La niebla del Ebro (Marina Roldán 1) CAPÍTULO 14 LA TRAMPA EN EL ASERRADERO
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CAPÍTULO 14 LA TRAMPA EN EL ASERRADERO

Eran las seis y cuarenta de la mañana cuando el Peugeot de Marina y el todoterreno patrulla de Valle llegaron derrapando sobre la grava helada de la explanada del aserradero de Montecastro.

La niebla del amanecer era tan espesa que las farolas de vapor de mercurio del recinto parecían globos amarillentos suspendidos en la nada, incapaces de iluminar más allá de cinco metros.

La Citroën Berlingo blanca seguía estacionada junto a la báscula de pesaje, precintada con las bandas rojas y blancas de la Policía Judicial.

Pero la puerta de la caseta de mantenimiento estaba abierta de par en par, golpeando contra la pared de chapa al compás de las rachas de viento helado.

Marina sacó su pistola de dotación y encendió la linterna táctica, avanzando con paso firme hacia la nave de corte. Valle cubría su flanco izquierdo, cojeando pero con el arma desenfundada y el dedo fuera del guardamonte.

El interior de la nave estaba en silencio, interrumpido solo por el goteo de la condensación del techo de uralita sobre los montones de serrín.

Al fondo, junto a la sala de afilado de sierras, se encontraba el vestuario de los operarios: una fila de doce taquillas metálicas de color verde carruaje carcomidas por el óxido en la base.

La taquilla número cuatro, con el nombre M. CUESTA grabado en una tira de cinta adhesiva, tenía la pletina del candado reventada con una pata de cabra que yacía abandonada en el suelo de hormigón.

Marina iluminó el interior de la taquilla con el haz blanco.

En el estante superior había una caja de caudales de chapa azul con la cerradura forzada y la tapa abierta: vacía. En el suelo de la taquilla, hecha un ovillo detrás de un mono de trabajo limpio, había una bolsa de plástico de supermercado.

Marina se colocó los guantes de látex y extrajo la bolsa.

Dentro había un pantalón de faena de lona gruesa y un forro polar azul cobalto idéntico al que Marcos vestía por la tarde.

Los bajos del pantalón estaban empapados de cieno grisáceo y apelmazado, el lodo calizo del fondo del meandro.

Y en la pechera del forro polar, junto a la cremallera, se apreciaban tres salpicaduras oscuras y coaguladas del tamaño de una lenteja: sangre proyectada a alta velocidad.

Debajo de la ropa, Marina encontró un papel arrugado y húmedo.

Lo desdobló sobre el banco de madera del vestuario.

Era un comprobante de reserva telemática emitido a las cuatro y cuarto de la madrugada a través de una aplicación de transporte internacional:

BILLETE DE TRANSPORTE REGULAR DE VIAJEROS (ALSA / INTERNORTE)

Línea: Burgos (Estación Intermodal) — Oporto (Terminal Campanhã).

Salida: 19 de noviembre de 2026, 08:00 horas.

Pasajero: Marcos Cuesta Peña.

Marina consultó su reloj: eran las seis y cincuenta y dos minutos.

Faltaban sesenta y ocho minutos para que el autobús partiese hacia Portugal.

—¡Valle! —llamó Marina con voz cortante.

El sargento entró en el vestuario, arrastrando a un anciano menudo con gorra de lana y chaquetón de pana que temblaba como una hoja. Era el sereno del aserradero.

—Estaba escondido en la carbonera —dijo Valle—. Cuéntale a la inspectora lo que has visto, Faustino.

El anciano tragó saliva con los ojos desorbitados por el cañón de las armas.

—Marcos vino hace veinte minutos... —balbuceó el sereno—.

Venía blanco como la cera, con una bolsa de deporte y una barra de hierro.

Forzó su taquilla, cogió el dinero que tenía guardado y me quitó las llaves del vehículo de retén.

Le dije que la policía había precintado la furgoneta y me empujó contra las tablas.

Me gritó que si abría la boca antes de que saliera del valle me rajaba el cuello.

—¿Qué coche se ha llevado? —exigió Marina.

—La pick-up de la empresa —gimió el viejo—. El Nissan Navara verde oscuro que usamos para subir el combustible a las talas del monte. Tiene tracción a las cuatro ruedas y el depósito lleno.

—¿Por dónde ha salido?

—Por la pista vieja del desfiladero —respondió el anciano—. No ha cogido la carretera comarcal hacia Villarcayo porque sabía que ustedes vendrían por ahí. Se ha metido por el camino de las gargantas, hacia el puente viejo de piedra.

Marina miró a Valle.

—El puente viejo de piedra cruza el Ebro a dos kilómetros aguas abajo —dijo Valle con el rostro tenso—. Si pasa ese puente, enlaza con la pista forestal del páramo de Masa y sale directo a la autovía A-73 sin pisar un solo pueblo.

Marina salió disparada hacia el Peugeot oficial.

—No va a llegar a la autovía —sentenció Marina mientras abría la puerta del conductor de un tirón—. Sube al coche, Héctor. Vamos a cortarle el paso en el puente antes de que cruce el río.