedir prisión provisional comunicada y sin fianza de cabeza.
Marina miró hacia el río, donde las aguas del Ebro bajaban limpias y verdes bajo la luz clara de la mañana.
—Y el auto de libertad —añadió Marina, mirando a Valle a los ojos—. ¿Dónde está el auto de libertad de Tomás Aldana?
Valle sonrió por primera vez en tres días. Sus ojos arrugados se iluminaron con una calidez cansada.
—En mi mano, inspectora. El juzgado ha decretado el sobreseimiento libre y archivo de todas las actuaciones contra Tomás Aldana Orive con todos los pronunciamientos favorables.
Marina asintió con una inclinación suave de cabeza.
—Vamos a sacarlo del cuartel, Héctor. Hay un hermano que lleva quince años esperando un entierro.