La Niebla Azabache Capítulo 10
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Capítulo 10

El viejo Land Rover se abrió paso por las carreteras secundarias de Galicia, tragándose los kilómetros con un traqueteo familiar que, por primera vez, no le resultaba tan reconfortante.

Santiago de Compostela se desdibujaba en el retrovisor, un último vestigio del mundo conocido.

A medida que avanzaban hacia el interior de Lugo, el paisaje se transformaba ante sus ojos.

Los campos de cultivo dieron paso a bosques densos, retorcidos, donde los robles centenarios parecían susurrar secretos antiguos.

La niebla, esa compañera constante de Galicia, no era aquí una simple condición meteorológica; era una presencia casi tangible, una cortina viviente que danzaba entre los árboles, envolviendo los picos de las montañas y sumiendo los valles en un silencio espectral.

Lucas conducía con una concentración férrea, sus manos firmes se aferraban al volante, pero Aldara lo notaba tenso, sus ojos escudriñaban no solo la carretera, sino también la cambiante atmósfera exterior.

Había una familiaridad en esta niebla, una densidad energética con la que su figa de azabache bajo la ropa comenzaba a resonar.

Era como si el velo entre los mundos se hiciese más fino con cada kilómetro ganado.

Las aldeas que atravesaban eran fantasmas de piedra y teja, sus casas estaban cubiertas de musgo, sus pocas luces titilaban como ojos cansados en la inmensidad del paisaje.

El tiempo parecía haberse detenido en esos lugares, donde el aire estaba cargado con el olor a tierra mojada, a humo de leña y a un eco indefinible de historias no contadas.

La sensación de aislamiento era casi abrumadora; se adentraban en el corazón de una Galicia profunda, donde la lógica se difuminaba y las leyendas echaban raíces.

Finalmente, el Defender viró por un camino de tierra apenas perceptible, flanqueado por muros de piedra desmoronados.

Tras una última curva, Diviña Cova emergió de la bruma, no como un lugar físico y tangible, sino como una respiración profunda.

Era una aldea diminuta, apenas una docena de casas apiñadas, con sus tejados casi fundiéndose con la tierra y ventanas como cuencas vacías.

No había un alma a la vista, solo el murmullo del viento entre los árboles y el leve goteo de la humedad.

La niebla aquí era una entidad viva, más espesa que nunca, acariciando las fachadas, abrazando los árboles retorcidos, susurrando secretos invisibles.

Aldara sintió un escalofrío que no era de frío, sino de pura energía.

Un « eco da meiga » se alzó a su alrededor con una intensidad abrumadora, diferente a todo lo que había experimentado hasta ahora.

Era una cacofonía de dolor, de miedo antiguo, de voces ahogadas por el tiempo, pero también sintió una extraña familiaridad, como si una parte de su alma hubiese regresado a su verdadero hogar.

Sus músculos se tensaron, el aire se hizo pesado, y la figa de azabache pulsó con un ritmo furioso contra su piel, irradiando un calor que la quemaba.

Lucas, a su lado, detuvo el vehículo. Su medallón de plata, que siempre había sido una mera referencia en su mente, ahora vibraba contra su pecho con una «llamada» inconfundible, más fuerte que nunca. Su rostro, antes tan inescrutable, mostraba una mezcla de asombro y una punzada de aprensión.

—Lo sientes, ¿verdad? —preguntó Aldara con la voz entrecortada.

Sus ojos se clavaron en Lucas, reconociendo la resonancia en él. Este lugar no era solo un punto en un mapa; era un portal. Y su entrada había sido sentida. Les daban la bienvenida.

El Land Rover quedó en silencio. Aldara y Lucas bajaron con cautela, sus pasos fueron amortiguados por la tierra húmeda y la densa niebla que abrazaba cada rincón de Diviña Cova .

El aire no solo olía a humedad y musgo; tenía un sabor metálico, casi eléctrico, que Aldara sentía en la lengua, un preludio a la manifestación de una energía ancestral.

La aldea se extendía ante ellos como un laberinto de casas de piedra con tejados hundidos, algunas ya en ruinas, engullidas por la vegetación.

No había señales de vida reciente, solo el persistente murmullo del viento que parecía llevar consigo susurros ininteligibles.

Aldara dejó que su « eco da meiga » la guiara, sus sentidos se agudizaron por la proximidad de la magia.

Se movía entre las paredes derruidas, rozando la piedra fría con la punta de sus dedos, buscando la resonancia de los recuerdos.

Fue en el centro de lo que parecía haber sido una plaza, junto a un cruceiro antiguo, roído por el liquen y el tiempo, donde su figa de azabache reaccionó con más violencia.

El amuleto, que había sido una fuente constante de calor contra su piel, ahora ardía.

Un pulso incesante, doloroso, la obligó a quitarla de su cuello.

La niebla a su alrededor pareció ondular, y por un instante, Aldara vislumbró sombras etéreas danzando en el aire, ecos de lamentos y susurros de advertencia.

Era una explosión de memorias ajenas, un estallido de un pasado trágico desfilando ante sus ojos.

Lucas, al ver su reacción, se acercó de inmediato.

El medallón de plata que llevaba colgando también vibraba con fuerza contra su pecho, respondiendo a la energía que emanaba de Aldara y del lugar.

Los ojos del historiador, por primera vez, reflejaron no solo asombro, sino una punzada de miedo genuino.

—¿Qué ves? ¿Qué sientes? —preguntó con voz tensa, mientras Aldara luchaba por recuperar el aliento con los ojos muy abiertos y fijos en la neblina.

— La Meiga da Cova —dijo Aldara, su voz era hilo que se perdía en el aire denso—. Aquí, en este mismo lugar. Ella está conectada a la maldición. Y el talismán… aquí fue donde todo empezó. Siento el eco del robo.

Mientras Aldara luchaba con la intensidad de sus visiones, Lucas se agachó junto al cruceiro .

En la base, medio oculta por el musgo, encontró una inscripción apenas legible: una fecha, 1488, y un símbolo que reconoció de entre los textos de Carballo: una espiral con un trazo quebrado, un diseño que el folclorista había relacionado con antiguas conjuras de meigas y, curiosamente, con un escudo familiar menor, el de un linaje que había desaparecido de los registros nobles, un linaje oculto al que él mismo, Lucas, estaba conectado por ramas laterales.

No pudo evitar sentir un escalofrío recorriendo su entumecido cuerpo.

—Carballo mencionó esto —dijo con la voz ahogada por el descubrimiento—.

La fecha del robo del talismán. Y este símbolo…

es el de los Deza, una familia menor, de la que hay rumores de que uno de sus miembros, un tal Nuño Deza, desapareció en esas fechas, justo después de unirse a una sociedad mágica secreta.

Mi propia familia tiene… una lejana conexión con ellos. Una rama que se creyó extinta.

La mirada de Aldara se fijó en él, una nueva capa de comprensión se superpuso a su conexión ya innegable.

La maldición, el talismán, el eco da meiga …

todo se entrelazaba con el linaje de Lucas.

El robo del talismán no era un evento aislado, sino el catalizador de una oscuridad que había afectado a ambas familias, aunque de formas distintas.

Este lugar, Diviña Cova , no era solo el escenario del origen de la maldición de la Meiga da Cova; era también el punto de partida de la «llamada» que atormentaba a Lucas, el lugar donde su propio linaje se había anudado a la fatalidad, al robar el objeto de poder.

El medallón en su cuello ardía, clamando respuestas, y él, por primera vez, sintió que la maldición de Aldara, y la de su propia estirpe, eran dos caras de la misma moneda.

Ambos estaban atrapados en una red mágica, tejida hace siglos.

El peso de las revelaciones en el cruceiro se cernió sobre ellos, tan denso como la niebla que los envolvía.

El aire vibraba con los ecos de una tragedia ancestral, y la comprensión de que la maldición, el talismán y el destino de sus propias familias estaban indisolublemente unidos, los arrastró a una intimidad forzosa.

Aldara, aún con la figa caliente en la palma de su mano, sintió el aliento de Lucas cerca, la tensión magnética que se había gestado entre ellos desde su primer encuentro, amplificada por la vulnerabilidad compartida.

—Los Deza... mi familia —murmuró Lucas, cargado de una incredulidad que pugnaba con la innegable verdad que sus ojos habían presenciado—.

Siempre fue una rama perdida en el árbol genealógico, una leyenda que mi padre descartaba.

Ahora entiendo la «llamada», la inquietud que me ha traído aquí. Es la herida de un ancestro negado.

Aldara asintió con los ojos muy abiertos.

En la penumbra de la niebla, los rasgos de Lucas parecían más definidos, su vulnerabilidad más palpable.

Por un momento, el «don Juan» madrileño desapareció, revelando a un hombre asombrado y desorientado por una realidad que desafiaba toda su lógica.

Era una visión que desarmó a Aldara de una forma inesperada.

Él, el escéptico, estaba tan perdido como ella en la vorágine de aquel torrente de magia ancestral.

—Mi abuela siempre dijo que la maldición se manifestaría cuando el tiempo fuera propicio, cuando la figa de azabache despertara de verdad —confesó Aldara, con la voz temblorosa por la emoción—. Pero nunca imaginé que estaría conectada a un robo de tal magnitud. Ni a... tu familia.

Lucas extendió una mano, esta vez sin dudar, y tomó suavemente la de Aldara que sostenía la figa.

Sus dedos rozaron los de ella, y una chispa innegable, ajena al misterio mágico, recorrió a ambos.

No era un toque casual; era una conexión, una afirmación silenciosa de que, en este lugar olvidado, en medio de una verdad tan aterradora, no estaban solos.

El calor de su palma, el tacto firme de su piel contra la suya, era un ancla en mitad de aquel caos.