La niebla del Ebro (Marina Roldán 1) CAPÍTULO 3 EL CUARTEL Y LAS SOMBRAS
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CAPÍTULO 3 EL CUARTEL Y LAS SOMBRAS

El cuartel de la Guardia Civil de Montecastro era un edificio de mampostería oscura y tejado a cuatro aguas construido en los años cincuenta, situado a la salida del pueblo, justo donde la carretera comarcal se estrechaba antes de asomarse a los cortados del río.

La fachada conservaba la cartela de cerámica con el lema del cuerpo desgastado por décadas de heladas y viento norteño.

Marina empujó la puerta de madera maciza, que chirrió contra las losas del suelo. En el vestíbulo olía a café de puchero recalentado, estufa de leña y papel viejo.

Valle entró detrás de ella, cerrando con un golpe seco que hizo temblar el cristal de la ventanilla de guardia.

Se quitó el chaquetón reflectante con un resoplido cansado y lo colgó de una percha de hierro forjado.

Debajo llevaba el polo verde reglamentario, con los galones de sargento primero algo descoloridos en los hombros.

—Pase al despacho, inspectora —dijo Valle, señalando con la barbilla una puerta al final del pasillo—. Aquí estará más tranquila. En media hora tendremos a los periodistas de El Diario de Burgos y a las radios comarcales llamando a la centralita.

El despacho de Valle era espartano: una mesa de melamina gris abarrotada de carpetas marrones de diligencias, dos sillas de tubo metálico, un ordenador de sobremesa con pantalla cuadrada que emitía un zumbido agudo y, en la pared, un mapa topográfico del valle a escala 1:25.

000 cosido con chinchetas rojas y azules.

Marina no se sentó. Se acercó al mapa. Siguió con el dedo enguantado la línea azul oscura que representaba el cauce del Ebro.

—El punto exacto donde la grúa sacó el todoterreno está a menos de seiscientos metros del puente viejo de piedra —dijo Marina sin girarse—. Si el pantano estaba en su cota normal, ese meandro tenía doce metros de agua por encima del techo del coche.

—Doce metros y medio —corrigió Valle mientras sacaba una cafetera metálica de un hornillo eléctrico colocado sobre un archivador de chapa—.

Nadie baja a esa orilla en invierno. El camino de servicio tiene una cadena con candado del ayuntamiento y la Confederación solo viene dos veces al año a revisar las compuertas del canal.

Quien llevó a Bernardo Oria allí el domingo por la noche sabía que el embalse estaba bajo mínimos y sabía que el coche de Aldana estaba a punto de asomar el morro.

—¿Por qué? —Marina se dio la vuelta y clavó los ojos en el veterano—. ¿Por qué Bernardo Oria acabaría en el asiento del coche que él mismo juró que Javier Aldana se había llevado a Francia?

Valle sirvió dos tazas de loza blanca desportillada. El café estaba negro como el alquitrán y humeaba con fuerza. Le ofreció una taza a Marina, que la aceptó sintiendo cómo el calor de la cerámica le devolvía la sensibilidad a las palmas de las manos.

—Porque Bernardo Oria mandaba en este valle como si esto fuera el siglo diecinueve, inspectora —dijo Valle, apoyándose con pesadez en el borde de su mesa—.

Cuando Javier Aldana desapareció en noviembre de dos mil once, Bernardo vino a este mismo despacho.

Se sentó en esa silla donde usted no quiere sentarse.

Dijo que el chico le había forzado la caja fuerte de la oficina del aserradero, que se había llevado cincuenta mil euros en billetes y que había salido disparado con el Patrol del taller hacia la frontera.

Presentó una denuncia impecable, redactada por su abogado en Burgos.

Y la Comandancia dio por buena la versión.

—Mi padre no la dio por buena —cortó Marina. La voz le salió más dura de lo que pretendía, pero no intentó suavizarla.

El silencio cayó entre los dos con el peso plúmbeo del cañón exterior. Valle miró el fondo de su taza de café y no pestañeó.

—No —admitió Valle al cabo de unos segundos—. El cabo Julián Roldán no se la tragó.

Valle dejó la taza sobre la mesa, abrió el cajón inferior del archivador metálico con una llave que llevaba en su manojo de la cintura y extrajo una carpeta gruesa de cartulina marrón con el membrete oficial del Ministerio del Interior.

En el lomo, escrito a máquina con cinta desgastada, se leía: DILIGENCIAS PREVIAS 412/2011 - DESAPARICIÓN JAVIER ALDANA .

Puso la carpeta en el centro de la mesa.

—Su padre estuvo tres semanas sin dormir —continuó Valle en voz baja—.

Decía que un chaval de veintidós años que estaba enamorado hasta las trancas de la hija de Bernardo Oria no se fugaba con cincuenta mil euros para no volver nunca más.

Decía que Javier no tenía motivos para robar, que el dinero de la madera estaba manchado y que en el aserradero había demasiada gente que callaba por miedo a quedarse en la calle.

Marina se acercó despacio a la mesa y abrió la carpeta.

Las primeras páginas eran las copias mecanografiadas de las declaraciones de los testigos de aquella noche: los operarios de la serrería, los guardas de campo, el parte de servicio de la patrulla rural.

Pero grapada a la contraportada había una libreta pequeña de tapas negras de hule, con las esquinas redondeadas y una goma elástica cedida.

Marina reconoció la letra de inmediato: trazo inclinado hacia la derecha, enérgico, con tinta azul de bolígrafo barato. Era la letra de su padre.

Pasó las hojas con los dedos todavía rígidos por el frío.

Había anotaciones de matrículas, horas de salida de camiones madereros y croquis de los caminos de saca del monte comunal.

En la página fechada el 17 de noviembre de 2011, tres días después de la desaparición, su padre había escrito un párrafo enmarcado en un recuadro doble:

Inspección ocular en la nave de aserrado.

Falta una sapina de arrastre de pino (herramienta nº 3, asignada al peón Marcos Cuesta).

Bernardo Oria afirma que se partió en el monte y fue al chatarrero.

Marcos Cuesta titubea y huele a aguardiente.

Oria me exige que abandone la propiedad si no llevo orden de entrada firmada por el juez.

Llamada del capitán de la Compañía de Medina de Pomar ordenándome que no moleste a Oria.

Marina cerró la libreta despacio. Sintió un ardor seco detrás de los ojos, pero apretó la mandíbula y respiró hondo.

—La herramienta que fracturó el cráneo de Javier Aldana —dijo Marina, mirando a Valle a los ojos— es una sapina de arrastre de madera. Una herramienta con punta triangular de hierro forjado. Mi padre lo vio hace quince años, sargento. Lo tenía delante de las narices.

Valle bajó la cabeza.

—Su padre empezó a sospechar de todo el mundo —dijo el sargento—.

Se presentó en casa de Bernardo a las tantas de la noche, sin uniforme, amenazándolo con empapelarlo.

Bernardo llamó al gobernador civil de entonces y a la Comandancia.

Le abrieron un expediente disciplinario por falta muy grave, insubordinación y embriaguez en acto de servicio.

—Mi padre no bebía en servicio —espetó Marina—. Empezó a beber después. Cuando todos ustedes miraron hacia otro lado y lo dejaron solo.

Valle no se defendió. Aguantó el reproche con la espalda encorvada, como si llevara quince años esperando ese momento exacto.

—Tiene razón, inspectora —reconoció Valle con un hilo de voz—.

Yo era cabo segundo. Tenía dos hijos pequeños y una hipoteca en Medina.

Tenía miedo. Bernardo Oria ponía y quitaba alcaldes en esta comarca, y si el capitán decía que no había caso, yo no me movía del asiento.

Julián no supo parar. Se rompió contra un muro de piedra.

Marina guardó la libreta de su padre en el bolsillo interior de su anorak, junto a su propia placa.

—Ese muro de piedra acaba de aparecer en el asiento de un coche con un tiro en el pecho, sargento —dijo Marina, recuperando el tono profesional e implacable de la Policía Judicial—. Y esta vez nadie va a archivar nada. Quiero hablar con Irene Oria. Ahora mismo.

Valle asintió, recogiendo las llaves del coche patrulla.

—Vive en la casona familiar, en la parte alta del pueblo —dijo Valle—. Si se ha enterado de lo del pantano, no tardará en llamar a sus propios abogados.