Capítulo 12
La ermita, fría y húmeda, se había convertido en su único refugio contra la furia de O Velo Silente .
Afuera, la niebla azabache seguía susurrando sus amenazas, pero dentro, el silencio se había vuelto denso con una tensión diferente, una que no era de miedo, sino de una innegable atracción.
El terror de lo que habían enfrentado había debilitado sus defensas, dejando al descubierto una vulnerabilidad compartida que los unía de una forma inquebrantable.
Lucas, aún tembloroso por la experiencia, no había soltado la mano de Aldara desde que habían llegado.
Su piel seguía fría por el escalofrío de la magia, pero la palma de ella era un foco de calor que le mantenía anclado a la cordura.
La luz tenue que se filtraba por una rendija iluminaba a duras penas sus rostros, revelando el asombro en los ojos de Lucas y la honda fatiga en los de Aldara.
El misterio ancestral que los había arrastrado hasta allí, la maldición que entrelazaba sus linajes, ahora se sentía como un lazo predestinado, tirando de ellos el uno hacia el otro.
Aldara sintió la mirada de Lucas clavada en ella con una intensidad que le robaba el aliento.
En sus ojos, ya no había rastro de escepticismo, solo una mezcla de asombro, gratitud y un deseo apenas contenido.
Era el hombre que había desafiado sus verdades, y al comprenderlas, se había convertido en su compañero en la oscuridad.
El aire entre ellos crepitaba con una energía inconfundible, más antigua y elemental que cualquier magia.
Sin una palabra, Lucas se inclinó, su aliento cálido rozó los labios de Aldara.
Ella no se apartó, sino que cerró los ojos, preparándose para lo inevitable.
Sus labios se encontraron en un beso que no fue apresurado, sino profundo, lento, un descubrimiento mutuo que ahuyentaba el frío de la ermita y el terror de la niebla.
Fue un beso cargado de consuelo después del peligro, de la comprensión de almas que por fin se encontraban, y de una pasión latente que había estado creciendo desde su primer encuentro.
Los dedos de Lucas se enredaron en su melena salvaje, profundizando la unión, mientras su otra mano apretaba suavemente su cintura, atrayéndola hacia sí.
Aldara respondió con igual fervor, rodeando con sus brazos su cuello, buscando la calidez de su cuerpo.
Cada roce, cada suspiro, era una confirmación de que su conexión iba más allá de la razón, más allá de la maldición y la magia.
Era el reconocimiento de dos mitades que se encontraban.
No era un acto impulsivo de alivio, sino la culminación de toda aquella tensión acumulada, de choques inevitables y revelaciones compartidas.
En ese beso, el «don Juan» y la restauradora desconfiada desaparecieron, dejando solo a Lucas y Aldara, dos almas unidas por el destino y el inquebrantable vínculo que la magia de Galicia había tejido entre ellos.
El frío exterior no importaba; en los brazos del otro, encontraron una calidez que prometía ser su refugio en la noche de Diviña Cova .
El beso se disolvió lentamente, dejando a Aldara y Lucas con los labios hinchados y el aliento agitado, pero con una nueva y profunda quietud entre ellos.
La vulnerabilidad compartida había abierto una puerta, y la chispa que había crepitado desde su primer encuentro se había convertido en un fuego cálido y prometedor.
El miedo a O Velo Silente seguía ahí, un murmullo en la niebla exterior, pero en los brazos del otro, habían encontrado un refugio más allá de la piedra fría de la ermita.
Fue Aldara quien, con un suspiro, se separó ligeramente, aunque sin romper el contacto del todo. Sus ojos se posaron en el cuaderno de cuero que aún sostenía. La figa de azabache en su mano seguía vibrando, no con la furia de antes, sino con una expectación silenciosa.
—El cuaderno —murmuró con un hilo de voz—. Siento que es de ella. De Iria.
Lucas asintió desviando su mirada hacia el objeto.
La mano de Aldara se levantó temblorosa para abrir la cubierta.
Las páginas, amarillentas y frágiles, estaban cubiertas con una caligrafía elegante y antigua, salpicada de símbolos extraños que Aldara reconoció instintivamente como glifos de la magia ancestral que ambas compartían.
No había duda: era el diario personal de Iria, la Meiga da Cova . La primera de su linaje.
Pasó las páginas con reverencia, y cada roce de sus dedos desataba un nuevo «eco», no solo de palabras, sino de la esencia misma de la meiga ultrajada.
Lucas, a su lado, sentía la vibración en el aire, una energía que hacía que los pelos de su nuca se erizaran.
Era como si la voz de la antigua bruja, silenciada por siglos, comenzara a resonar en la ermita.
Las primeras entradas hablaban de la vida cotidiana de Iria en Diviña Cova : su conexión con la tierra, sus rituales para sanar a los enfermos, su sabiduría sobre las hierbas y los ciclos lunares.
Describía la figa de azabache no solo como un amuleto, sino como una extensión de su propio poder, un ancla para su magia, forjada con la esencia de la propia Galicia.
«Es mi corazón de piedra», había escrito con una caligrafía que denotaba un profundo afecto, «el latido de mi don, el eco de la tierra en mi sangre».
A medida que Aldara avanzaba, el tono del diario cambiaba.
Las entradas se volvieron más sombrías, más urgentes.
Iria comenzó a documentar una creciente inquietud, una «sombra que se arrastra» por los límites de su percepción.
Describía cómo ciertas leyendas populares, antes inofensivas, empezaban a ser «moldeadas», «distorsionadas» por una presencia que ella no podía nombrar, pero que sentía como una «gran disfonía» en la armonía de la tierra.
Hablaba de cómo el miedo se amplificaba, cómo la desconfianza se sembraba entre los aldeanos, no por causas naturales, sino por una «voz sin cuerpo» que susurraba en los puntos de energía telúrica.
—Ella lo sintió —murmuró Aldara, con voz baja y temblorosa—. La presencia que manipula. Lo que mi padre llamó O Velo Silente . Ella lo describe como un parásito que se alimenta del desequilibrio.
Lucas se inclinó más, siguiendo la trayectoria de los dedos de Aldara sobre las páginas.
El diario revelaba cómo O Velo Silente no era una organización física, sino una entidad o fuerza ancestral que operaba a través de la manipulación de la percepción y las creencias colectivas, utilizando los ecos mágicos de la tierra para sus propios fines.
Iria había sido una de las pocas que podía percibirla y resistirse a ella.
Las últimas entradas eran un lamento desgarrador.
Iria presintió el robo. Escribió sobre "«os que vienen por el poder, sin entender la esencia», y cómo su talismán era el objetivo.
Describió a un hombre, «con ojos de ambición y el sello de una casa olvidada», que buscaba su figa por encargo de esa «sombra».
Era una descripción escalofriante de Nuño Deza, el antepasado de Lucas.
«Si me arrancan mi corazón de azabache», había escrito la poderosa meiga en una de las últimas páginas, con una caligrafía que denotaba desesperación, "«la tierra llorará, y mi dolor se aferrará a la estirpe del ladrón.
No será una maldición de venganza, sino el eco de un equilibrio roto, una herida abierta que solo podrá sanar con la restitución.
Esa emanación de desequilibrio los perseguirá, una llamada constante a devolver lo que no les pertenece, o a pagar el precio de la armonía quebrada».
Aldara cerró el cuaderno con lentitud, el peso de las palabras de Iria resonaba en lo más profundo de su alma.
La maldición de su propia familia, el eco da meiga que había heredado, no era un castigo, sino la resonancia de esa misma herida ancestral, una manifestación de la necesidad de equilibrio.
Y la «llamada» de Lucas, la inquietud que lo había llevado a Galicia, era la manifestación de la deuda de su propio linaje, el lamento de la figa robada.
Se miraron en la penumbra, el aire de la ermita latía cargado con la vibración de la verdad.
El diario de Iria no solo había desvelado el origen de la maldición; había unido sus destinos de una forma inquebrantable, convirtiéndolos en los herederos de una búsqueda milenaria para restaurar un equilibrio mágico.
Aldara sintió el peso de la pena de Iria sobre sus hombros, no como una carga, sino como un legado que debía reconocer y sanar.
La conexión con la antigua meiga era ahora una corriente viva en sus venas, una sabiduría que se agitaba en su « eco da meiga ».
La figa de azabache en su mano, la misma que había sido robada y que ahora era suya, ardía con una urgencia que iba más allá de la mera posesión; era una llamada a la restitución.
Lucas, a su lado, estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una nueva determinación.
La vergüenza ancestral de su linaje se mezclaba con una necesidad imperiosa de corregir el error.
Su «llamada», antes una molesta inquietud, ahora era un mandato claro, una brújula que apuntaba hacia la redención.
La mano de Aldara, que aún sostenía, se sentía como un ancla, pero también como una chispa que encendía un fuego en su interior.
—El equilibrio… —murmuró Lucas con voz grave—. Mi antepasado lo rompió. Y ahora… nosotros debemos restaurarlo.
Aldara asintió con la mirada fija en la suya.
La intimidad que habían compartido minutos antes, ese beso que había prometido un posible futuro juntos, ahora se teñía de la gravedad de su misión.
El deseo seguía latente entre ellos, una corriente subterránea que auguraba consuelo y pasión, pero la inminencia del peligro y la magnitud de su tarea lo mantenían a raya.
Había una preocupación compartida que los unía aún más que el propio deseo: la sombra de O Velo Silente.
—Iria lo describe como un parásito que se alimenta del caos, del miedo, de la desconfianza —dijo Aldara, volviendo a abrir el diario y señalando unas líneas—.
Dice que se fortalece con el desequilibrio.
La maldición… es su alimento. Por eso la mantuvo activa, por eso ha borrado a cualquiera que se acercara a la verdad.
La comprensión golpeó a Lucas con la fuerza de un puño.
O Velo Silente no solo ocultaba; manipulaba.
La maldición no era un fin, sino un medio para mantener un flujo constante de energía negativa.
La desaparición de Carballo, la de los padres de Aldara, y la propia «llamada» de Lucas, todo encajaba en ese patrón de manipulación.
—Necesitamos encontrar el lugar donde se pueda restaurar el equilibrio —afirmó Lucas, con su mente ya trabajando en el plan, combinando su lógica con la intuición de Aldara—.
Iria debe haber dejado alguna pista. Un ritual, un lugar, algo que pueda revertir la maldición y, con ello, debilitar a esa… sombra.
Revisaron las últimas páginas del diario de la meiga con renovado fervor.
Entre símbolos y anotaciones crípticas, encontraron una serie de coordenadas y un dibujo esquemático de un lugar oculto, una «Fuente de los Ecos»profunda en los bosques de Diviña Cova , un lugar de poder ancestral donde Iria creía que la armonía podía ser restaurada.
La última entrada de la meiga era una advertencia y una esperanza: «Solo aquellos con la sangre del origen y la sangre de la deuda podrán sellar la herida.
La figa de azabache será la llave, y el equilibrio, el precio a pagar».
La ermita se llenó de una determinación silenciosa. Aldara y Lucas se miraron, sus ojos reflejaban la misma mezcla de miedo y resolución. La misión era clara, pero el camino, incierto. O Velo Silente no les permitiría restaurar el equilibrio fácilmente.