CAPÍTULO 4 LA HEREDERA DE LA FURIA
La casona de los Oria se levantaba en el punto más alto de Montecastro, justo debajo del escarpe de roca que coronaba el pueblo.
Era un caserón de piedra de sillería de tres plantas, con escudo nobiliario desgastado sobre el dintel del portón, balconadas de forja negra y un alero de madera tallada que protegía la fachada de la cellisca.
Un todoterreno de gama alta alemán, gris plomo y con la matrícula de hace dos años, estaba aparcado en el patio empedrado junto a una hilera de leña de encina apilada con precisión geométrica.
Marina y Valle cruzaron el umbral tras llamar dos veces con la aldaba de hierro en forma de cabeza de carnero.
La puerta la abrió una mujer delgada, de unos treinta y ocho años, con el pelo castaño recogido en un moño bajo impecable, jersey de cuello alto de lana merino azul marino y pantalones de pinzas grises.
Llevaba unos pendientes pequeños de oro mate y en la mano derecha sostenía un teléfono móvil que no paraba de vibrar.
Tenía los ojos enrojecidos y las ojeras marcadas bajo una capa fina de maquillaje, pero su mandíbula permanecía tensa, erguida, con la rigidez de quien ha aprendido a no mostrar debilidad ante desconocidos.
—Sargento Valle —dijo Irene Oria con voz neutra, sin apartar la mirada de la placa que Marina sostenía en la mano izquierda—. Espero que no venga a decirme lo que ya está diciendo todo el pueblo en el bar de la plaza.
—Irene —dijo Valle con tono comedido—. Esta es la inspectora Roldán, de la Policía Judicial de Burgos. El juzgado ha asumido las diligencias. Tenemos que hablar.
Irene miró a Marina de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron medio segundo en el apellido de la tarjeta de identificación antes de dar un paso atrás y franquearles el paso.
—Pasen al despacho de mi padre. Está caldeado.
El vestíbulo era amplio, con vigas de roble vistas y trofeos de caza —cabezas disecadas de corzos y jabalíes con colmillos afilados— vigilando las paredes encaladas.
El despacho olía a cera de muebles, humo de pipa frío y tabaco rubio.
Sobre una mesa señorial de nogal había tres carpetas clasificadoras abiertas, una calculadora de cinta de papel y un cenicero de cerámica con media docena de colillas aplastadas con rabia.
Marina se fijó de inmediato en los documentos desplegados: contratos de opción de compraventa y segregación de fincas rústicas a nombre de una promotora de energías renovables con sede en Bilbao. El membrete rezaba: PARQUE EÓLICO LAS HOCES - FASE II .
—Siéntense —ofreció Irene, aunque ella misma permaneció de pie tras el escritorio, con los brazos cruzados sobre el pecho—.
Ya he hablado con el coronel jefe de la Comandancia y con el juzgado de Villarcayo.
Exijo que me entreguen el cuerpo de mi padre en cuanto termine la autopsia para organizar el sepelio en la parroquia.
—La autopsia acaba de empezar en Burgos, señorita Oria —dijo Marina, manteniéndose también de pie al otro lado de la mesa de nogal—. Y el juez no va a autorizar la entrega de los restos hasta que tengamos todas las pruebas biológicas y balísticas fijadas.
Irene arqueó una ceja con desdén.
—¿Pruebas balísticas? ¿Acaso dudan de que haya sido un ajuste de cuentas?
En este valle hay cuatro ganaderos que llevaban meses amenazando a mi padre por la venta de los derechos de pasto de los montes comunales.
Gente ignorante que prefiere que cuatro vacas coman zarzas antes que permitir una inversión eólica de doce millones de euros que habría traído empleo y carreteras a la comarca.
—Su padre no murió por las vacas ni por los aerogeneradores, Irene —dijo Marina con voz pausada y fría—. A su padre lo mataron de un tiro a quemarropa en el pecho. Dentro de un coche que estaba sumergido en el meandro del embalse.
Irene no pestañeó, pero sus dedos apretaron con tanta fuerza sus propios brazos que la lana del jersey se tensó hasta marcar los nudillos blancos.
—¿Qué coche? —preguntó.
—El Nissan Patrol de Javier Aldana —soltó Marina sin rodeos.
El nombre de Javier cayó en el despacho como una descarga eléctrica.
Irene perdió el color de las mejillas en una fracción de segundo.
Sus labios se entreabrieron y un temblor casi imperceptible le recorrió el párpado izquierdo.
Tuvo que apoyar la palma de la mano sobre la mesa de nogal para no perder el equilibrio.
—¿Javier? —murmuró. La voz le sonó rota, desprovista por completo de la máscara de abogada segura de sí misma—. Eso... eso es imposible. Javier se marchó en dos mil once. Se fue a Francia.
—Javier nunca llegó a la frontera, Irene —dijo Marina, dando un paso hacia el escritorio—. Estaba en el maletero del Patrol. Lo metieron allí después de destrozarle la cabeza con un golpe seco de sapina maderera. Hace quince años.
Irene se llevó la mano a la boca. Emitió un sonido ahogado, una mezcla de náusea y sollozo estrangulado que no pudo contener. Se dejó caer en el sillón de cuero de su padre, cubriéndose el rostro con ambas manos. Los hombros le temblaban con espasmos secos.
Valle miró al suelo, incómodo. Marina permaneció inmóvil, observando cada movimiento, cada respiración de la mujer.
Pasaron casi dos minutos en silencio, interrumpidos únicamente por el crujido de la leña en la chimenea del fondo.
Cuando Irene levantó la cabeza, sus ojos estaban anegados en lágrimas, pero su mirada ya no era altiva; era la mirada vacía de alguien a quien le acaban de demoler los cimientos de su vida.
—Mi padre me dijo que Javier me había abandonado —susurró Irene con un hilo de voz ronca—. Me dijo que Javier cogió el dinero de la caja y que le dio miedo enfrentarse a él. Me mandó a Madrid a estudiar... Me obligó a marcharme para que me olvidara de él.
—¿Y usted le creyó? —preguntó Marina.
—Tenía veintitrés años —respondió Irene, secándose las mejillas con el dorso de la mano con un gesto violento—.
¿Qué quería que hiciera? Mi padre me controlaba hasta el aire que respiraba.
Cuando volví a Montecastro hace tres años para llevar las cuentas del aserradero, intenté no volver a hablar del tema.
Pensé que el tiempo lo había enterrado todo.
Marina señaló el cenicero y los documentos del parque eólico.
—¿Dónde estaba usted el domingo por la noche, Irene? Entre las diez de la noche y las tres de la madrugada.
Irene alzó la barbilla, recuperando por instinto su coraza profesional.
—Ya se lo dije al sargento Valle por teléfono esta mañana.
Estuve en Burgos. Cené en el restaurante El Rincón de la Merced con dos ingenieros de la promotora eólica y un notario.
Salí de allí pasada la medianoche y me quedé a dormir en mi piso de la calle San Lesmes.
Llegué a Montecastro ayer lunes a media mañana.
—Comprobaremos esa reserva y los pagos de la tarjeta —dijo Marina con frialdad—.
Pero hay un detalle, señorita Oria. Al entrar he visto su coche en el patio.
Las ruedas tienen barro calizo húmedo en los pasos de rueda.
Y los bajos de su abrigo de paño, que está colgado en el perchero del recibidor, están salpicados de lodo grisáceo del río que todavía no se ha secado del todo.
Irene apretó los labios hasta dejarlos lívidos.
—Ayer por la tarde bajé a dar un paseo por la pista del canal. Necesitaba despejarme. Mi padre llevaba veinticuatro horas sin aparecer y no cogía el teléfono. Eso no es ningún delito, inspectora.
—Nadie ha dicho que lo sea —replicó Marina—. Todavía.
Marina sacó su libreta y apuntó dos líneas antes de mirar fijamente a la mujer.
—Una última pregunta, Irene. ¿Cuándo fue la última vez que vio a Marcos Cuesta, el capataz del aserradero?
Irene tardó tres segundos en responder. En sus ojos brilló un destello de cautela helada.
—Ayer por la mañana en la nave de corte. Estaba coordinando la carga de un camión de vigas de pino. ¿Por qué me lo pregunta?
—Porque en la libreta de inventario del aserradero de hace quince años falta la herramienta que mató a Javier Aldana —dijo Marina con voz cortante—. Y esa herramienta estaba asignada a Marcos Cuesta.
Irene se quedó inmóvil como una estatua de sal mientras Marina y Valle se dirigían hacia la salida del despacho. Justo antes de cruzar la puerta, la voz temblorosa de Irene las detuvo.
—Inspectora.
Marina se giró.
—Mi padre era un hombre duro, casi un tirano —dijo Irene, con los ojos clavados en la mesa de nogal—. Pero no era estúpido. Si alguien lo llevó a ese embalse en plena noche, no fue un desconocido. Fue alguien a quien él creía tener bien amarrado.
Marina no respondió. Salió al patio empedrado, donde la niebla empezaba a descender desde el escarpe rocoso, devorando los tejados de Montecastro en una penumbra blanca y helada.