CAPÍTULO 2 EL ATAÚD DE CHAPA
El chirrido del acero al morder la cadena resonó por todo el desfiladero como un latigazo. El operario de la Confederación tuvo que apoyar todo su peso sobre los brazos de la cizalla para que las mandíbulas partiesen el último eslabón, podrido por quince inviernos de fango y corriente sumergida.
El candado cayó con un golpe sordo sobre el lodo.
Marina no esperó. Dio un paso al frente y agarró la manilla del portón trasero. El metal estaba pegajoso por las algas secas. Tiró con fuerza; las bisagras protestaron con un gemido seco y la puerta se abrió en un ángulo de noventa grados, dejando al descubierto el hueco del maletero.
Una bocanada de aire viciado, denso y cargado de un hedor acre a descomposición antigua y limo estancado brotó del interior. Valle dio un paso atrás, tapándose la boca y la nariz con el antebrazo. El operario de la grúa escupió al suelo y se apartó hacia el camión.
Marina no parpadeó. Introdujo el haz de la linterna en el fondo.
Apoyado contra los respaldos de los asientos traseros, encajado entre la rueda de repuesto y una caja de herramientas oxidada por completo, había un macuto cilíndrico de lona azul oscura, de los que se utilizaban en los cuarteles y gimnasios en los años noventa.
La cremallera de nylon estaba reventada por la presión del agua, y a través de la rasgadura asomaba un amasijo de tela deshilachada de lo que había sido un jersey de lana gruesa y, bajo él, la curvatura pálida e inconfundible de una caja torácica humana.
—Que nadie toque nada —dijo Marina con voz cortante—. Sargento, acordone la rampa hasta el ensanche. Los curiosos del pueblo empezarán a bajar en cuanto se corra la voz.
—Ya están arriba —respondió Valle, señalando con la barbilla hacia el pretil del puente nuevo de la comarcal, cien metros más arriba—.
En este valle las noticias vuelan más rápido que las urracas.
En cuanto la grúa bajó la rampa a las siete, la mitad de Montecastro sabía que habíamos enganchado el coche.
Marina subió la linterna hacia la parte superior del macuto. Entre los restos de lana y sedimento emergió el cráneo.
Estaba limpio de tejido blando, teñido por una pátina pardusca propia de los fondos fluviales calizos.
Pero lo que detuvo la mirada de Marina no fue la muerte congelada en los huesos, sino un detalle milimétrico en el lateral derecho de la cabeza: justo sobre el hueso parietal, había un orificio irregular con hundimiento óseo hacia el interior.
No era una fractura radial provocada por el aplastamiento del coche al hundirse; era una muesca nítida, triangular y de bordes rectos, de unos cuatro centímetros de anchura.
El impacto de una herramienta pesada. Descargado en seco.
Marina tomó aire por la nariz, dejando que el frío limpiase sus pulmones.
—Javier Aldana no murió ahogado dentro de este coche, sargento —dijo Marina, sin apartar el haz de luz—. Lo metieron aquí después de matarlo.
Valle se acercó de nuevo, mirando fijamente la abertura del macuto con los ojos entrecerrados. Su respiración dejaba un reguero de vapor frente a su rostro.
—Si eso es verdad... —murmuró Valle—. Si Bernardo Oria y Javier Aldana están los dos en este Patrol...
—Significa que el asesino de dos mil once y el asesino de hace cuarenta y ocho horas se han dado cita en el mismo pedazo de chapa —completó Marina—. Y que quien ató a Bernardo al volante sabía perfectamente lo que había detrás de ese portón.
En ese instante, el zumbido de dos motores bajando por la rampa de zahorra rompió el murmullo del río.
Un todoterreno blanco de la Comandancia de Burgos y un sedán oscuro del servicio forense se detuvieron junto al Peugeot de Marina.
La puerta del sedán se abrió y bajó una mujer menuda, de unos cuarenta años, con el pelo negro recogido en una coleta tirante, gafas de montura metálica y un maletín rígido en cada mano.
Era la doctora Natalia Soria, médico forense adscrita al Instituto de Medicina Legal de Burgos.
Detrás de ella, dos agentes de la Policía Científica con monos blancos desechables y cámaras réflex comenzaron a descargar los trípodes y las maletas de precinto.
—Inspectora Roldán —saludó la doctora Soria, caminando sobre el lodo con la soltura de quien pasa más tiempo en zanjas que en despachos climatizados—. Menuda bienvenida nos da el Ebro. Me dijeron en el juzgado que teníamos un coche sumergido con sorpresa.
—Dos sorpresas, doctora —respondió Marina, señalando con un movimiento de cabeza la cabina y el maletero—. Una de hace quince años y otra de este fin de semana.
Natalia Soria se detuvo en seco. Miró primero la ventanilla delantera, donde la cabeza de Bernardo Oria permanecía apoyada contra el asiento, y luego el portón trasero abierto. Levantó las cejas por encima del marco de sus gafas.
—Dígame que es una broma procesal.
—Ojalá —dijo Marina—. El de delante es Bernardo Oria, el cacique local. Con un balazo en el esternón y atado con bridas. El de atrás es, con un noventa y nueve por ciento de probabilidad, Javier Aldana.
La forense no perdió un segundo en especulaciones. Abrió su maletín sobre el capó del coche de la Guardia Civil y extrajo los protectores de calzado, guantes dobles y la sonda térmica de aguja para medición hepática.
—Empecemos por el caliente —dijo Soria, encaminándose hacia la puerta del conductor—. Dejemos que los huesos reposen media hora más; llevan quince años esperando, no tendrán prisa.
Marina acompañó a la forense hasta la ventanilla abierta. Los flashes de las cámaras de Científica empezaron a iluminar el habitáculo con fogonazos blancos y violentos que hacían bailar las sombras dentro del Patrol.
La doctora Soria introdujo el termómetro a través del orificio del pecho, esquivando los bordes ennegrecidos de la herida. Esperó sesenta segundos con la mirada fija en el display digital.
—Temperatura interna, seis coma cuatro grados —anunció la forense—. Con la temperatura exterior de dos grados y la humedad de la orilla, calculo el óbito entre las veintidós horas del domingo y las tres de la madrugada del lunes. Coincide con la rigidez y las livideces.
—¿Y el arma? —preguntó Marina—. ¿Bala o perdigón?
—Bala de caza mayor —afirmó Soria, observando la herida con una lupa de aumento de bolsillo—.
Un único proyectil masivo. Por el diámetro del orificio de entrada y la quemadura circular de pólvora en la piel alrededor del chaquetón, le dispararon a menos de cincuenta centímetros.
El proyectil atravesó el pericardio y probablemente está alojado en la columna dorsal o rompió el asiento.
No hay orificio de salida en la espalda.
La forense levantó la mano enguantada de Bernardo Oria. Las bridas azules estaban tan apretadas que el plástico se había incrustado en la dermis de las muñecas.
—Fíjese en esto, inspectora —dijo Soria—. El corte del sobrante de la brida no está hecho con tijeras. Está serrado con una navaja o una hoja multiusos. Y mire las uñas de la mano derecha.
Marina se inclinó hacia delante. Bajo las uñas de los dedos índice y anular del cadáver se apreciaban restos negruzcos y diminutos filamentos de color verde azulado.
—Defensa —dijo Marina—. Bernardo intentó zafarse. Arañó a quien lo estaba atando o forcejeó por el arma.
—Tomaré muestras con hisopo para ADN —asintió la doctora—. Ahora vamos al maletero.
El examen de los restos del macuto llevó veinte minutos más. La doctora Soria examinó con exquisita delicada el cráneo antes de autorizar su traslado a la furgoneta judicial.
—Traumatismo craneoencefálico severo por objeto contundente con arista viva —dictaminó Soria tras examinar la fractura parietal—.
Fractura deprimida con patrón en cuña. No fue una piedra de río ni un golpe contra el salpicadero.
Esto lo hizo una herramienta de impacto con boca estrecha.
Le reventó la arteria meníngea media. Muerte en menos de dos minutos.
La forense introdujo una pinza larga en el bolsillo delantero del mono de trabajo que aún cubría los fémures del esqueleto. Extrajo un objeto metálico oxidado y cubierto de légamo: un reloj de pulsera de acero con correa elástica y un llavero de cuero con una pequeña chapa de latón.
Marina limpió con cuidado la chapa con la yema de su guante.
Bajo la capa de óxido aparecieron tres letras grabadas a punzón: TALLER ALDANA - MONTECASTRO . Y en la esfera del reloj, con las agujas fosforitas corroídas por el agua dulce, el mecanismo se había detenido para siempre a las veintitrés horas y cuarenta y cinco minutos.
—Ya tenemos la hora del primer crimen —dijo Marina, mirando a Valle—. Las doce menos cuarto de la noche del catorce de noviembre de dos mil once.
Valle tragó saliva con dificultad. Se pasó la mano por la frente helada.
—Aquella noche llovía a cántaros —dijo el sargento en un murmullo—.
Su padre, el cabo Roldán, estaba de guardia en el cuartel.
Recuerdo que entró empapado diciendo que había visto salir el Patrol de Aldana hacia el monte maderero a toda velocidad y que algo olía mal en el aserradero de Bernardo Oria. Nadie le hizo caso. Yo no le hice caso.
Marina guardó el llavero en una bolsa de evidencias y miró hacia lo alto del desfiladero, donde los tejados de pizarra de Montecastro asomaban entre los pinos y la niebla.
—Pues ahora van a tener que hacérselo, sargento —sentenció Marina—. Porque vamos a subir al pueblo a hablar con la familia de Bernardo Oria y con el hermano de Javier Aldana. Y esta vez no pienso marcharme de aquí hasta que la última mentira quede bajo tierra.