La niebla del Ebro (Marina Roldán 1) CAPÍTULO 12 PUNTO MEDIO / FALSA CULPABILIDAD
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CAPÍTULO 12 PUNTO MEDIO / FALSA CULPABILIDAD

La medianoche cayó sobre la vaguada del arroyo de la Fuente Vieja como un manto de plomo congelado. Tres todoterrenos de la Guardia Civil rodearon el taller y la vivienda de los Aldana con las luces de posición apagadas, bloqueando la salida hacia el camino del río y el puente bajo.

Marina ajustó las correas de su chaleco antibalas de dotación bajo el anorak. Llevaba la pistola semiautomática HK en la mano derecha, apuntando al suelo en ángulo de cuarenta y cinco grados.

A su lado, dos agentes de la Unidad de Seguridad Ciudadana (USECIC) de la Comandancia de Burgos, pertrechados con cascos balísticos y escudos tácticos, se apostaron junto al portón de madera de la casa anexa al taller.

Valle se colocó al otro lado de la jamba. El veterano sargento respiraba con dificultad por la tensión y el frío. Hizo una señal con tres dedos enguantados: tres, dos, uno.

El agente del escudo embistió con la bota junto a la cerradura. La madera podrida cedió con un chasquido seco de astillas y la puerta se abrió de par en par contra la pared del pasillo.

—¡Guardia Civil! ¡Nadie se mueva! —gritó el primer agente, barriendo el interior con la linterna acoplada a su subfusil.

Marina entró en tercera posición.

La casa estaba sumida en una penumbra mortecina, iluminada únicamente por el resplandor anaranjado de las rendijas de la cocina de leña bilbaína. No hubo resistencia ni gritos. No hubo ningún intento de fuga.

Tomás Aldana estaba sentado a la mesa de pino de la cocina, vestido con una camisa de lana gruesa y pantalones de pana marrón oscuro.

Tenía una taza de café frío entre las manos y los ojos clavados en un punto indefinido de la pared encalada, donde colgaba una pequeña fotografía en blanco y negro de su hermano Javier a los dieciocho años, posando orgulloso junto a su primer motor rectificado.

Sobre la mesa, apoyada en el borde junto al salero de barro, descansaba una escopeta repetidora semiautomática con cañón recortado a sesenta centímetros.

La recámara estaba abierta.

—¡Arma al suelo! ¡Las manos donde pueda verlas! —ordenó el agente del escudo, apuntando directamente al pecho del hombre.

Tomás ni siquiera parpadeó. Levantó lentamente las dos manos vacías, manteniéndolas a la altura de los hombros con los dedos deformados por la artrosis temblando ligeramente por el frío.

—Está descargada —dijo Tomás con una voz tan baja y gastada que apenas superó el zumbido de la estufa—. No hace falta que peguen tiros.

Valle se adelantó con paso rápido, apartó la escopeta de la mesa con la mano enguantada y comprobó el cañón. Acercó la nariz a la ventana de expulsión y miró a Marina con gravedad sombría:

—Huele a pólvora quemada. Disparo reciente.

Un agente de la USECIC obligó a Tomás a levantarse, le colocó las manos a la espalda y le cerró los grilletes de acero con dos chasquidos secos y metálicos.

—Tomás Aldana Orive —comenzó a recitar Valle con voz monótona y reglamentaria—, queda usted detenido como presunto autor de un delito de homicidio en la persona de Bernardo Oria.

Tiene derecho a guardar silencio, a no declarar si no lo desea, a no confesarse culpable y a la asistencia de un abogado...

Tomás no escuchaba la retahíla de derechos. Tenía la mirada fija en los ojos de Marina Roldán.

—Javier ya descansa en paz, inspectora —murmuró Tomás, con una serenidad estremecedora que helaba la sangre más que el viento de la calle—. El río por fin ha dicho la verdad.

—¿Disparó usted a Bernardo en el embalse, Tomás? —preguntó Marina, dando un paso hacia él—. ¿Bajó anoche a la orilla después de que Irene le contara lo de su hermano?

Tomás cerró los labios con fuerza y bajó la cabeza hacia el suelo. No pronunció una sola palabra más.

Los agentes de la USECIC lo sacaron de la casa empujándolo suavemente por el pasillo hacia el coche patrulla que esperaba en el patio con las luces rotativas azules encendidas, tiñendo la nieve de destellos eléctricos.

Marina se quedó sola en la cocina con el sargento Valle.

La escopeta reposaba sobre una bolsa de plástico transparente para evidencias. Junto a ella, Arribas, que acababa de entrar con su maletín de reactivos, pasó una torunda de algodón impregnada en difenilamina por la recámara del arma.

El reactivo viró instantáneamente a un azul violáceo intenso.

—Positivo concluyente en nitritos y nitratos de deflagración de pólvora —confirmó Arribas, levantando el hisopo—.

Esta escopeta ha disparado munición del calibre 12 en las últimas cuarenta y ocho horas.

Tenemos el móvil de venganza familiar, la confesión de la testigo que lo vio salir armado de aquí a la una de la madrugada, el arma con disparo reciente y al sospechoso engrilletado.

Arribas sonrió, aliviado por la rapidez de la resolución:

—Inspectora, el caso está cerrado antes de que amanezca. El juez de Villarcayo nos va a felicitar a todos en el desayuno.

Marina no sonrió.

Se agachó en el suelo de la cocina, junto a la banqueta donde Tomás había estado sentado.

Examinó con la linterna las botas de trabajo de Tomás que descansaban bajo la mesa.

Estaban secas. El barro pegado a las suelas y a las cañas de goma era una costra cuarteada de arcilla rojiza, el barro ferroso del arroyo de la Fuente Vieja.

No había ni un solo gramo del cieno grisáceo, fino y calcáreo que cubría el lecho del meandro donde había aparecido Bernardo Oria.

Luego miró la mesa. No había ninguna navaja ni tijeras. Las bridas que ataban el cadáver en el Patrol habían sido apretadas con una tensión industrial de más de cincuenta kilos de tracción mecánica.

Marina recordó las manos de Tomás cuando levantó los brazos ante los agentes: las falanges distales de sus dedos anular y corazón estaban totalmente agarrotadas por la artrosis degenerativa, incapaces de cerrarse en un puño cerrado.

Se incorporó despacio y miró a Valle.

—Nada encaja, Héctor —dijo Marina.

Valle la miró como si hubiera perdido el juicio.

—¿Cómo que nada encaja, Marina? Tenemos el arma, la pólvora y el móvil de quince años de odio acumulado. Irene lo vio salir con esta misma escopeta a la una de la mañana.

—Tomás tiene barro rojo de su huerto, no barro gris del pantano —rebatió Marina con frialdad matemática—.

Tomás no puede cerrar los dedos de la mano izquierda para apretar una brida de nylon de nueve milímetros sin desgarrarse los tendones.

Y la autopsia de Bernardo demostró que el asesino tenía fibras de forro polar azul cobalto y grasa de motosierra bajo las uñas.

Tomás viste pana y franela, y en este taller solo se arreglan motores diésel de tractor.

Marina señaló la escopeta sobre la mesa.

—Tomás salió armado anoche, es verdad. Pero no mató a Bernardo Oria. Alguien le está regalando al juzgado un culpable perfecto en bandeja de plata. Y si cerramos el atestado con Tomás Aldana, el verdadero asesino estará cruzando la frontera de Portugal antes del mediodía.