CAPÍTULO 7 LAS HUELLAS EN LA ESCARCHA
Eran las cuatro de la tarde cuando Marina regresó al cañón de Montecastro.
La luz de noviembre empezaba a agonizar detrás de las cumbres del páramo, tiñendo las hoces de un gris ceniza y violeta oscuro.
La niebla del río, que durante el mediodía se había replegado hacia el fondo del lecho fluvial, comenzaba a trepar de nuevo por los farallones de piedra caliza, lenta y fría como una marea silenciosa.
En la bifurcación donde la carretera comarcal se separaba de la pista de servicio del embalse, el furgón de la Policía Científica de Burgos mantenía los focos de vapor de sodio encendidos sobre un trípode extensible.
El subinspector Arribas, un tipo menudo con mono blanco de polipropileno y gafas protectoras de tiro, estaba arrodillado sobre una plancha de madera aglomerada para no aplastar el terreno.
Sostenía un aerosol de laca fijadora en la mano derecha y un recipiente de escayola de fraguado rápido en la izquierda.
Héctor Valle estaba de pie a su lado, resguardándose del viento con las manos metidas en los bolsillos del chaquetón y fumando un cigarrillo con caladas cortas.
—¿Qué habéis sacado del barro antes de que la helada lo convierta en piedra? —preguntó Marina, agachándose junto al subinspector sin apoyar las rodillas en el cieno.
—Tenemos dos juegos de rodadas limpias, inspectora —explicó Arribas, señalando con la punta de una espátula las hendiduras marcadas en la arcilla blanda del arcén—.
El primer vehículo bajó marcha adelante hacia la lengua de tierra donde estaba el Patrol: neumático ancho de todoterreno de gran cilindrada, dibujo de tacos simétricos en V.
Es el Land Cruiser de Bernardo Oria. Las huellas terminan a cuatro metros del agua.
—¿Y el segundo?
—El segundo vehículo bajó detrás, pero no llegó al agua —Arribas se desplazó sobre su tabla hacia una zona de zarzales que bordeaba el talud de roca caliza—.
Se detuvo aquí arriba, en este ensanche.
Maniobró marcha atrás para encarar la subida hacia la carretera.
Y fíjese en el dibujo de las gomas: es un neumático comercial de carga ligera, medida ciento setenta y cinco, sesenta y cinco, catorce.
Neumático de furgoneta tipo Berlingo, Kangoo o Partner.
Marina iluminó la rodada con su linterna táctica.
—Hay un desgaste anómalo en la rueda delantera izquierda —observó Marina—. El flanco exterior está liso y la estría central tiene un dibujo cruzado en diente de sierra. El paralelo de esa furgoneta está totalmente desviado.
—Exacto —asintió Arribas con una sonrisa profesional—. Si encontramos el vehículo sospechoso, ese neumático es una huella dactilar sobre ruedas. Y hay algo mejor todavía.
El técnico de Científica cogió una bandeja de plástico rígido y retiró un paño de gasa estéril.
En el centro descansaba un fragmento triangular de plástico duro de unos cinco centímetros de longitud.
Era de policarbonato transparente y rojo, con la superficie exterior rayada por el impacto contra la piedra y un pequeño borde dentado donde se había quebrado.
Marina se inclinó sobre la pieza. En la esquina inferior derecha del plástico, moldeado en relieve milimétrico, se leía con total nitidez:
`E-9 02.241`
—Tulipa del piloto trasero derecho —dijo Arribas—.
El código E-9 corresponde a la homologación del Ministerio de Industria de España.
Lo encontramos encajado entre las raíces de ese espino albar.
Quien conducía la furgoneta intentó dar la vuelta en plena noche, con la niebla cerrada y los nervios a flor de piel.
Metió la marcha atrás a ciegas y estampó la esquina trasera contra ese saliente de roca caliza antes de salir zumbando hacia la comarcal.
Marina miró hacia la roca señalada. En la superficie rugosa de la piedra caliza quedaba una costra blanca de pintura de carrocería y dos esquirlas diminutas de plástico rojo atrapadas en una fisura.
—Pintura blanca de monocapa —añadió Arribas—. Sin barniz metalizado. La pintura básica de los vehículos industriales de empresa.
Valle tiró la colilla al suelo y la aplastó con la suela de su bota de caña.
—En Montecastro hay media docena de furgonetas blancas, inspectora —dijo el sargento—. El panadero, el fontanero de la cooperativa, la furgoneta de reparto de piensos... y las dos que tiene el aserradero de Bernardo Oria para el mantenimiento de las cuadrillas de monte.
Marina se puso en pie. El frío de la tarde le congelaba las mejillas, pero por dentro sentía la lucidez afilada de quien empieza a ver cómo las piezas del rompecabezas encajan con precisión milimétrica.
—La autopsia ha recuperado fibras de forro polar azul cobalto y grasa de cadena de motosierra en las uñas de Bernardo Oria, sargento —dijo Marina—. El panadero y el fontanero no tienen motosierras ni cortan pinos a las once de la noche.
Valle la miró fijamente. Sus ojos reflejaban la luz amarillenta de los focos de sodio.
—Marcos Cuesta —murmuró Valle.
—Marcos Cuesta conduce una Citroën Berlingo blanca de la empresa —afirmó Marina—. Y hace quince años, según la libreta de mi padre, tenía asignada la herramienta que le reventó la cabeza a Javier Aldana.
—El aserradero cierra a las seis de la tarde —dijo Valle, consultando su reloj de pulsera—. A esta hora Marcos suele estar en la nave de afilado o en la báscula de pesaje revisando los albaranes de salida de los camiones.
Marina se abrochó el anorak y caminó decidida hacia su coche oficial.
—Pues vamos a hacerle una visita al señor Cuesta antes de que decida cambiarle los neumáticos a su furgoneta.