CAPÍTULO 10 LA COARTADA ROTA
A las diez y media de la noche, el viento del norte soplaba con rachas de sesenta kilómetros por hora a través de las gargantas del Ebro.
La cellisca había cubierto las calzadas de Montecastro con una capa vítrea de aguanieve congelada, obligando a Marina a conducir el Peugeot oficial en primera marcha, con las luces antiniebla amarillas cortando una ventisca blanca que se arremolinaba contra el parabrisas.
Héctor Valle iba en el asiento del copiloto, con el chaquetón abrochado hasta la boca y la mirada fija en el barranco que caía a su derecha.
—Irene Oria no es una delincuente común, Marina —advirtió Valle, rompiendo el silencio de la cabina—.
Es abogada en ejercicio. Lleva diez años en despachos de mercantil en Madrid y conoce el Código Penal y la Ley de Enjuiciamiento Criminal mejor que nosotros dos juntos.
Si la acusa sin una orden de detención firme, se cerrará en banda y pedirá la presencia de un letrado de oficio o de su propio bufete.
—No voy a acusarla de asesinato, Héctor —respondió Marina sin apartar los ojos de la curva helada—.
Voy a ponerle delante de los ojos el informe de telecomunicaciones de su teléfono.
Si mintió en su coartada oficial, incurrió en falsedad documental y obstrucción a la justicia.
Y si estuvo con Tomás Aldana la noche en que mataron a su padre, quiero saber si fue a encargar un crimen o a confesar un secreto.
El todoterreno de alta gama de Irene seguía aparcado en el patio de la casona señorial, cubierto por una costra de nieve helada. A través de las vidrieras emplomadas del primer piso se filtraba una luz amarilla y tibia.
Esta vez, Irene no tardó en abrir.
Llevaba una bata gruesa de terciopelo verde oscuro sobre la ropa de calle y sostenía una taza humeante de té en las manos. Sus ojos estaban más hundidos aún que por la tarde, y al ver las dos figuras de la policía en el umbral, sus hombros se tensaron en un gesto de resignación cansada.
—Es tarde para una visita de cortesía, inspectora —dijo Irene, sin moverse del centro del zaguán.
—No es una visita de cortesía, Irene —Marina sacó una copia impresa del informe del juzgado de Villarcayo—.
Es una diligencia urgente de ampliación de declaración testifical.
Aunque si prefiere que lo hagamos en el cuartel bajo la condición de investigada no detenida, nos subimos al coche ahora mismo.
Irene miró el membrete del documento que Marina sostenía entre sus dedos enguantados: JUZGADO DE INSTRUCCIÓN Nº 2 DE VILLARCAYO - OFICIO TELEMÁTICO URGENTE .
Un destello de derrota cruzó la mirada de la abogada. Dio un paso a un lado y dejó abierta la puerta de madera maciza.
—Pasen —susurró—. No hace falta despertar a todo el pueblo.
Volvieron al despacho de nogal. El fuego de la chimenea se había consumido en un lecho de ascuas rojizas que proyectaban sombras alargadas sobre las cabezas de corzo de las paredes.
Marina no se sentó. Dejó caer el informe de telecomunicaciones en el centro de la mesa, justo al lado del cenicero de cerámica.
—El restaurante El Rincón de la Merced, en Burgos —dijo Marina con voz pausada y gélida—. La cena con los ingenieros del parque eólico. La noche en su piso de la calle San Lesmes.
Irene no tocó el papel. Mantuvo la taza de té entre las manos, mirando fijamente las ascuas de la chimenea.
—Su terminal móvil —continuó Marina— se conectó al repetidor de Sedano a las veintidós horas y cuarenta minutos del domingo.
Permaneció enganchado al sector sur de esa antena durante tres horas y cincuenta minutos seguidos, con tres llamadas entrantes perdidas de su padre, Bernardo Oria, a las veintitrés cero cinco, veintitrés catorce y veintitrés dieciocho.
Marina dio un paso hacia la mesa.
—A las veintitrés dieciocho, su padre estaba llamándola a usted desde el embalse, Irene. Y quince minutos después, alguien le descerrajó un tiro de cartucho Brenneke en el corazón.
El vapor de la taza de té tembló en el aire frío del despacho. Los labios de Irene comenzaron a vibrar con un estremecimiento espasmódico.
—Usted no estuvo en Burgos —sentenció Marina—. Usted estuvo en la vaguada baja del río. Estuvo en el taller de Tomás Aldana.
Irene cerró los ojos con fuerza. Dos lágrimas gruesas y lentas le resbalaron por las mejillas, rompiendo la máscara de compostura que había sostenido durante todo el día.
—No maté a mi padre —dijo Irene con una voz que era apenas un suspiro desgarrado—. Se lo juro por la memoria de mi madre. Yo no le puse una mano encima.
—Entonces explíqueme qué hacía con el hermano de Javier Aldana en mitad de la noche mientras su padre moría atado a un volante —exigió Marina.
Irene dejó la taza sobre la mesa con tanta torpeza que el té caliente salpicó la madera noble. Se pasó las dos manos por el rostro, apretándose las sienes como si intentara evitar que la cabeza le estallase.
—Fui a pedirle perdón —confesó Irene, ahogándose en sus propias palabras—. Fui a decirle la verdad antes de que fuera demasiado tarde.
Marina intercambió una mirada rápida con Valle, que permanecía apoyado en el marco de la puerta, atento y silencioso.
—¿Qué verdad, Irene? —preguntó Marina con suavidad, bajando el tono por primera vez—. Empiece desde el principio.