La niebla del Ebro (Marina Roldán 1)
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CAPÍTULO 1 EL LODO DEL MEANDRO
La niebla no se movía. Dormía pegada a las hoces calizas como una grasa espesa y fría, cerrando el fondo del desfiladero donde el río Ebro describía su último meandro antes de embalsarse en la presa de Montecastro.
Marina Roldán detuvo el Peugeot oficial en el ensanche de grava que dominaba la bajada del viejo camino de servicio.
Al apagar el contacto, el crujido metálico del tubo de escape al enfriarse fue lo único que rompió el silencio de las nueve de la mañana.
Fuera había dos grados sobre cero. El termómetro del salpicadero llevaba marcando esa cifra desde que había dejado atrás el páramo de Masa, donde los molinos eólicos giraban lentos entre la escarcha.
Se ajustó la cremallera del anorak hasta la barbilla y bajó del coche. El aire le mordió la garganta con olor a fango revuelto, corteza de pino podrida y gasóleo quemado.
Cincuenta metros más abajo, en la orilla donde el agua había retrocedido más de diez metros por las obras de vaciado del aliviadero, parpadeaban las luces rotativas amarillas de un camión grúa de la Confederación Hidrográfica.
Junto a él, un todoterreno verde y blanco de la Guardia Civil mantenía el motor al ralentí, escupiendo un vaho blanco que se disolvía de inmediato en la bruma.
Marina descendió por la rampa de zahorra, pisando con cuidado para que las suelas de cuero de sus botas de montaña no resbalasen en el barro arcilloso.
Llevaba las manos embutidas en los bolsillos, rozando con los nudillos la dureza familiar de su placa de la Policía Judicial y la libreta de tapas duras.
Un hombre corpulento, enfundado en un chaquetón reglamentario de alta visibilidad con el emblema de la Guardia Civil y la cabeza descubierta bajo una maraña de pelo canoso, se separó de los operarios y subió unos pasos a su encuentro. Cojeaba de la pierna izquierda con un balanceo metódico.
—Inspectora Roldán —dijo el hombre al llegar a tres metros. No tendió la mano; el aire helado no invitaba a sacar los guantes—. Soy el sargento primero Valle. Comandante de puesto.
Marina lo observó un segundo. Tenía la cara curtida por el viento del norte, las aletas de la nariz enrojecidas y los ojos pequeños, rodeados de arrugas profundas que parecían talladas con gubia.
Conocía aquel rostro: lo había visto en una fotografía amarillenta enmarcada en el aparador de la casa de su padre, hacía veinte años, cuando aquel cuartel comarcal todavía tenía plantilla completa y su padre aún llevaba los galones de cabo sin mancha.
—Sargento. —Marina asintió con un gesto seco—.
La titular del Juzgado de Instrucción número dos de Villarcayo ha comisionado directamente a la Judicial de la Policía Nacional de Burgos como instructora especial para evitar suspicacias o incompatibilidades con el puesto comarcal.
Me llamó a las siete y media: dice que han enganchado algo en el fondo que no debería estar ahí.
—No debería haber estado nunca —respondió Valle con un hilo de voz áspera—. Venga a verlo usted misma antes de que el barro se seque o nos caiga la llovizna. La brigada de la presa estaba dragando la entrada del túnel de derivación cuando el cable de la retroexcavadora tropezó con el techo.
Caminaron juntos por la lengua de cieno grisáceo que el embalse había dejado al descubierto tras tres meses de estiaje forzado.
El suelo crujía como una costra de sal. A cada paso de la bota de Marina, el lodo cedía unos centímetros, desprendiendo un hedor mineral, a peces muertos y vegetación descompuesta en la oscuridad del fondo.
En la orilla, suspendido a medio metro del suelo por las eslingas de acero del brazo de la grúa, colgaba un amasijo de chapa y herrumbre.
Era un Nissan Patrol corto, modelo de los años noventa, cubierto por una costra espesa de algas resecas y conchas de mejillón cebra adheridas a las llantas y al capó.
El parabrisas delantero estaba estallado en una telaraña opaca, pero el cristal de la ventanilla del conductor permanecía bajado unos cuatro dedos.
Un operario con casco amarillo y mono de faena manchado de grasa observaba la escena fumando un pitillo con dedos temblorosos.
—¿Se ha tocado algo del interior? —preguntó Marina, deteniéndose a dos metros del vehículo para no pisar las rodadas que el camión de la Confederación no hubiese destruido ya.
—Nada —dijo Valle—. Los operarios pasaron las eslingas por debajo de los ejes para izarlo. Pensaron que era chatarra de cuando hicieron la variante de la carretera en el noventa y cinco. Hasta que limpiaron el barro del cristal con una rasqueta.
Marina sacó del bolsillo una linterna táctica de aluminio y un par de guantes de látex azul.
Se calzó los guantes; el látex frío le pegó la piel de los dedos como una segunda cutícula gélida.
Dio tres pasos firmes sobre la grava, se inclinó hacia la ventanilla del piloto e introdujo el haz de luz blanca a través de la abertura.
El interior olía a agua estancada, humedad rancia y algo más. Algo dulzón y metálico que Marina reconoció antes incluso de que la luz fijase los detalles.
El haz iluminó el asiento del conductor.
Había un hombre.
No era un esqueleto cubierto de lodo de hacía una década. Era un cadáver reciente.
Vestía una cazadora de piel de borrego, pantalones de pana marrón y botas de campo de caña alta.
La cabeza descansaba inclinada hacia atrás contra el reposacabezas de tela desgarrada, con la mandíbula entreabierta y los ojos lechosos fijos en el techo del todoterreno.
En el centro del pecho, rasgando la piel y la lana de la cazadora, había un boquete circular del tamaño de una moneda de dos euros, rodeado por una costra negruzca de sangre coagulada y quemaduras de pólvora en la ropa.
Las manos del hombre estaban sujetas al aro superior del volante mediante dos bridas gruesas de nylon de color azul marino, de las que se utilizaban en la industria maderera para flejar tablones de pino.
La tensión del plástico había amoratado las muñecas, cortando la circulación antes de que el corazón se detuviese.
Marina contuvo la respiración, no por la visión, sino por el cálculo forense instantáneo que su mente ejecutó en tres segundos: las livideces en el cuello eran violáceas pero todavía no se habían fijado del todo; la rigidez muscular de los brazos era completa, pero no había rastro de fauna cadavérica ni putrefacción avanzada.
—Ese hombre no lleva quince años bajo el agua —dijo Marina sin apartar la linterna.
—Lleva muerto cuarenta horas como mucho —corroboró Valle detrás de ella, con la voz más baja aún, como si temiera despertar a los riscos que los rodeaban—. Entre la noche del domingo y la madrugada del lunes.
Marina barrió con la luz hacia la consola central.
La palanca de cambios estaba en punto muerto.
El salpicadero conservaba una capa fina de barro seco que no correspondía a un vehículo recién salido de las profundidades del meandro, sino a un coche que alguien había metido en el agua recientemente aprovechando la pista de bajada.
—¿Sabe quién es? —preguntó Marina.
Valle tardó cuatro segundos en responder. En el desfiladero, el graznido de un cuervo resonó contra las paredes de piedra caliza con la nitidez de un martillazo.
—En este valle no hay nadie que no conozca esa cara, inspectora —dijo el sargento—. Es Bernardo Oria. El dueño del aserradero y de medio monte de Montecastro.
Marina sintió un golpe sordo en el diafragma. El nombre cayó entre la niebla como una piedra en un pozo ciego.
Bernardo Oria.
El mismo hombre al que su padre, el cabo Julián Roldán, había señalado quince años atrás en un informe oficial que la Comandancia de Burgos ordenó enterrar en un cajón.
El hombre que pagó los mejores abogados de la provincia para acusar a su padre de acoso, difamación y delirios alcohólicos, hasta arrancarle el uniforme y empujarlo al rincón más oscuro de la memoria del valle.
Marina apagó la linterna y se giró lentamente hacia el sargento Valle. Sus miradas se cruzaron a la altura de la escarcha que flotaba entre ambos.
—Si Bernardo Oria está muerto en ese asiento desde hace dos días —dijo Marina con una calma artificial, medida hasta el milímetro—, ¿de quién es el coche?
Valle metió la mano en el bolsillo de su chaquetón y sacó una bolsa de plástico de evidencias. Dentro había una chapa metálica de matrícula ennegrecida por el óxido, con los números apenas legibles bajo el barro.
—BU-8412-T —leyó Valle—. El todoterreno pertenecía al taller mecánico de los Aldana. El coche con el que desapareció Javier Aldana la noche del catorce de noviembre de dos mil once.
Marina miró hacia la parte trasera del Patrol. El portón del maletero estaba trabado con una cadena oxidada y un candado roído por el agua del embalse.
—Traigan una cizalla —ordenó Marina a los operarios—. Quiero abrir ese maletero antes de que llegue la comitiva judicial.