La Niebla Azabache Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Siempre pensé que era solo... nuestra maldición —murmuró Aldara con un hilo de voz apenas audible—. Que la locura, las pérdidas, eran el precio a pagar por nuestro don. Pero si fue provocado… si alguien nos lo hizo…

Lucas extendió una mano, dudando por un instante antes de apoyar sus dedos sobre la muñeca de la chica.

Su toque fue inesperado, un roce suave que envió una descarga eléctrica a través de su piel.

No era un gesto de dominio, sino de una empatía cruda, casi protectora.

Aldara sintió su calor, la fuerza contenida en sus dedos, y por primera vez, no quiso apartarse.

Su piel vibró con una resonancia ajena a la magia, una chispa innegable que encendía algo más profundo.

—El folclore está lleno de advertencias —dijo Lucas con voz grave y cercana—. De fuerzas que se alimentan del miedo, de la ignorancia. Si Carballo descubrió cómo se hacía, si mapeó esos puntos… no estaba solo desenterrando leyendas. Estaba desenterrando su arma más poderosa.

La mirada de Aldara se clavó en la suya.

La cercanía forzosa, el aliento de Lucas rozando su mejilla, la conciencia de su mano en su muñeca, todo creaba una burbuja íntima en medio del vasto archivo.

Se sentía expuesta, vulnerable, pero también extrañamente…

entendida. Lucas no la miraba con lástima ni con curiosidad científica, sino con un reconocimiento que le decía que, por imposible que pareciera, él podía vislumbrar la sombra de su mundo.

Esa conexión silente, tejida por la magia y el misterio, era tan inquietante como excitante.

—Mis padres lo sabían —murmuró ella con tristeza—. Intentaron detenerlo. Y por eso...

Lucas apretó suavemente su muñeca.

—Por eso desaparecieron. Como Carballo. Es el patrón, Aldara. Los que se acercan demasiado a O Velo Silente son borrados.

Ella asintió con un suspiro. La desconfianza no había desaparecido del todo; la precaución estaba demasiado arraigada en su alma.

Pero había surgido una nueva capa en su relación: la de dos almas aisladas que, por fin, habían encontrado a alguien capaz de comprender la extraña y aterradora realidad que habitaban.

Los secretos compartidos eran un potente imán.

La tensión entre ellos no era solo la de dos desconocidos forzados a colaborar, sino la de dos llamas destinadas a arder más intensamente juntas, impulsadas por la magia ancestral y el peligro inminente.

La mano de Lucas aún se demoraba en la muñeca de Aldara, un contacto que, lejos de ser puramente físico, transmitía la urgencia de su conexión con el misterio.

El descubrimiento sobre Carballo, y la clara señal de que O Velo Silente operaba mediante la manipulación de las creencias y los ecos mágicos, había solidificado su compromiso.

—Necesitamos encontrar lo que Carballo encontró —afirmó Aldara con una determinación férrea.

Le retiró la muñeca con suavidad; no pretendía rechazarlo, sino centrarse por completo en la siguiente etapa.

—. Él estaba cerca de algo, o ya lo había descubierto.

Algo que ver con esos «puntos de susurro» y con cómo esa magia se usa para manipular la percepción de la gente.

Lucas asintió. Había una mención recurrente en las notas de Carballo a un lugar específico: una pequeña parroquia rural, casi olvidada en el interior de Lugo, llamada Diviña Cova .

Carballo la describía como un «nudo de energía telúrica» y el origen de antiguas leyendas sobre una meiga especialmente poderosa, conocida como « A Meiga da Cova », a la que se atribuía la capacidad de «tejer la bruma» y «cambiar la mente» de la gente con un susurro.

La última entrada en sus notas la vinculaba con el robo de un antiguo talismán familiar, un acto que había desatado una maldición sobre una estirpe local.

— Diviña Cova —Lucas leyó en voz alta señalando la frase con el dedo—. Carballo decía que allí se originó el eco más potente de esa manipulación. Y que había una meiga… y un talismán.

Los ojos de Aldara se abrieron. El talismán. Como su propia figa de azabache, el origen de su maldición. La conexión era innegable, tangible. Esta no era solo una pista académica; era una llamada directa, un eco que cruzaba los siglos.

—Tenemos que ir a Diviña Cova —decidió Aldara, sin dudar. El peligro era evidente, pero el deseo de desentrañar el origen de la maldición de su linaje y entender la verdadera naturaleza de su don era más fuerte que cualquier temor.

Lucas la observó, notando la firmeza en su postura, la chispa indomable en sus ojos.

Sabía que esta aldea, este «nudo de energía», sería diferente a cualquier otra investigación que hubiera emprendido.

No sería solo historia; sería magia. Y con Aldara a su lado, con su « eco da meiga » y su conexión innata con el lugar, el camino sería impredecible y cargado de un peligro que escapaba a toda lógica.

—Hay leyendas oscuras sobre Diviña Cova —advirtió Lucas con voz grave—. Y si Carballo desapareció por acercarse demasiado a su secreto…

—Precisamente por eso tenemos que ir —lo interrumpió Aldara, su voz era un susurro que resonaba con el poder de su linaje—. Si el origen de todo esto, de mi maldición y de la tuya, está allí, debo enfrentarlo. Y si tú quieres la verdad sobre tu propia «llamada», tendrás que venir conmigo.

El asentimiento de Lucas fue lento, cargado de la resignación de quien sabe que no hay vuelta atrás.

La lógica le gritaba precaución, pero la resonancia que sentía con Aldara, la innegable atracción hacia este misterio ancestral, lo arrastraba.

El Land Rover Defender los esperaba, un vehículo robusto para una travesía que los llevaría no solo a un lugar olvidado en Galicia, sino al corazón mismo de la magia, la maldición y los secretos de O Velo Silente .

La bruma de Galicia esperaba para envolverlos en su regazo de hielo antes del capítulo final.