La niebla del Ebro (Marina Roldán 1) CAPÍTULO 15 LA RECONSTRUCCIÓN DE LA NOCHE
79%

CAPÍTULO 15 LA RECONSTRUCCIÓN DE LA NOCHE

El Peugeot oficial devoraba la pista de grava que bordeaba el cañón a sesenta kilómetros por hora, con la tracción al límite sobre una mezcla traicionera de barro suelto y nieve pisada.

A la derecha, la pared de roca caliza se elevaba en vertical hacia un cielo aún negro; a la izquierda, a menos de un metro del arcén sin quitamiedos, el terraplén caía en picado hacia las aguas oscuras y revueltas del Ebro.

Las luces antiniebla abrían un túnel de luz amarilla en la bruma flotante.

Marina llevaba los nudillos blancos de apretar el volante. Cada curva era una batalla contra la inercia, pero su mente trabajaba con una frialdad quirúrgica, uniendo cada prueba forense, cada gota de sangre y cada contradicción en una única línea recta.

—Todo ocurrió dentro del coche, Héctor —dijo Marina, con la voz templada por encima del rugido del motor diésel—. Bernardo no murió ejecutado por la espalda ni arrodillado en el barro. Bernardo murió dentro del Patrol.

Valle se agarraba a la manilla del techo con una mano mientras sostenía la linterna pesada con la otra.

—¿Por qué?

—Por la trayectoria balística de la doctora Soria —explicó Marina sin apartar los ojos del camino—.

El proyectil Brenneke entró por el hemitórax izquierdo en trayectoria ligeramente ascendente y quedó alojado en la sexta vértebra dorsal.

Si le hubieran disparado de pie desde fuera, la trayectoria habría sido horizontal o descendente.

El tirador estaba dentro del habitáculo, forcejeando con él a menos de cuarenta centímetros.

Marina esquivó un desprendimiento de piedras calizas en la calzada con un golpe seco de volante.

—Bernardo citó a Marcos en el embalse el domingo por la noche con la furgoneta y el cabrestante de arrastre —continuó Marina—.

Bernardo creía que tenía a Marcos bajo control, como lo tuvo durante quince años pagándole la nómina de silencio.

Pero Marcos sabía algo que Bernardo no calculó: Marcos sabía que si el todoterreno salía a flote, la policía judicial examinaría el cráneo de Javier Aldana y encontraría la marca triangular de la sapina número tres, la herramienta que tenía su nombre en el inventario de la empresa.

—Marcos iba a ir a la cárcel por asesinato en primer grado —asintió Valle con la respiración entrecortada.

—Exacto. Marcos sabía que el pacto de silencio se había terminado.

Cuando se encontraron junto al agua, en mitad de la niebla, Marcos no quiso ayudar a Bernardo a mover el coche; le exigió todo el dinero en efectivo que Bernardo llevaba en el maletín y una parte del contrato eólico para poder fugarse a Portugal antes de que la presa bajara del todo.

Bernardo se negó. Bernardo era un cacique acostumbrado a aplastar a quien le tosía.

Sacó la escopeta de caza que llevaba detrás de los asientos del Patrol y le apuntó al pecho.

—Y forcejearon —dijo Valle, completando el puzle.

—Forcejearon dentro de la cabina —dijo Marina—.

Bernardo arañó a Marcos en el dorso de la mano y le arrancó las fibras azules del forro polar con las uñas.

Marcos era más joven, más fuerte y estaba desesperado.

Le agarró el cañón de la escopeta, desvió el arma hacia el pecho de Bernardo... y apretó el gatillo.

El coche derrapó dos metros en una curva cerrada antes de que Marina recuperase el control con un contravolante impecable.

—El tiro a bocajarro destrozó a Bernardo —prosiguió Marina—.

Marcos se vio de pronto con un cadáver caliente en las manos y la sangre salpicándole la ropa.

Supo que si dejaba el cuerpo tirado en el suelo, la investigación se centraría en el aserradero en doce horas.

Así que decidió montar un escenario para despistarnos.

—Las bridas de nylon —murmuró Valle.

—Las bridas forestales que llevaba en su furgoneta para atar los paquetes de tablones —afirmó Marina—.

Ató las muñecas del muerto al volante para que pareciera una ejecución calculada, una venganza de los ganaderos comunales o un ajuste de cuentas de Tomás Aldana.

Luego subió a su Berlingo para huir, metió la marcha atrás a ciegas presa del pánico, reventó el piloto trasero contra la roca...

y se marchó creyendo que el agua cubriría el secreto unos días más.

Marina pisó el freno de golpe.

A trescientos metros de distancia, en la entrada del puente viejo de piedra que cruzaba el desfiladero, brillaban dos pilotos traseros rojos de una camioneta detenida ante el paso estrecho.

El Nissan Navara verde oscuro de la serrería.

—Ahí lo tenemos —dijo Valle, amartillando su pistola reglamentaria en la penumbra de la cabina—. Se le ha calado el motor con el hielo del puente.

Marina apagó las luces largas del coche y encendió los rotativos policiales.

—Esta vez no hay agua que valga, Héctor —dijo Marina, abriendo la puerta al aire helado de la madrugada—. Fin de la partida.