La niebla del Ebro (Marina Roldán 1) CAPÍTULO 9 EL CUADERNO DEL CABO ROLDÁN
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CAPÍTULO 9 EL CUADERNO DEL CABO ROLDÁN

La Posada del Cañón ocupaba un antiguo mesón de arrieros del siglo dieciocho, situado en la plaza menor de Montecastro, a doscientos metros de la iglesia de San Esteban.

A las nueve de la noche, las calles empedradas estaban desiertas bajo una cellisca racheada que golpeaba los postigos de madera con la insistencia de un puñado de perdigones.

La habitación número cuatro era abuhardillada, con techo de vigas de enebro oscurecidas por el humo y un radiador de hierro fundido que gorgoteaba con quejidos sordos cada vez que entraba una bolsa de aire en el circuito.

Marina se despojó del anorak y de las botas de montaña, dejándolas junto a la puerta sobre una hoja de periódico para que el barro húmedo no manchara la tarima de pino.

Vestía un jersey negro de cuello vuelto y vaqueros.

Tenía los pies fríos y la garganta irritada por el serrín del aserradero, pero no sentía cansancio; sentía esa vigilia eléctrica y concentrada que precede a las tormentas procesales.

Sobre la mesa camilla de la habitación, apartando una jarra de barro con agua y un vaso, colocó la pequeña libreta de tapas negras de su padre.

A su lado dispuso el teléfono móvil corporativo conectado a la batería externa y una libreta de notas nueva, abierta por una página en blanco.

Abrió el cuaderno de Julián Roldán por la primera página.

Noviembre de 2011.

La caligrafía de su padre era firme en los primeros folios. El cabo Roldán tenía entonces cincuenta y dos años, la salud de hierro de un hombre criado entre rastrojos y la fe ciega en el reglamento que solo tienen los guardias de vocación antigua.

15 de noviembre de 2011. 02:15 horas.

Recibida denuncia verbal de D. Bernardo Oria en el puesto. Manifiesta sustracción de 50.000 € en metálico de la caja de caudales del aserradero y desaparición del vehículo Nissan Patrol matrícula BU-8412-T, propiedad de Talleres Aldana. Sospechoso señalado: Javier Aldana Orive, peón eventual.

Nota personal: El perro guardián del aserradero (un mastín leonés cruzado) no ladró en toda la noche. Si Javier forzó la puerta a las doce, el perro lo conocía de sobra o alguien del aserradero estaba dentro.

Marina pasó la página. En los días sucesivos, los apuntes de su padre se volvían más apretados, con tachones nerviosos y flechas que cruzaban nombres y cifras:

18 de noviembre de 2011.

Entrevistada Irene Oria en presencia de su padre.

La chica tiene los ojos hinchados de llorar.

Bernardo no la deja hablar a solas conmigo; interviene a cada pregunta alegando que su hija está en estado de shock por la traición del muchacho.

Observo una maleta de viaje de piel en el zaguán de la casona con billetes de tren para Madrid.

Oria la envía a estudiar a la capital mañana mismo. Demasiada prisa por alejar a la testigo principal.

Marina apoyó los codos en la mesa camilla y se frotó los párpados con las yemas de los dedos.

Recordaba aquel invierno. Ella tenía veintiún años y estaba en tercer curso del Grado en Criminología en la Universidad de Salamanca.

Recordaba las llamadas de su padre los domingos por la tarde desde la cabina del cuartel: la voz de Julián sonaba cada semana más ronca, más aislada, obsesionada con un crimen que nadie en la provincia quería investigar.

"Hay un muerto debajo del agua, Marina" , le había dicho su padre una noche de diciembre, con la voz pastosa y el rumor de fondo de un vaso chocando contra la mesa. "Hay un muerto y todos en este pueblo van a heredar su parte de silencio" .

Aquella fue la última vez que hablaron antes de que a su padre le notificaran el expediente disciplinario por embriaguez y desobediencia grave a un mando superior.

Marina pasó tres hojas más en el cuaderno.

Llegó a las anotaciones del 24 de noviembre de 2011. Las últimas que su padre escribió antes de entregar la placa y el arma reglamentaria en la Comandancia de Burgos.

La letra allí ya no era recta; era un trazo tembloroso, furioso, apretado contra el margen del papel:

Albaranes de transporte de la serrería. Facturas de gasóleo de la empresa maderera a nombre de Marcos Cuesta.

Concepto: "Portes extraordinarios de madera de derribo al vertedero comarcal". Importe: 1.200 € mensuales fijos.

Comprobado con el encargado del vertedero: no ha entrado un solo camión de derribo desde el verano.

Oria no le está pagando portes a Marcos. Oria le está pagando una nómina de silencio.

Si el Patrol está en el pantano, Marcos ayudó a empujarlo.

Marina se quedó inmóvil. La respiración se le detuvo en el pecho.

Una nómina de silencio.

Mil doscientos euros mensuales desde noviembre de 2011. Durante quince años, eso sumaba más de doscientos mil euros en pagos opacos camuflados en la contabilidad del aserradero bajo conceptos falsos de transporte.

En ese momento, el teléfono móvil sobre la mesa camilla vibró contra la madera, rompiendo el silencio de la habitación.

En la pantalla iluminada apareció el nombre del subinspector Arribas, de la Policía Científica.

Marina descolgó al primer tono.

—Dime, Arribas.

—Marina, tengo dos noticias de laboratorio y una confirmación telemática del juzgado —la voz de Arribas sonaba metálica a través del altavoz, acompañada por el rumor de teletipos del complejo policial de Burgos—.

La primera: el fragmento de tulipa que recogimos en la pista del embalse coincide a nivel microscópico con la fractura del piloto roto de la Berlingo de Marcos Cuesta.

Encaje perfecto, sin margen de error pericial.

El coche de Marcos estuvo en el meandro la noche del crimen.

—Bien —dijo Marina, apuntando en su libreta—. ¿Y la segunda?

—La segunda es el ADN bajo las uñas de Bernardo Oria.

El perfil genético no está en el Sistema Fénix porque Marcos Cuesta no tiene antecedentes penales graves registrados en base de datos.

Pero hemos sacado su muestra de saliva en el cuartel tras la toma de declaración.

Mañana a mediodía tendremos el cotejo definitivo.

—¿Y la confirmación telemática del juzgado? —preguntó Marina, intuyendo el golpe.

Arribas hizo una pausa breve antes de responder.

—El volcado de los repetidores de telefonía móvil de la noche del domingo. Hemos rastreado el terminal de Irene Oria, la hija.

—¿Estuvo en Burgos como declaró en su coartada?

—No —respondió Arribas con rotundidad—. El teléfono de Irene Oria no pisó la capital en toda la noche.

Salió de Montecastro a las diez y cuarto de la noche, se conectó a la antena de Sedano a las once menos veinte y permaneció estático en el sector sur del repetidor hasta las dos y media de la madrugada.

Marina se puso en pie de golpe.

—El sector sur del repetidor de Sedano —dijo Marina, visualizando el mapa del valle en su cabeza— no cubre el embalse ni la carretera nacional. Cubre la vaguada baja del río.

—Cubre exactamente dos cosas, Marina —remató Arribas—. La pista vieja del molino... y el taller mecánico de Tomás Aldana.