La Niebla Azabache Capítulo 11
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Capítulo 11

El aullido de O Velo Silente rasgó la densa niebla de Diviña Cova , un lamento primordial que no solo atacaba los oídos, sino que se enroscaba en la mente, distorsionando la realidad hasta convertirla en una pesadilla palpable.

Aldara y Lucas, arremolinados en el corazón de la disfonía mágica, se aferraban el uno al otro como náufragos en una tempestad invisible.

La tierra se ondulaba bajo sus pies, los árboles danzaban en visiones grotescas, y los susurros se transformaban en gritos que prometían la locura.

La figa de azabache de Aldara latía con una fiebre incesante contra su palma, irradiando un calor oscuro que se mezclaba con el frío gélido de la niebla.

Su « eco da meiga » era una tormenta de percepciones, mostrándole espectros de dolor y miedo antiguos.

Lucas, a su lado, luchaba por mantener la cordura.

Su medallón de plata quemaba contra su piel, su propia «llamada» resonando con el terror del lugar, pero la mano de Aldara, firme en la suya, lo mantenía consciente.

—¡Corre! —gritó la chica con voz tensa, descubriendo una tenue debilidad en la furia mágica de la entidad, un instante en que su poder se retraía, quizás por la intensidad de la resistencia de ambos—. ¡Por allí!

A ciegas, tropezando sobre raíces y piedras ocultas por la niebla azabache, corrieron.

El mundo giraba a su alrededor, y cada paso era una victoria contra la desorientación que O Velo Silente les imponía.

Los gritos les perseguían, las sombras se extendían para atraparlos, pero el instinto primario de supervivencia, unido al lazo inquebrantable que empezaba a unirlos, los impulsó hacia adelante.

Finalmente, tras lo que parecieron horas interminables de huida a través de la densa mortaja de bruma, el aire comenzó a aligerarse, el frío sobrenatural remitió poco a poco.

El aullido de la entidad se desvaneció en un zumbido distante, como una bestia salvaje que se retira a lamerse las heridas. Habían escapado, por muy poco.

Cayeron extenuados a la entrada de lo que parecía una antigua ermita de piedra, medio derruida, casi engullida por la maleza y los líquenes.

La puerta de madera, carcomida por el tiempo, colgaba de un solo gozne.

El interior estaba oscuro, húmedo, y desprendía un olor a tierra y olvido, pero ofrecía un techo y, más importante aún, un respiro de la omnipresente niebla exterior.

Lucas se desplomó contra la pared, con el aliento entrecortado, su rostro estaba pálido y cubierto de sudor frío.

La racionalidad de su mundo se había hecho pedazos en Diviña Cova , y la experiencia lo había dejado tembloroso, al borde de la extenuación.

Aldara, aunque igualmente exhausta, lo miró con una comprensión que trascendía las palabras.

La adrenalina aún corría por sus venas, pero la necesidad de un refugio, de un momento de quietud, era imperiosa.

Se sentaron uno junto al otro en el suelo de tierra, sus cuerpos temblaban por el esfuerzo y el frío persistente.

La cercanía se hizo inevitable, como una necesidad primaria e instintiva.

Lucas, con un gemido, se apoyó contra el hombro de Aldara, buscando un apoyo.

Ella, sin dudar, le devolvió el gesto, una mano suavemente apoyada en su brazo mientras él se envolvía en sí mismo.

El calor de sus cuerpos era el único consuelo real en mitad de la desolación de la ermita.

En el silencio denso, solo roto por sus respiraciones agitadas, sus miradas se encontraron.

Los ojos de Lucas, aún un reflejo del terror que habían enfrentado, se llenaron de una gratitud cruda, de una admiración que no se atrevía a pronunciar.

Aldara vio en ellos no solo el miedo, sino el desmoronamiento de su escepticismo, la asunción de una realidad que nunca creyó posible.

Un entendimiento silencioso se forjó entre ellos, un lazo inquebrantable nacido del peligro compartido y del conocimiento de que, en ese mundo de magia y maldiciones, se tenían solo el uno al otro.

La gravedad de lo que habían enfrentado, la certeza de que O Velo Silente era real y les perseguía, se grabó en sus almas, solidificando su extraña y creciente unión.

Fue en esa quietud forzosa donde la figa de azabache de Aldara comenzó a pulsar de nuevo, no con la furia de antes, sino con una vibración persistente y anhelante, como si buscara algo.

—Quiere más —murmuró la chica con la voz ronca por la tensión, observando el oscuro amuleto en su mano, que emitía un sutil brillo—. La figa… está buscando algo aquí.

Lucas, reponiéndose poco a poco, levantó la cabeza y sus ojos recorrieron el interior de la ermita.

La penumbra ocultaba gran parte de los detalles, pero la luz tenue que se filtraba por las rendijas de la puerta reveló un rincón olvidado.

Allí, medio oculta bajo un cúmulo de escombros y telarañas, sobresalía la esquina de un antiguo cofre de madera, pequeño y tosco, casi fusionado con la tierra.

—Ahí —señaló Lucas.

Con un esfuerzo combinado, lograron mover las piedras y la tierra.

El cofre, aunque pequeño, pesaba bastante.

Al abrirlo, el aire de la ermita se cargó con un olor a tierra húmeda y a esencias olvidadas, y la figa de Aldara vibró con una euforia silenciosa.

Dentro, envuelto en un paño de lino descompuesto, encontraron un manojo de hierbas secas, un par de gemas opacas y, lo más importante, un pequeño cuaderno de cuero con tapas desgastadas y páginas amarillentas.

No era el diario de Carballo, sino algo mucho más antiguo.

Aldara sintió una atracción magnética hacia el cuaderno.

Sus dedos rozaron la cubierta y un torrente de «ecos» la inundó de inmediato.

No eran susurros dispersos, sino una inmersión completa, una visión tan vívida que Lucas pudo sentir el cambio en el ambiente, la electricidad crepitante que rodeaba a la joven restauradora.

La ermita se desvaneció. Ella se encontró de pie en un lugar que era y no era Diviña Cova , un paisaje primigenio envuelto en una niebla menos amenazante, más etérea.

Vio a una mujer. Su figura era alta y esbelta, su cabello del color de la noche sin luna, adornado con pequeñas flores silvestres.

Sus ojos, profundos y sabios, brillaban con una luz azulada, la misma que Aldara a veces veía en su propio reflejo.

Era Iria, la Meiga da Cova , la dueña original de la figa.

La esencia de su don era tan pura que Aldara sintió un parentesco instantáneo, una conexión de sangre que la dejó sin aliento.

Supo quién era sin necesidad de palabras, lo sentía en las venas.

Vio a Iria en su cueva, trabajando con hierbas y conjuros, con el talismán de azabache reluciendo en su cuello, como una extensión natural de su poder salvaje.

Era una protectora de Diviña Cova , una sanadora, una guía.

La figa no era solo un amuleto, era el ancla de su magia, un recipiente de su fuerza vital.

Aldara sintió la paz que Iria irradiaba, la profunda conexión con la tierra y sus secretos.

Pero entonces, la visión se torció. La niebla se hizo más espesa, y una sombra se arrastró hacia la cueva.

Iria, con una expresión de dolor y furia que Aldara sintió como propia, trató de proteger su talismán.

Sin embargo, no era un combate de magia contra magia.

Vio manos toscas, armadas con hierro, forzando la entrada.

Y entre ellas, la figura de un hombre con el rostro sombrío y ojos llenos de una ambición desmedida.

Además de una marca que Aldara reconoció vagamente de los textos de Carballo.

Era Nuño Deza, el ancestro de la rama de la familia rechazada de Lucas.

Y no actuaba solo, era el peón visible de una fuerza más grande y antigua que ansiaba el poder de la figa.

El talismán fue arrancado del cuello de Iria con violencia, y el grito que Aldara escuchó no fue solo de la meiga; fue el aullido de la propia naturaleza.

La luz azulada en los ojos de la meiga se apagó, y en su lugar, una oscuridad inmensa la consumió.

No hubo maldición verbal, no hubo conjuro de venganza.

Lo que aquella bruja injuriada desató fue una emanación pura de desequilibrio, de una herida mágica tan profunda que se enraizó en la tierra y en el linaje del ladrón.

La maldición no era una condena impuesta, sino la resonancia de la profanación, el eco de una fuerza desatada que buscaba restaurar el equilibrio perdido.

Y Nuño Deza, al tomar la figa, había atado a su estirpe a ese lamento.

La visión se desvaneció tan abruptamente como había llegado, dejando a Aldara temblorosa, aferrada al cuaderno como si fuera el último vestigio de cordura.

Las lágrimas se derramaban por sus mejillas, no solo por la tragedia que acababa de presenciar, sino por la comprensión de la carga que ambas compartían.

Lucas la sostuvo con fuerza, su propia piel erizada por la intensa energía del «eco». Había sentido la angustia de Aldara, el dolor de Iria, y la inmensa culpa ancestral que pesaba sobre su propio linaje. El medallón en su bolsillo ardía, clamando por una expiación.

—Nuño Deza… —murmuró Lucas con voz grave, teñida de una vergüenza que no le pertenecía, pero que se pegaba a él como la niebla al granito—. Mi antepasado. Él fue quien…

Aldara levantó la mirada, sus ojos, aún brillantes por la visión, se encontraron con los de Lucas.

En ellos no había juicio, solo una comprensión profunda que iba más allá del tiempo.

La línea entre sus familias, antes una vaga suposición, se había convertido de repente en un nudo intrincado de dolor y poder.

—No fue una maldición de palabras —dijo Aldara con voz firme a pesar del temblor—.

Fue la esencia de Iria, su magia. Al robar el talismán, no solo le quitaron un objeto preciado; le arrancaron una parte de su alma.

Y el desequilibrio, esa herida abierta en la tierra y en ella, se aferró al linaje de Nuño.

La maldición no es un castigo, Lucas, es el clamor de un equilibrio roto, un eco buscando completarse. El karma clamando por reestablecerse.

La revelación cambió la atmósfera entre ellos.

Lucas sintió el peso de esa verdad ancestral.

Su «llamada», la inquietud que lo había arrastrado a Galicia y a Aldara, ya no era solo un misterio personal.

Era la manifestación de esa deuda, el grito silencioso de la figa original que su ancestro había robado.

Él era parte de la cadena, un eslabón tanto de la tragedia como, quizás, de su posible resolución.

Aldara sintió una conexión con Iria que la sobrepasaba.

No era solo la dueña del eco, era la heredera de su esencia, de su dolor, y también de su poder latente.

Una parte de la antigua meiga residía en ella, una sabiduría ancestral que empezaba a despertar.

La figa de azabache en su palma, la misma que había desencadenado su propio don, era el nexo tangible con ese pasado.

—Mi figa… —Aldara miró el amuleto oscuro cuyo tacto estaba imbuido de una nueva reverencia—. Es como si fuera un eco de la suya. Una forma latente y viva de la magia original.

Lucas asintió lentamente sin apartar la mirada de Aldara.

Veía no solo a la restauradora de arte que le nublaba la razón, sino a la heredera de un poder antiguo, una fuerza tan elemental como la niebla que los rodeaba.

La vulnerabilidad que habían compartido en la huida, la empatía en la visión de Iria, ahora se transformaba en una complicidad profunda.

Ya no eran solo dos extraños investigando un misterio; eran dos piezas de un mismo puzle ancestral, arrastradas por un destino común.

El aire en la ermita pareció vibrar con una nueva energí­a; no presagiaba amenaza alguna, sino que sugería que algo extraño estaba a punto de despertar.

La tensión romántica entre ellos, antes un fuego latente bajo la superficie, se avivó con esta comprensión compartida.

No era solo una atracción física; era una resonancia de almas, forjada en la niebla de la magia y la sombra de una maldición milenaria.

Los secretos ya no los dividían; los unían, de una forma que ni la lógica de Lucas ni la intuición de Aldara habían podido prever.

Se miraron en el silencio cargado de tensión, mientras el tenue brillo del medallón de Lucas se reflejaba en el verde musgo de los ojos de Aldara, y el eco de Iria, fuerte y claro, resonó en el corazón de la joven.

Ambos sabían que el camino que les esperaba sería peligroso, pero también que estaban irrevocablemente entrelazados.

La verdad sobre la maldición era parte de su esencia.

Su búsqueda por desentrañar a O Velo Silente era una misión compartida que iba más allá de la mera curiosidad o la venganza, era una cuestión de equilibrio ancestral y de avatares del karma y el destino.