La Niebla Azabache Capítulo 10 #2
39%

Capítulo 10 #2

—Estamos juntos en esto, Aldara —dijo con voz grave mirándola con intensidad—. Lo que sea que haya desatado esto, lo que sea que O Velo Silente esté protegiendo… nos concierne a ambos. Nuestros ancestros lo tejieron, y ahora nosotros debemos desentrañarlo.

La tensión entre ellos era casi insoportable, una mezcla embriagadora de peligro, miedo y una atracción poderosa que crecía con cada revelación compartida.

Aldara sintió un impulso irracional de apoyarse en él, de buscar refugio en la solidez de su presencia.

A pesar de su cautela innata, la sensación de ser comprendida a un nivel tan profundo, de que alguien más compartía el peso de su extraña realidad, era un consuelo embriagador.

Lucas no juzgaba su don; lo aceptaba sin más.

No descartaba su dolor; lo reconocía en la vibración de su propio medallón.

Sus rostros estaban a escasos centímetros de distancia, la niebla difuminaba el mundo a su alrededor, creando un capullo íntimo.

Los ojos de Lucas, reflejando la luz tenue del día, eran un abismo al que Aldara sentía una inexplicable necesidad de asomarse.

Podía sentir el pulso acelerado de él, el roce de su respiración.

La lógica le gritaba que mantuviera la distancia, que la atracción era una distracción peligrosa en un lugar como Diviña Cova .

Pero la magia de los ecos, la maldición compartida, y la innegable química entre ellos, tejían un hilo invisible que los unía, llevándolos inexorablemente el uno hacia el otro.

La barrera de «enemigos» se había roto, dejando solo la cruda y prometedora realidad de dos almas que se entendían como ninguna otra podría.

La intimidad forjada por el miedo y la atracción compartida se vio abruptamente rota por un cambio en el aire.

La niebla, que hasta entonces los había envuelto en un abrazo casi protector, comenzó a transformarse.

Se hizo más densa, más oscura, un azabache líquido que se arrastraba por el suelo, no como una bruma natural, sino como una criatura que despertaba.

Un frío antinatural les caló hasta los huesos, un frío que no era debido a la temperatura, sino que procedía de una presencia que helaba el alma.

El medallón de Lucas ardía contra su pecho con una intensidad dolorosa, tan fuerte que tuvo que quitárselo también.

La figa de azabache en la mano de Aldara vibraba con una furia incontrolable, emitiendo un pulso oscuro y pegajoso que la asfixiaba.

Los susurros que Aldara había sentido antes, ahora se hicieron más claros, retorciéndose en un coro ininteligible que parecía provenir de todas partes y de ninguna a la vez.

No eran palabras, sino vibraciones que atacaban la mente, intentando distorsionar la realidad.

—¿Qué es esto? —murmuró Lucas, escudriñando la niebla que los envolvía, su lógica se tambaleaba ante la imposibilidad de lo que veían.

Los árboles circundantes parecieron doblarse mientras sus ramas se retorcían formando figuras grotescas. Las ruinas de las casas de Diviña Cova se alzaron como esqueletos fantasmales, alargándose y contrayéndose.

Aldara sintió el eco da meiga envolverla por completo.

Era la presencia de O Velo Silente , una fuerza que no tenía forma, pero que se manifestaba a través de la distorsión del entorno, de la siembra de terror y confusión.

Vio, por un instante, figuras espectrales formadas por la niebla, siluetas de rostros agonizantes, ecos de antiguas víctimas de la manipulación.

La voz de su padre resonó en su mente, la advertencia sobre aquella magia capaz de borrar la verdad.

—Es O Velo Silente —dijo Aldara con voz tensa, casi desgarrada por la sobrecarga sensorial—. Nos ha sentido. Está aquí.

De repente, un aullido se alzó desde el corazón de la niebla, un sonido primario y desgarrador que no pertenecía a ninguna criatura conocida.

No era solo un sonido; era el inicio de un ataque.

La visión de Lucas se emborronó por un instante, y sintió una punzada de pánico irrefrenable, el instinto de huir, de gritar.

Pero el contacto de la mano de Aldara, que aferraba la suya con una fuerza desesperada, lo ancló al suelo.

—No mires lo que te muestra —gritó Aldara, luchando contra el coro de susurros, con los ojos entrecerrados mientras se concentraba en la realidad latente bajo la distorsión—. Siente lo que es .

La niebla se arremolinó violentamente a su alrededor, arrastrándolos, desorientándolos.

El terreno bajo sus pies parecía inclinarse, los ruidos se distorsionaban y las sombras crecían.

Era una manifestación pura de la magia primigenia de O Velo Silente , diseñada para confundir, para paralizar, para borrar cualquier rastro de aquellos que se atrevieran a desvelar sus secretos.

Lucas, aunque racional, sintió su mente al borde del abismo, luchando contra la realidad impuesta por la magia.

Pero la mano de Aldara, caliente y firme apretando la suya, y la punzada constante de su medallón, eran sus únicos puntos de referencia.

Ambos cayeron, tropezando con raíces invisibles, y la niebla los engulló por completo.

Lo último que Aldara vio antes de que la oscuridad la cubriera fue un destello de luz proveniente del medallón de Lucas, una tenue resistencia contra la asfixiante oscuridad azabache de la niebla.

Estaban en el corazón de la maldición, y O Velo Silente no iba a dejarlos escapar fácilmente.