La niebla del Ebro (Marina Roldán 1) EPÍLOGO LA LUZ SOBRE EL AGUA
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EPÍLOGO LA LUZ SOBRE EL AGUA

Viernes, ocho de la mañana.

El mirador del Cañón del Ebro se asomaba al vacío desde una atalaya de roca caliza situada en el punto más alto de las hoces, justo donde el río describía una curva de trescientos sesenta grados antes de abrirse hacia los llanos de Sedano.

La niebla que durante una semana entera había sepultado el valle en una penumbra húmeda y fría se había disuelto por completo al amanecer.

El sol invernal, bajo y limpio, proyectaba una luz dorada y cristalina sobre las paredes verticales de la garganta, haciendo brillar las aguas esmeraldas del Ebro con destellos de plata.

Marina Roldán detuvo su Peugeot oficial en el ensanche del mirador.

Apagó el motor y bajó al aire libre. Hacía frío, un frío seco y puro de tres grados bajo cero que limpiaba los pulmones como un trago de agua de manantial. Llevaba el anorak abierto sobre el jersey negro y las manos metidas en los bolsillos.

Caminó hasta el hito de piedra que marcaba el límite geográfico del parque natural.

Desde allí arriba, el meandro del embalse se veía con una claridad deslumbrante: el lodo donde había reposado el todoterreno durante quince años volvía a ser cubierto lentamente por la crecida ordenada de las compuertas, borrando las huellas de los neumáticos, las marcas de las orugas y el cieno revuelto.

La herida del río comenzaba a cicatrizar bajo la corriente limpia.

Marina sacó del bolsillo interior de su chaqueta la pequeña libreta de tapas negras de hule de su padre.

Acarició con el pulgar la esquina desgastada de la cubierta, donde la goma elástica cedida conservaba el tacto familiar de las manos de Julián Roldán.

Abrió el cuaderno por la última página escrita. Sacó un bolígrafo del bolsillo y, debajo de las anotaciones que su padre había redactado el 24 de noviembre de 2011, escribió tres líneas con su letra clara y vertical:

20 de noviembre de 2026. 08:00 horas.

Caso Javier Aldana cerrado. Sapina nº 3 y escopeta recuperadas. Culpable confeso en prisión.

Tenías razón, papá. El agua nunca calla.

Cerró la libreta.

No la guardó de nuevo en el bolsillo. La depositó sobre la superficie plana del hito de piedra caliza, en el centro exacto del mojón que miraba hacia el fondo del cañón.

Luego buscó en el arcén un canto plano y pesado de caliza blanca del río y lo colocó con suavidad encima del cuaderno, anclándolo con firmeza contra las rachas de viento helado del páramo.

El sol de la mañana bañó las tapas gastadas por el tiempo.

Marina respiró hondo, llenándose el pecho con el aire nuevo del páramo.

Dio media vuelta sin mirar atrás, subió al coche oficial, arrancó el motor y enfiló la carretera comarcal hacia la autovía del norte, en dirección a Burgos, con la mirada fija en el horizonte limpio que se abría delante de ella.

FIN DE LA NOVELA