La Niebla Azabache Capítulo 13
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Capítulo 13

El diario de Iria, envuelto en un paño y seguro entre sus pertenencias, parecía irradiar un peso ancestral, un eco silencioso de siglos de secretos.

La pequeña ermita, testigo de su primer y ardiente beso, quedaba atrás, un faro de intimidad en un paisaje que aún susurraba la furia de O Velo Silente .

La entidad, aunque ya no los atacaba directamente, se sentía como una sombra persistente en la niebla, una advertencia de que la verdad no podía ser desvelada sin pagar las consecuencias.

El viaje de regreso fue un descenso lento desde el corazón de la magia al umbral de la lógica, aunque la línea entre ambos ya estaba irremediablemente difuminada.

Lucas conducía en silencio, sus manos aferradas al volante y la mandíbula tensa.

La experiencia en Diviña Cova lo había transformado.

El hombre de ciencia, el escéptico, ahora era un testigo de lo imposible, un participante forzado en una realidad que había reescrito todas sus certezas.

Su medallón de plata, antes un mero adorno, vibraba con una presencia viva, una «llamada» que resonaba con el linaje maldito de los Deza y el dolor de una promesa ancestral.

Su mente, habituada a los hechos y la razón, luchaba por asimilar la magnitud de la magia, la profundidad de la maldición y su propio papel en esta trama.

Aldara, a su lado, observaba el paisaje pasar, cada árbol, cada muro de piedra, teñido ahora por una nueva lente.

La conexión con Iria era más fuerte que nunca, una corriente de sabiduría y tristeza que fluía a través de su « eco da meiga ».

La figa de azabache, cálida bajo su blusa, era un recordatorio constante de su herencia, de la responsabilidad que ahora cargaba sobre sus hombros.

Entendía la maldición no como una aflicción, sino como una desarmonía, y sentía la imperiosa necesidad de encontrar la clave para restaurar el equilibrio.

Su padre, que había buscado esta misma verdad, resonaba en cada pensamiento.

Fue Aldara quien rompió el silencio, con voz suave pero firme.

—Necesitamos ir a ver a mi abuela.

Lucas la miró, sorprendido.

—Ella conoce las leyendas como nadie —continuó la chica, sus ojos brillaron con una convicción que Lucas había llegado a respetar—.

Ha vivido con ellas, con los cuentos de meigas y espíritus, toda su vida.

Sabe de los viejos caminos, de las palabras ocultas.

Si alguien puede ayudarnos a entender el diario de Iria, a trazar un plan contra O Velo Silente , es ella.

Su sabiduría es tan antigua como las piedras de Diviña Cova .

Lucas asintió. Si había alguien capaz de descifrar la urdimbre de magia y folclore que los envolvía, era la guardiana de esas mismas historias.

La abuela de Aldara representaba el último vestigio de un conocimiento ancestral, un puente hacia un pasado donde las leyendas no eran solo cuentos, sino verdades vivas.

El viaje se transformó entonces en una búsqueda, un peregrinaje hacia la única fuente de sabiduría que podría iluminar su oscuro camino.

El Land Rover Defender de Aldara, ahora una burbuja de relativa normalidad en la vastedad de Galicia, los llevó por caminos sinuosos hasta la casa de su abuela, un lugar que parecía existir al margen del tiempo.

Lucas conducía con una concentración férrea, ya acostumbrado a la robustez del vehículo, mientras la niebla envolvía la robusta construcción de piedra con su jardín salvaje y enredado.

El aroma a hierbas secas, a madera vieja y a algo indescifrable que era a la vez sabiduría y misterio, flotaba en el aire.

La abuela de Aldara, Elvira, los esperaba en el umbral, su figura pequeña pero imponente, sus ojos, tan similares a los de Aldara, profundos y penetrantes.

No había sorpresa en su rostro, solo una quietud serena que sugería que lo había sabido, que había sentido la creciente agitación de los ecos y las llamadas que ahora unían a su nieta y al desconocido a su lado.

—Aldara. Lucas —dijo con una voz que era un murmullo de hojas secas, pero cargada de una autoridad innegable.

Su mirada se detuvo en el medallón de plata de Lucas, y luego en la mano de Aldara, donde el pulso de la figa de azabache era casi visible a través de la tela—. Lo sabía. El tiempo del velo se agita.

No hubo necesidad de preámbulos. La abuela los condujo a la cocina, un espacio cálido y acogedor que contrastaba con la frialdad exterior, lleno de cacharros de cobre y ristras de ajos y hierbas.

Mientras preparaba una infusión de hierbas aromáticas que parecían aliviar la tensión en el aire, Aldara colocó el diario de Iria sobre la mesa de madera.

Con voz temblorosa al principio, pero ganando fuerza con cada palabra, Aldara relató todo lo sucedido desde su partida unos días antes: el descubrimiento de Xabier M.

Carballo, la revelación sobre O Velo Silente , la incursión en Diviña Cova , la visión de Iria, el robo del talismán por Nuño Deza, y la verdadera naturaleza de la maldición como una emanación de desequilibrio.

Lucas, a su lado, asentía en silencio, añadiendo detalles sobre los hallazgos de Carballo y la perspectiva más racional que había tenido de los eventos.

Elvira escuchaba en silencio, con los ojos fijos en el diario. Cuando Aldara terminó, la abuela tomó el cuaderno con firmeza. Sus dedos huesudos trazaron los símbolos, y sus labios recitaron frases incomprensibles en un dialecto ancestral, como si estuviera leyéndose a sí misma.

— O Velo Silente … lo he escuchado nombrar en los cuentos antiguos —murmuró la mujer, su voz ahora un eco de profunda sabiduría—.

No es una persona, es una presencia. Una sombra que se arrastra por los rincones del mundo, alimentándose del caos y del olvido, de la desarmonía.

Siempre ha buscado sofocar la verdad, manipular la memoria, distorsionar los lazos.

Se regodea en el miedo, en la ignorancia de aquellos que no ven más allá del velo de la realidad que nos impone.

La abuela pasó las páginas, su mirada se detuvo en la descripción de Iria sobre el talismán.

—La figa de Iria no era solo un amuleto.

Era un corazón de la tierra, imbuido de su esencia.

Al ser arrancado por Nuño Deza, no solo se rompió la magia de Iria, se rompió la armonía de este lugar.

Y la maldición… es el gemido de esa ruptura, una llamada constante a la restitución.

Esa emanación de desequilibrio ha afectado a nuestras familias.

Los Deza, condenados a buscar lo que robaron sin saberlo, los nuestros, arrastrados por el dolor de esa herida mágica.

Luego, Elvira se detuvo en las últimas páginas, donde Iria había dibujado el mapa y las coordenadas. Sus ojos se entrecerraron.

—La Fuente de los Ecos. Un lugar sagrado, donde los velos son más finos. Iria quería devolver el talismán, o su esencia, a ese lugar. Creía que allí podría sellarse la herida...

La abuela levantó la vista, sus ojos claros se clavaron en los de Aldara y Lucas, creando una conexión de profunda comprensión entre tres almas unidas por un destino ancestral.

—El diario es solo el comienzo. Para restaurar el equilibrio, para silenciar a O Velo Silente , necesitaréis más que una simple devolución.

Necesitaréis entender la canción del equilibrio.

Y eso… eso está en las raíces más profundas, en los rituales perdidos, en la fe inquebrantable de los nativos de estas tierras mágicas...

La información de la abuela no solo confirmó sus sospechas, sino que les dio una nueva y crucial pieza del rompecabezas: la confirmación de la naturaleza de O Velo Silente y la profunda conexión de la maldición con el equilibrio mágico de la tierra.

La tarea no sería solo devolver un objeto, sino restaurar la armonía de un mundo que había sido desquiciado por la ambición de un ancestro de Lucas.

Con el diario de Iria y las palabras de la anciana resonando en sus mentes, Aldara y Lucas regresaron al taller de la joven restauradora.

El espacio, con sus lienzos velados, el olor a barniz y trementina, y los objetos antiguos esperando ser desenterrados de su pasado, era el lugar donde su arte y su alma se encontraban.

La luz de la tarde se filtraba tenue por los ventanales, pintando el polvo en el aire con tonos dorados.

La tensión que había marcado el viaje y la conversación con la abuela no se había disipado; al contrario, se había transformado.

Ya no era la presión del miedo o la incertidumbre, sino una electricidad palpable que zumbaba entre ellos, el eco de un deseo largamente reprimido que, tras la intimidad compartida en la ermita, era imposible de ignorar.

Aldara se movió por el taller, encendiendo algunas luces que proyectaban sombras suaves sobre las paredes abarrotadas.

Lucas la siguió con la mirada, con los ojos oscuros fijos en cada uno de sus movimientos.

La vulnerabilidad que habían expuesto en Diviña Cova , la forma en que se habían apoyado el uno en el otro frente a lo incomprensible, había roto las últimas barreras entre ellos.

El beso en la ermita había sido solo el preludio de una conexión más profunda.

Se detuvieron cerca de una mesa de trabajo cubierta de bocetos y herramientas.

El silencio se volvió pesado, cargado con todo lo no dicho, con la verdad de lo que sentían.

La mano de Lucas se alzó, casi involuntariamente, para rozar la mejilla de Aldara.

Su pulgar acarició suavemente sus labios entreabiertos y un escalofrío de anticipación recorrió a la joven.

Sus ojos, profundos y llenos de una mezcla de reverencia y ardiente deseo, buscaron los de ella.

—Esto… —murmuró Lucas con voz grave, apenas un susurro—, es demasiado.