La niebla del Ebro (Marina Roldán 1) CAPÍTULO 5 EL TALLER DEL RENCOR
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CAPÍTULO 5 EL TALLER DEL RENCOR

El taller de los Aldana ocupaba lo que a principios del siglo veinte había sido el molino harinero del pueblo, encajado en la vaguada donde el arroyo de la Fuente Vieja desaguaba en el cañón.

Era una nave baja de piedra y teja árabe, con un foso de mecánica excavado en la roca viva y un cobertizo anexo repleto de carcasas de tractores desguazados, neumáticos agrícolas desgastados y bidones oxidados de aceite usado.

El aire olía a valvulina fría, serrín empapado y metal amolado.

A través del portalón de chapa corredera entreabierto se escuchaba el golpeteo metálico y rítmico de una llave inglesa contra una tuerca rebelde.

Marina y Valle entraron en la penumbra de la nave. Una bombilla desnuda de cien vatios colgaba de un cable trenzado sobre el foso de reparación, donde un viejo todoterreno japonés reposaba con las ruedas delanteras suspendidas sobre caballetes de acero.

Debajo del chasis asomaban unas piernas enfundadas en un mono azul de trabajo mugriento por la grasa acumulada de años.

—Tomás —llamó Valle, alzando la voz por encima del goteo de agua del tejado.

El tintineo metálico cesó. Se oyó un carraspeo áspero y el chirrido de una tabla de madera sobre las losas de piedra.

Un hombre emergió del foso con movimientos lentos, apoyando las manos en el borde del foso con evidente dificultad.

Tenía sesenta y dos años, pero aparentaba diez más: la espalda curvada, el pelo grisáceo revuelto y la piel de la cara apergaminada por el frío y los vapores de gasolina.

Sus manos eran grandes, con los nudillos deformados por la artrosis y la piel de las comisuras de las uñas teñida de negro de carbón y aceite mineral.

Se limpió las palmas con un trapo de algodón deshilachado sin mirar a los recién llegados.

—Si vienen por el ruido del compresor, ya lo he apagado —dijo Tomás Aldana con una voz cavernosa y cansada—. Y si vienen por la tasa de vado del ayuntamiento, ya le dije al alguacil que no pienso pagar hasta que me arreglen la zanja del camino.

—No venimos por el compresor ni por los vados, Tomás —dijo Valle con suavidad—. Esta es la inspectora Roldán. Viene de la Comandancia de Burgos.

Tomás levantó la vista por primera vez. Sus ojos eran grises, turbios y rodeados de ojeras violáceas. Miró a Marina, luego a Valle, y una sonrisa amarga, sin pizca de humor, le torció la comisura de los labios.

—Roldán. —Tomás escupió una brizna de tabaco negro al suelo—. Conque la hija de Julián. Se parece usted a él en los andares, pero su padre tenía más paciencia para escuchar a los viejos.

—¿Sabe por qué estamos aquí, señor Aldana? —preguntó Marina, dando un paso hacia el centro del taller.

Tomás arrojó el trapo sucio sobre un banco de trabajo repleto de llaves de vaso, bujías y tornillería desordenada. Se acercó a una pequeña estufa de chapa alimentada con leña de poda que apenas templaba el aire a dos metros a la redonda.

—Lo sabe todo el pueblo, inspectora —dijo Tomás, frotándose las manos sobre la chapa caliente—. Los de la presa han enganchado el Patrol verde de mi hermano Javier. Y dicen que dentro estaba el cuerpo de Bernardo Oria con el pecho reventado por un cartucho de caza.

Marina observó la reacción del hombre. No había sorpresa en sus facciones; solo una frialdad pétrea, como si estuviera recitando la previsión meteorológica del día siguiente.

—¿Y no le extraña que el coche de su hermano estuviera en el fondo del pantano con el hombre que lo acusó de ladrón? —inquirió Marina.

Tomás dejó escapar una risotada seca que se convirtió en una tos áspera.

—¿Extrañarme? —Tomás la miró de hito en hito—.

Durante quince años he tenido que aguantar que los vecinos cruzaran de acera cuando me veían entrar en la panadería.

He tenido que escuchar cómo llamaban ladrón a mi hermano pequeño, un chaval de veintidós años que no le habría quitado un céntimo a nadie.

Mi madre se murió de un ictus en esa casa de arriba de pura vergüenza dos años después de que Javier desapareciera.

Y mi padre se fue a la tumba jurando que Bernardo Oria había matado a su hijo y lo había enterrado en cualquier sima del monte.

Tomás dio dos pasos hacia Marina, señalando con su dedo deformado hacia el cañón.

—No me alegro de que maten a nadie, inspectora. Pero si Bernardo Oria ha acabado con un tiro en el pecho en el mismo pedazo de chapa donde pudrió a mi hermano, le digo una cosa: el demonio ha tardado quince años en pasarle la factura, pero por fin ha venido a cobrar.

—Javier estaba en el maletero, Tomás —dijo Marina con voz baja y firme—. Dentro de un macuto de lona. Con el cráneo abierto por el golpe de una herramienta pesada.

El rostro de Tomás sufrió una sacudida imperceptible. La coraza de cinismo se resquebrajó durante dos segundos: sus ojos se abrieron desmesuradamente y sus manos temblaron al apoyarse en el banco de madera. Apretó los dientes con tanta fuerza que se le marcaron los tendones del cuello.

—Lo mataron antes de tirarlo al agua... —susurró Tomás. Ya no miraba a Marina; miraba hacia las sombras de las vigas del techo—. El hijo de perra lo mató como a un perro y luego nos hizo creer a todos que se había largado con su dinero.

Marina aprovechó el impacto emocional para recorrer el taller con la mirada.

En la pared del fondo, detrás de una cortina grasienta de plástico translúcido, había un armero metálico homologado de cinco plazas anclado a la pared de mampostería.

A través de la puerta entreabierta se distinguían dos escopetas superpuestas de caza y una repetidora semiautomática con culata de nogal barnizada.

En la balda superior del armero había varias cajas verdes de cartuchos de escopeta del calibre 12.

Y en el suelo, junto a la banqueta de trabajo de Tomás, descansaban unas botas de goma de caña alta cubiertas de barro fresco.

Pero Marina se fijó en el color del lodo: era una arcilla rojiza y pegajosa, típica de los desmontes de huerta y las cunetas de la vaguada, no el cieno grisáceo y calcáreo del lecho del embalse.

—¿Caza usted, señor Aldana? —preguntó Marina señalando con la barbilla hacia el armero.

Tomás la miró con recelo, recuperando de golpe su actitud defensiva.

—Tengo licencia de armas de tipo D y E desde hace treinta años. En este pueblo todo el mundo que tiene tierras tiene escopeta para los jabalíes y los corzos. Si quiere registrar el armero, traiga una orden judicial.

—La traeré si hace falta —dijo Marina—. ¿Dónde estaba usted el domingo por la noche entre las diez y las dos de la madrugada?

Tomás no titubeó.

—Aquí metido. Estaba cambiando la junta de culata del tractor de Esteban, el de la cooperativa.

Me dieron las doce y media de la noche hasta que apreté los espárragos con la dinamométrica.

Luego subí a mi casa, me tomé un caldo caliente y me metí en la cama.

Vivo solo. No tengo a nadie que me firme una coartada, si es lo que está buscando.

Marina metió la mano en el bolsillo de su anorak y sacó la libreta.

—Hay algo más, Tomás. Alguien sabía que el embalse iba a dejar al descubierto el coche de su hermano esta semana.

Tomás se quedó quieto. Tragó saliva despacio.

—¿Qué dice?

—Digo que el nivel del agua bajó el fin de semana pasado y que el lunes a primera hora los operarios ya tenían orden de dragar el túnel. Alguien aprovechó esa ventana de cuarenta y ocho horas para llevar a Bernardo allí.

Tomás bajó la vista hacia el suelo de piedra. Se pasó la mano temblorosa por la nuca y, tras cinco segundos de vacilación, caminó con paso renqueante hacia una vieja cómoda de pino que utilizaba para guardar manuales de taller y albaranes de recambios.

Abrió el cajón superior, rebuscó entre un montón de papeles grasientos y sacó un trozo de papel doblado en cuatro.

Se lo tendió a Marina.

Marina se colocó un guante de látex antes de cogerlo. Lo desdobló con cuidado sobre el banco de trabajo.

Era una cuartilla de papel pautado escolar, arrancada de un cuaderno de espiral con los bordes dentados. En el centro, escritas con bolígrafo azul y una letra mayúscula torpe, deliberadamente temblorosa para disimular el trazo natural, se leían siete palabras:

EL COCHE DE TU HERMANO VA A SALIR A FLOTE.

—Me la tiraron por debajo del portón del taller el viernes por la tarde —dijo Tomás con la voz quebrada—. Pensé que era una broma macabra de algún borracho de la taberna para reírse de mí. Pero cuando esta mañana vi subir el camión de la grúa hacia el embalse... supe que era verdad.

Marina examinó el papel a contraluz. No había manchas de grasa de taller; la cuartilla estaba limpia, salvo por una pequeña arruga en la esquina inferior izquierda.

—¿No llamó a la Guardia Civil cuando la encontró? —preguntó Marina, mirando a Tomás a los ojos.

Tomás soltó una carcajada amarga.

—¿Llamar a la Guardia Civil? ¿Para qué, inspectora? ¿Para que el sargento Valle me dijera otra vez que no me obsesionara con fantasmas del pasado, como le decían a su padre? No. Me guardé la nota en el bolsillo y esperé a ver qué vomitaba el río.

Marina guardó la cuartilla en una bolsa hermética para remitirla a la Sección de Documentoscopia y Huellas de Burgos.

—Me quedo con esto, señor Aldana. Y le advierto una cosa: no intente salir de Montecastro en las próximas cuarenta y ocho horas. Si sus escopetas tienen que ser cotejadas por balística, vendremos a por ellas.

Tomás la miró sin pestañear, con una mezcla de tristeza infinita y desafío mudo.

—No tengo a dónde ir, inspectora. Llevo quince años esperando a que mi hermano vuelva a casa. Ahora que sé dónde estaba, tengo que prepararle un agujero en el cementerio junto a mis padres. El resto me da exactamente igual.

Marina asintió en silencio. Salió del taller seguida por Valle.

Al pisar el camino de grava, el termómetro marcaba un grado bajo cero y una cellisca fina, mezcla de nieve granulada y aguanieve, comenzaba a azotar el cañón del Ebro.