CAPÍTULO 8 EL FALSO TESTIMONIO
El aserradero de los Oria ocupaba una explanada de dos hectáreas encajada entre la ladera de pinos y la ribera baja del río, a un kilómetro de Montecastro.
Incluso con la luz mortecina de las cinco y media de la tarde, la actividad era frenética: una carretilla elevadora amarilla transportaba paquetes de vigas de seis metros entre las naves de corte, y el aullido metálico y ensordecedor de las sierras de cinta vibraba a través de las paredes de chapa galvanizada.
En el aire flotaba una niebla densa de serrín en suspensión que picaba en la garganta con olor a resina de pino recién aserrada, gasóleo y viruta quemada.
Marina y Valle cruzaron el portón de la verja metálica.
Junto al muelle de carga y la pequeña caseta acristalada de la báscula de pesaje había cuatro vehículos estacionados: dos camiones rígidos de tres ejes, un todoterreno japonés viejo y una furgoneta Citroën Berlingo de color blanco, con el logotipo desgastado de MADERAS ORIA S.A. en las puertas delanteras.
Marina no fue hacia la oficina. Se dirigió en línea recta hacia la parte trasera de la Berlingo.
Sacó la linterna y alumbró la esquina posterior derecha.
El piloto trasero era nuevo. El plástico rojo y ámbar brillaba sin una mota de polvo, contrastando de forma grotesca con la capa de barro reseco que cubría el resto de la carrocería.
Dos de los tornillos de estrella que sujetaban la tulipa tenían la cabeza mellada por haber sido apretados deprisa y corriendo con un destornillador inadecuado.
Y justo en el vértice del guardabarros, un parche de masilla de carrocero de color gris plomo cubría una abolladura fresca, despidiendo todavía un olor químico penetrante a estireno sin curar del todo.
Marina se agachó y apuntó la luz hacia la rueda delantera izquierda.
El neumático era un Michelin Agilis de carga ligera. El hombro exterior de la banda de rodadura estaba prácticamente liso y la estría central presentaba el característico escalonamiento en diente de sierra provocado por una caída negativa de la suspensión.
La copia exacta del molde de escayola que Arribas acababa de embalar en la pista del embalse.
—¿Se le ha perdido algo en mi furgoneta, inspectora? —tronó una voz a sus espaldas.
Marina se incorporó sin prisas y apagó la linterna antes de girarse.
Un hombre de unos cuarenta y dos años, de hombros anchos y complexión maciza, caminaba hacia ellos con paso pesado.
Llevaba botas de seguridad con puntera de acero manchadas de serrín, pantalones de lona multibolsillos y un chaleco forro polar de color azul cobalto sobre una camisa de franela a cuadros.
Tenía la piel curtida y tostada por el trabajo a la intemperie, mandíbula cuadrada poblada por una barba de tres días y los ojos pequeños, hundidos y desafiantes.
En el dorso de la mano derecha, cruzando el nacimiento del dedo índice, lucía dos arañazos paralelos con costra sanguinolenta reciente.
Marcos Cuesta.
—Buenas tardes, señor Cuesta —dijo Marina con voz calmada—. Bonito piloto trasero. ¿Dónde lo compró? ¿En el desguace de Medina de Pomar o se lo trajeron de Burgos ayer por la tarde?
Marcos se detuvo a dos metros. Sus ojos fueron de la cara de Marina a la figura de Valle, que permanecía medio paso por detrás con la mano derecha apoyada con naturalidad sobre el cierre de su funda reglamentaria.
—No sé de qué coño me está hablando —espetó Marcos con voz bronca—.
Ese piloto se rompió el viernes pasado descargando un remolque de troncos en el monte comunal.
Di marcha atrás y pegué contra un tocón de roble.
Compré el recambio en la tienda de repuestos de Villarcayo el sábado por la mañana. Cualquiera se lo puede confirmar.
—Comprobaremos esa factura y la hora del cobro con tarjeta —dijo Marina—.
Porque en el camino de servicio del embalse, justo donde asesinaron a Bernardo Oria el domingo por la noche, hemos encontrado una esquirla de tres centímetros de plástico rojo con el código de homologación E-9 cero dos punto doscientos cuarenta y uno.
El mismo código que lleva este piloto que acaba de montar.
Marcos apretó las mandíbulas. La nuez de su garganta subió y bajó con un movimiento brusco.
—Yo no he estado en el embalse ni el domingo ni el lunes ni en todo el puto mes —soltó el capataz, dando un paso al frente para intentar intimidarla por estatura—.
El domingo por la noche estuve en el club Las Vegas, en el cruce de Medina, tomando copas hasta las dos de la mañana.
Luego me fui a mi casa a dormir la mona. Pregúntele al camarero si tiene huevos.
Marina no pestañeó ni retrocedió un milímetro. Señaló con la barbilla los dos arañazos en su mano derecha.
—¿Y esos arañazos en la mano? ¿También se los hizo el camarero del club?
Marcos se metió la mano en el bolsillo del forro polar con un gesto espasmódico.
—Me arañé con una zarza tensando un cable de arrastre en la campa de tala. ¿Ahora tengo que pedirle permiso a la policía para hacerme un rasguño trabajando?
—Lo que tiene que hacer es colaborar con la autoridad judicial en una investigación de doble homicidio —intervino Valle con voz seca y autoritaria—. Estás hablando con una inspectora de la Policía Judicial, Marcos. Modera el tono.
Marcos soltó una carcajada cargada de bilis.
—¿Doble homicidio? —El capataz miró a Valle con desprecio manifiesto—.
No me vengas con sermones, Héctor. A Bernardo se la tenían jurada medio valle por querer vender el monte a los de los molinos de viento.
Y si han sacado al chaval de los Aldana del río, ya me dirás tú qué tengo que ver yo con un niñato que se escapó con la pasta de la empresa hace quince años.
—Usted testificó en dos mil once que vio salir a Javier Aldana en el Patrol a las once y media de la noche con una bolsa de dinero —dijo Marina, sacando del bolsillo interior la libreta de su padre y sosteniéndola a la altura del pecho—.
Pero Javier Aldana nunca salió de este aserradero con vida, Marcos.
Javier tenía el cráneo destrozado por una sapina maderera de arrastre.
Y en el inventario de esta empresa de aquella misma semana falta una sapina de boca estrecha, la número tres.
La herramienta que usted tenía asignada.
El color de la cara de Marcos cambió por completo: el bronceado rudo de su piel se tornó de un tono grisáceo y terroso. Su mirada cayó sobre la libreta de tapas negras de hule.
—Esa libreta... —murmuró Marcos, y por primera vez un hilo de pánico genuino se asomó a sus ojos—. Esa libreta era del cabo Roldán. El borracho que vino aquí a montar el número hace quince años.
—El cabo Roldán era mi padre —dijo Marina con una frialdad que congeló el aire alrededor de los tres—. Y mi padre tenía toda la razón.
Marcos dio un paso atrás, como si el cuaderno quemara. Se apoyó contra el lateral de su furgoneta blanca.
Marina se giró hacia Valle sin apartar la vista de los movimientos del capataz.
—Sargento Valle, solicite inmediatamente a la Comandancia una patrulla de atestados y una grúa del parque móvil.
Esta furgoneta queda precintada por orden judicial para inspección ocular y toma de muestras de pintura, neumáticos y transferencia biológica.
Y el señor Cuesta nos va a acompañar al cuartel en calidad de investigado no detenido para prestar declaración formal con asistencia letrada.
—¡De aquí no se lleva nadie mi furgoneta sin una orden firmada por el juez de guardia! —rugió Marcos, cerrando los puños con violencia.
Valle dio un paso firme al frente, plantándose entre Marcos y Marina. Desabrochó la presilla de cuero de su arma corta con el pulgar.
—La orden judicial está tramitándose en el juzgado de Villarcayo en este mismo instante, Marcos —dijo Valle con una serenidad implacable que no admitía réplica—.
Así que te vas a meter las manos en los bolsillos, vas a cerrar la boca y te vas a subir al coche patrulla por las buenas.
O te pongo los grilletes delante de todos tus peones de corte.
Tú decides cómo quieres salir de tu fábrica.
Cuatro operarios que salían de la nave de corte con monos de trabajo sucios se detuvieron a diez metros, observando la escena en un silencio sepulcral.
Marcos miró a sus trabajadores, luego a la mano de Valle sobre la funda de la pistola, y finalmente a los ojos fijos y oscuros de Marina Roldán.
Tragó saliva. La rabia que contenía en el pecho se transformó en un odio mudo, espeso y venenoso.
—Voy a llamar a mi abogado en Burgos —dijo Marcos entre dientes.
—Tiene todo el derecho —respondió Marina—. Y dígale que traiga ropa de abrigo, porque la noche en Montecastro va a ser muy larga.