CAPÍTULO 16 LA HUIDA EN EL DESFILADERO
El puente viejo de Montecastro era una estructura de sillería de tres ojos levantada en el siglo diecisiete para el paso de carretas de bueyes, con un pretil bajo de piedra caliza que apenas llegaba a la rodilla y una calzada de cantos rodados de menos de tres metros de anchura.
Por debajo, a quince metros de caída vertical, el río Ebro rugía encajonado entre farallones negros, arrastrando ramas rotas y espuma helada en la penumbra previa al amanecer.
La camioneta Nissan Navara verde oscuro estaba cruzada en el primer tercio del puente. El patinazo sobre el hielo negro había hecho que la rueda trasera derecha quedase encajada en un socavón del pavimento empedrado.
Al ver los destellos azules del rotativo del Peugeot reflejados en el espejo retrovisor, las luces de marcha atrás de la camioneta se encendieron de golpe.
El motor diésel rugió con un aullido ensordecedor.
Las cuatro ruedas motrices giraron sobre el hielo, levantando una nube de gravilla y nieve sucia antes de que los neumáticos mordieran la piedra.
La camioneta dio un salto brusco hacia atrás, enderezándose para enfilar el paso estrecho hacia la orilla contraria.
—¡Va a intentar cruzar a la brava! —gritó Valle, parapetándose detrás del capó del coche oficial.
Marina no dudó. Avanzó tres pasos sobre el hielo, con los brazos estirados en posición de tiro Weaver, empuñando la HK con ambas manos.
—¡Policía Judicial! —la voz de Marina cortó el rugido del río como un trueno—. ¡Apague el motor y baje del vehículo con las manos en alto!
La respuesta de Marcos Cuesta fue hundir el pie en el acelerador.
Los dos faros delanteros de la pick-up apuntaron directamente hacia ellos. El morro macizo de hierro y plástico avanzó como un proyectil sobre la calzada resbaladiza, patinando de lado a lado entre los pretiles de piedra.
Marina no disparó al conductor. Mantuvo la serenidad helada que su instructor de tiro de Ávila le había grabado a fuego diez años atrás: alineó el punto de mira de tritio con el neumático delantero izquierdo de la camioneta.
Apretó el disparador dos veces.
Dos detonaciones secas retumbaron en el desfiladero como dos hachazos. Las balas blindadas de nueve milímetros parabellum perforaron la goma del flanco del neumático.
El neumático reventó con un estallido sordo. La camioneta perdió la dirección en una décima de segundo, derrapando en un trompo incontrolable de ciento ochenta grados sobre los cantos rodados congelados.
El lateral derecho de la Navara se estrelló con un impacto brutal contra el pretil de piedra del puente.
El sonido de la mampostería reventando resonó en todo el cañón.
Cuatro bloques macizos de piedra caliza de trescientos kilos se desprendieron del borde, cayendo al vacío y estrellándose contra las aguas negras del Ebro con un estruendo sordo de chapoteo y espuma.
La rueda trasera de la camioneta quedó suspendida en el aire, girando en el vacío sobre el abismo.
El motor de la camioneta se caló en una bocanada de humo negro y vapor blanco de refrigerante reventado.
Durante cinco segundos, el único sonido fue el aullido del viento del norte y el fluir salvaje del agua quince metros más abajo.
La puerta del conductor de la Navara se abrió de golpe con un gemido de bisagras dobladas.
Marcos Cuesta se apeó al suelo de piedra. Tenía una brecha sangrante en la ceja izquierda producida por el golpe contra el volante y la mirada enloquecida, animal, de una fiera que se sabe rodeada en una trampa sin salida.
En la mano derecha sostenía una barra de uña de acero forjado de un metro de longitud, pesada y oxidada, con la punta curvada en palanca.
—¡Atrás! —rugió Marcos, balanceando la barra de acero con un silbido amenazador en el aire—. ¡No pienso volver a pisar un calabozo por culpa del viejo Oria ni por ti, zorra!
Marina avanzó despacio sobre el puente, paso a paso, manteniendo la pistola fija en el centro de masa del capataz, a cuatro metros de distancia.
Valle se colocó a su derecha, cerrando el ángulo de fuga hacia el pueblo, con el arma apuntando con pulso firme a pesar de su cojera.
—Tira la barra, Marcos —dijo Marina con una voz tan tranquila, tan desprovista de miedo o rencor, que desarmaba la rabia del agresor más que un disparo—.
Se acabó. Tenemos tu forro polar con la sangre de Bernardo en tu taquilla.
Tenemos la esquirla del piloto de tu Berlingo.
Y tenemos el informe de balística que demuestra que Tomás Aldana no disparó la escopeta.
Marcos respiraba con estertores salvajes, con el vaho saliendo a borbotones de su boca ensangrentada.
—¡Bernardo me engañó! —gritó Marcos, dando un paso tambaleante hacia el borde roto del pretil—. ¡Llevaba quince años prometiéndome que el aserradero sería para mí si callaba! ¡Y me enteré de que lo iba a vender todo a los de Bilbao para largarse con su hija y dejarme tirado como una colilla!
—Tú mataste a Javier Aldana en dos mil once, Marcos —dijo Marina, sin bajar el arma un solo milímetro—.
Le partiste la cabeza con la sapina número tres por la espalda mientras hablaba con Bernardo.
Mi padre lo escribió en su cuaderno antes de que tú y Bernardo comprarais a la mitad de la comarca para taparlo.
Marcos miró la negrura del río bajo sus botas. La barra de acero temblaba en sus dedos congelados.
—El chaval... el chaval quería llevarse a Irene —balbuceó Marcos, con la voz quebrándose entre la rabia y el llanto—. Iba a arruinar el negocio. Bernardo me dijo que le diera un susto... Yo no quería matarlo... pero la sapina se me fue en la cabeza. ¡Se me fue la mano!
—Y luego tirasteis su cuerpo al pantano dentro de su propio coche —sentenció Marina—. Y el domingo pasado, cuando viste que el agua bajaba y que los huesos iban a salir a flote, le exigiste el dinero a Bernardo en el meandro. Bernardo sacó la escopeta y tú le descerrajaste el tiro en el pecho.
Marcos cayó de rodillas sobre las losas heladas del puente.
La barra de acero resbaló de sus dedos insensibles, rodó por la pendiente de piedra y cayó a través de la brecha del pretil, hundiéndose en el vacío del desfiladero hasta perderse en el abismo del Ebro.
El capataz se cubrió la cara ensangrentada con ambas manos, sollozando con espasmos secos sobre el suelo helado.
Valle se adelantó con paso firme, le dobló los brazos a la espalda y le colocó los grilletes de acero, apretando el cierre con un chasquido rotundo que puso punto final a quince años de mentiras en el valle de Montecastro.