CAPÍTULO 6 LA AUTOPSIA HABLA
El Instituto de Medicina Legal de Burgos ocupaba un bloque aséptico de ladrillo y cristal en las afueras de la capital, junto a la autovía del norte. A las dos y media de la tarde, el cielo sobre la ciudad se había cerrado en una campana de plomo grisáceo que amenazaba con nieve espesa.
Marina Roldán empujó las puertas batientes de acero inoxidable de la sala de autopsias del semisótano. El cambio de temperatura fue inmediato: de la cellisca exterior al frío desinfectado y constante a doce grados, con olor a formaldehído, detergente enzimático y ozono.
La doctora Natalia Soria estaba de espaldas a la entrada, inclinada sobre la mesa de disección número uno bajo dos grandes campanas de luz quirúrgica halógena.
Llevaba el delantal de goma verde impermeable sobre el pijama quirúrgico, pantalla facial transparente y manguitos de vinilo hasta los codos.
Un micrófono de cuello de cisne colgaba sobre su cabeza, grabando sus dictámenes en un ordenador auxiliar.
Sobre la mesa de acero acanalada yacía el cuerpo desnudo de Bernardo Oria, limpio ya del barro del embalse y de la sangre superficial.
A su izquierda, sobre la mesa número dos, los huesos limpios y secos de Javier Aldana habían sido ordenados siguiendo la disposición anatómica del esqueleto humano, descansando sobre un paño de terciopelo azul marino.
—Llega a tiempo para el postre, inspectora —dijo la doctora Soria sin levantar la vista del esternón seccionado del cadáver—. Acabo de extraer el proyectil.
Marina se colocó una bata desechable, calzas y mascarilla antes de acercarse al perímetro de la mesa.
—¿Qué tenemos, Natalia?
Soria señaló con las pinzas metálicas una bandeja de riñón de acero inoxidable colocada en el carrito auxiliar. Dentro descansaba un cilindro macizo de plomo deformado por el impacto contra el hueso, con estrías helicoidales marcadas en la base y una muesca profunda en la ojiva.
—Bala Brenneke clásica para escopeta del calibre 12 —dictaminó la forense—.
Treinta y nueve gramos de plomo de alta densidad.
El disparo se produjo a menos de cuarenta centímetros: hay tatuaje de pólvora en la epidermis, quemadura de primer grado en los bordes del orificio y restos de taco de fieltro incrustados en el tejido muscular superficial.
—¿Muerte instantánea?
—Menos de quince segundos —confirmó Soria—.
El proyectil destrozó la arteria aorta ascendente, perforó el lóbulo inferior del pulmón izquierdo y fracturó la sexta vértebra dorsal, donde quedó alojado.
El shock hipovolémico y neurogénico fue inmediato.
El sujeto no tuvo tiempo de gritar ni de pedir auxilio.
Marina se inclinó hacia las manos del cadáver, que reposaban a ambos lados de la cadera.
—¿Y las muestras de las uñas que vimos en el pantano?
La doctora Soria dejó las pinzas y señaló una pantalla de microscopio electrónico conectada a la terminal del laboratorio.
—Aquí está lo interesante, Marina. En las uñas de los dedos corazón y anular de la mano derecha hemos recuperado dos tipos de transferencia biológica y material:
»Primero: restos de tejido epitelial ajeno con sangre del grupo cero positivo. Bernardo arañó a su agresor en la cara, en el cuello o en el dorso de las manos. Ya hemos enviado el hisopo al laboratorio de ADN de Madrid para cotejo en la base del Sistema Fénix.
»Segundo: fibras textiles sintéticas de color azul cobalto, mezcla de poliéster y acrílico, compatibles con la tela de un forro polar o una sudadera de trabajo industrial. Y partículas microscópicas de grasa de litio para cadenas de motosierra y resina fresca de pino albar.
Marina asintió despacio. La resina fresca y la grasa de motosierra alejaban la autoría de un simple ajuste de cuentas ganadero o una discusión doméstica y apuntaban directamente al corazón del aserradero.
—¿Y el tiempo de la muerte? —preguntó Marina—. ¿Se mantiene la horquilla?
—Se ajusta más aún —respondió la forense—.
El contenido gástrico muestra una digestión incompleta de legumbres y carne de cerdo.
Sabemos por la dueña de la taberna de Montecastro que Bernardo cenó un plato de alubias con chorizo a las nueve de la noche del domingo.
Por el vaciado gástrico y el enfriamiento hepático, la muerte se produjo entre las once y media y la una de la madrugada.
Natalia Soria se quitó la pantalla protectora y caminó hacia la mesa número dos, donde descansaban los restos óseos de Javier Aldana.
La calavera reposaba sobre un anillo de goma para evitar que rodara. Bajo la luz blanca, la fractura del parietal derecho se veía con una nitidez aterradora.
—He terminado la reconstrucción morfométrica del cráneo —dijo la doctora, señalando con un puntero de teflón la hendidura ósea—.
La fractura tiene una profundidad de doce milímetros y una base triangular de tres coma ocho centímetros con un vértice agudo ligeramente curvado hacia abajo.
El impacto fue descargado de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda, lo que indica que el agresor estaba frente a la víctima y era diestro, o que la atacó por la espalda mientras Javier estaba inclinado sobre un banco de trabajo.
La forense abrió una carpeta y le mostró una fotografía comparativa en color:
—He contrastado la muesca con los manuales de herramientas tradicionales del Museo Etnográfico de Castilla y León.
El patrón de fractura coincide al cien por cien con la boca de una sapina o gancho de arrastre forestal de boca estrecha, de las que se forjaban en las herrerías de Miranda de Ebro para la corta de madera de pino en los años ochenta y noventa.
Marina sintió una pulsación firme en la sien.
La sapina número tres.
La misma herramienta que su padre había anotado en su libreta de hule hace quince años, la misma que Bernardo Oria afirmó haber tirado a la chatarra tras la desaparición del chico.
—¿Puedes emitirme un informe pericial provisional con la firma electrónica antes de las cinco de la tarde, Natalia? —pidió Marina.
—Lo tendrás en tu correo en una hora —aseguró la forense—. ¿Adónde vas ahora?
Marina se quitó los guantes de látex y los arrojó al contenedor de residuos biológicos con un movimiento seco.
—Al aserradero de Montecastro —dijo Marina—. A buscar al dueño de ese forro polar azul y a comprobar qué coche tiene el piloto trasero roto.