La niebla del Ebro (Marina Roldán 1) CAPÍTULO 11 LA CONFESIÓN DEL SECRETO
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CAPÍTULO 11 LA CONFESIÓN DEL SECRETO

Irene Oria se levantó del sillón con movimientos torpes, como si el peso de su propio cuerpo fuera una carga insoportable.

Caminó hacia la pequeña caja fuerte empotrada en la pared detrás de un cuadro al óleo que representaba una montería de jabalíes en el monte de Montecastro.

Marcó la combinación de seis dígitos, abrió la pesada puerta de acero y extrajo una carpeta de fuelle de color negro.

La depositó sobre la mesa de nogal, frente a Marina.

—Hace tres semanas —comenzó Irene, con la voz templada por un esfuerzo titánico de autocontrol—, los auditores de la promotora eólica de Bilbao me pidieron que regularizara todas las partidas de gastos corrientes del aserradero antes de firmar el contrato de compraventa.

Cuando revisé las cuentas de los últimos quince años en el programa de contabilidad, encontré una anomalía que no cuadraba con ningún balance: una transferencia mensual fija de mil doscientos euros a una cuenta de Ibercaja a nombre de Marcos Cuesta.

Marina abrió la carpeta. Dentro había extractos bancarios impresos, copias de cheques al portador y decenas de albaranes de portes ficticios grapados con esmero.

—El cuaderno de su padre, inspectora —continuó Irene, mirando a Marina a los ojos—. Julián Roldán lo descubrió en dos mil once, ¿verdad? Por eso mi padre lo destruyó.

—Por eso intentó destruirlo —corrigió Marina—. Siga.

Irene tragó saliva con amargura.

—El domingo por la tarde, hacia las ocho y media, mi padre llegó a casa después de beber aguardiente en la taberna.

Subió al despacho y me lo encontré guardando fajos de billetes en un maletín de cuero.

Le puse los extractos bancarios delante de la cara y le exigí que me explicara por qué llevábamos quince años pagándole una mensualidad opaca al capataz.

Irene se abrazó a sí misma, temblando al revivir la escena.

—Mi padre se puso furioso. Olía a alcohol y a tabaco negro.

Me gritó que yo no era nadie para pedirle cuentas, que todo lo que tenía en Madrid lo había pagado la madera de ese monte.

Y entonces... cuando le amenacé con cancelar la venta del parque eólico y denunciar los pagos a Hacienda, se derrumbó.

—¿Qué le dijo? —preguntó Marina, conteniendo la respiración.

—Se rio en mi cara —la voz de Irene se quebró en un sollozo seco—.

Una risa horrible, de loco. Me dijo: «¿Tanto te preocupa el dinero de Marcos?

Pues dale las gracias, hija, porque ese dinero te pagó la carrera y te salvó de casarte con un muerto de hambre» .

Me confesó que la noche del catorce de noviembre de dos mil once, Javier vino a la serrería a buscarme con el Patrol para pedirle a mi padre mi mano y decirle que nos marchábamos juntos a Salamanca.

Discutieron en la nave de aserrado. Javier amenazó con contar en el pueblo que mi padre talaba pinos comunales fuera de coto.

Y Marcos Cuesta... Marcos, que estaba borracho en la caseta de afilado, salió con una sapina maderera y le partió la cabeza por la espalda para defender a mi padre.

Marina apretó los puños bajo la mesa. El relato coincidía al milímetro con el informe de la doctora Soria.

—¿Y qué hizo su padre después?

—Mi padre sabía que si la Guardia Civil encontraba el cuerpo de Javier con la cabeza abierta en su fábrica, el negocio se hundiría y él acabaría en la cárcel como encubridor —dijo Irene entre lágrimas—.

Así que compró el silencio de Marcos. Le prometió trabajo de por vida y una pensión mensual.

Entre los dos metieron el cadáver de Javier en el maletero del Patrol, condujeron el coche hasta el vado del río en plena noche, le ataron una piedra al pedal del acelerador y lo lanzaron a la sima del embalse.

Luego inventaron la mentira de los cincuenta mil euros para manchar la memoria del chico.

Valle emitió un juramento ahogado desde la puerta, apretando la mandíbula hasta crujir los dientes.

—¿Y el domingo pasado? —apremió Marina—. ¿Por qué citó Bernardo a Marcos en el pantano?

—Porque los técnicos de la presa habían empezado las obras de vaciado el viernes —respondió Irene—.

Mi padre bajó a la orilla el sábado por la tarde y vio que el agua había descendido más de diez metros.

El techo del Patrol estaba a punto de quedar al descubierto.

Sabía que si la Confederación dragaba el lodo y sacaba el coche con los huesos de Javier dentro, los peritos forenses encontrarían la fractura del cráneo y todo saldría a la luz.

Irene levantó las manos, suplicando comprensión.

—Mi padre le ordenó a Marcos que se vieran en el camino de servicio a las once de la noche con la furgoneta y un cabrestante de arrastre para enganchar el todoterreno y arrastrarlo cinco metros más hacia la corriente profunda del canal antes de que amaneciera.

Me lo dijo antes de salir de esta casa con la escopeta que guardaba en el todoterreno.

Me dijo: «Voy a hundir a ese chaval diez metros más hondo o nos hundimos todos» .

—¿Y usted qué hizo, Irene?

—Me quedé paralizada durante media hora, vomitando en el baño de pura náusea —confesó Irene—.

No podía respirar. Comprendí que el hombre al que había amado durante toda mi juventud no me había abandonado; estaba pudriéndose en el fango por mi culpa, por el apellido Oria.

Cogí las llaves de mi coche y bajé como una loca al taller de Tomás Aldana.

—¿Qué pasó en el taller? —la voz de Marina sonó afilada como un bisturí.

—Llegué pasadas las diez y media —dijo Irene—.

Tomás estaba en el foso. Se lo conté todo.

Le puse las manos en el pecho y le supliqué perdón de rodillas sobre las losas de grasa.

Tomás no gritó. No rompió nada. Se quedó blanco como la cal, apoyado en el banco de trabajo, llorando en silencio como un niño viejo.

Estuve con él hasta la una y media de la madrugada, intentando calmarlo, diciéndole que al día siguiente iríamos juntos al juzgado a denunciar a mi padre.

Irene se detuvo. Un temblor nuevo, más oscuro y aterrado, le paralizó la garganta.

—¿Y después, Irene? ¿Qué hizo Tomás cuando usted se marchó?

Irene miró a Marina con los ojos desorbitados por el horror de lo que estaba a punto de pronunciar.

—Cuando salí del taller para subir a mi coche...

vi a Tomás a través del ventanuco de la oficina.

Había abierto el armero metálico. Lo vi sacar una escopeta repetidora negra y una caja verde de cartuchos.

Le grité que parara, pero Tomás no me miró.

Apagó la bombilla del taller y salió por la puerta trasera hacia la pista del río con el arma en la mano.

Marina no esperó a escuchar una palabra más.

Se giró hacia Valle, con el pulso latiéndole con fuerza en las sienes.

—Héctor, llame a la Comandancia ahora mismo. Alerte a todas las patrullas disponibles de Seguridad Ciudadana y de Tráfico de la comarca.

—¿Qué hacemos con Tomás? —preguntó Valle, sacando la emisora del cinturón.

—Ir a por él —ordenó Marina—. Con chalecos antibalas y el seguro quitado.