CAPÍTULO 13 LA INCONSISTENCIA FORENSE
A las cinco y media de la madrugada, los calabozos del puesto de la Guardia Civil de Villarcayo olían a humedad de sótano, desinfectante barato y café rancio. A través de la claraboya protegida por barrotes de hierro se filtraba la negrura gélida de una noche que no terminaba de romperse.
En el despacho del oficial instructor, Marina Roldán tenía la mirada clavada en la pantalla de su ordenador portátil. Junto al teclado había dos faxes urgentes recién escupidos por la máquina térmica y una taza de té frío.
Héctor Valle entró en la estancia cerrando la puerta tras de sí con el hombro. Traía la cara demacrada por la falta de sueño y la nieve derretida en los hombros del polo.
—El fiscal de guardia de Medina de Pomar ha llamado dos veces —dijo Valle, sentándose con pesadez en la silla metálica—.
Dice que con la escopeta de Tomás, el reactivo de pólvora positivo y la declaración de Irene Oria, tiene base suficiente para pedir prisión provisional comunicada y sin fianza en cuanto el juzgado abra a las nueve de la mañana.
Marina no levantó los ojos de la pantalla. Hizo girar el ordenador hacia Valle con un movimiento seco de la mano.
—Dile al fiscal que si pide prisión para Tomás Aldana, va a cometer el ridículo procesal más grande de la historia de esta provincia —dijo Marina.
Valle entrecerró los ojos para leer el documento en pantalla:
DEPARTAMENTO DE BALÍSTICA FORENSE - GUARDIA CIVIL (ZONA DE CASTILLA Y LEÓN)
INFORME PERICIAL PRELIMINAR B-884/2026
Asunto: Cotejo balístico de proyectil extraído de cadáver vs. Escopeta Benelli incautada a Tomás Aldana Orive.
Conclusiones periciales:
1. El proyectil Brenneke de 39 gramos recuperado en la autopsia de Bernardo Oria presenta un estriado helicoidal dextrógiro de doce estrías profundas, correspondiente a un cañón cilíndrico estriado para caza mayor.
2. La escopeta incautada a D. Tomás Aldana presenta ánima lisa sin estrías (choke cilíndrico liso de cuatro estrellas).
3. El proyectil letal no fue disparado por el arma del detenido.
4. El residuo de deflagración hallado en la recámara de la escopeta de D. Tomás Aldana corresponde a perdigón menudo del número 7 (plomo blando de caza menor), incompatible con bala sólida.
Valle releyó las cuatro conclusiones dos veces. Su respiración se volvió pesada y rítmica.
—Tomás disparó perdigones... —murmuró Valle, pasándose la mano por el bigote blanco.
—Tomás disparó contra una zorra que intentó meterse en su gallinero el sábado por la tarde —Marina cogió el segundo fax—.
Y aquí tengo el informe complementario de la doctora Natalia Soria sobre la exploración física del detenido: Tomás presenta una rizartrosis bilateral severa con calcificación articular en ambas muñecas.
Su fuerza de prensión manual está limitada a menos de quince kilos en dinamómetro.
Un hombre con esas manos no puede apretar las bridas de nylon azul que asfixiaban las muñecas de Bernardo. Es físicamente imposible.
Valle soltó un bufido y se echó hacia atrás en la silla.
—¿Y qué hacía Tomás con la escopeta en la mano a la una de la madrugada cuando Irene se marchó de su casa?
Marina se levantó de la mesa y se colocó el anorak.
—He bajado al calabozo a comprobar el estado de Tomás —dijo Marina—.
Se ha quebrado él solo, de forma totalmente espontánea y sin que mediara interrogatorio formal, mirando la pared.
Me ha contado la verdad con la mirada rota: cuando Irene le contó que su hermano estaba en el fondo del pantano, Tomás cogió la escopeta, bajó a la orilla del río como un sonámbulo, con el alma partida en pedazos, dispuesto a pegarle dos tiros a Bernardo Oria si se lo encontraba de frente.
—¿Y se lo encontró?
—No —respondió Marina con voz grave—. Cuando Tomás llegó a la pista del embalse, el Patrol ya estaba varado en el cieno.
Las luces estaban apagadas. Tomás se acercó a la ventanilla con la escopeta temblando en las manos y vio que Bernardo ya estaba muerto, atado al volante con la cabeza colgando y el pecho ensangrentado.
Tomás se quedó paralizado cinco minutos en mitad de la niebla, comprendió que alguien se le había adelantado...
dio media vuelta y volvió a su casa a esperar a que la policía viniera a buscarlo.
Valle clavó los ojos en la mesa, abrumado por la revelación.
—¿Y por qué no lo dijo cuando entramos a detenerlo?
—Porque a Tomás le daba igual ir a la cárcel, Héctor —dijo Marina—.
Lo único que le importaba era que el cuerpo de su hermano había salido a la luz y que el pueblo por fin sabía que Javier no era un ladrón.
Estaba dispuesto a comerse veinte años de condena con tal de que nadie volviera a llamar delincuente a su familia.
Valle se puso en pie de golpe. Sus ojos brillaban con una mezcla de alarma y furia contenida.
—Si no fue Tomás... y el proyectil es una Brenneke de cañón estriado...
—La escopeta de caza mayor que Bernardo Oria guardaba habitualmente en la parte trasera del todoterreno —remató Marina—. La escopeta Benelli Superligera que no apareció en el vehículo cuando la grúa lo sacó del agua.
Marina cogió las llaves de su coche y su linterna táctica.
—Marcos Cuesta mintió en su coartada del club nocturno: la Científica ha comprobado que el camarero de Las Vegas no lo vio en toda la noche.
Las fibras azules del forro polar de Marcos coinciden con las del cuello de Bernardo.
Y el fragmento del piloto roto es de su Berlingo.
Marcos Cuesta sabe que el cotejo de ADN estará listo en pocas horas.
—Estará en su casa de Montecastro —dijo Valle, palpándose el cinturón.
—No —dijo Marina, abriendo la puerta del despacho—. Marcos Cuesta no es ningún imbécil. Sabe que las pruebas forenses son una soga al cuello. Si quiere salvar el pellejo y los doscientos mil euros que le sacó a Bernardo en quince años de chantaje, estará preparando la fuga ahora mismo.