La Niebla Azabache Capítulo 4
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Capítulo 4

La figura de aquella mujer había desaparecido tan sigilosamente como había aparecido en la densa niebla, pero la resonancia que dejó en Lucas era innegable.

Había sido un impacto silencioso, una punzada que no se parecía a nada de lo que su lógica académica podía explicar.

Se quedó un momento inmóvil mientras el frío húmedo de Galicia le calaba hasta los huesos, intentando racionalizar lo que acababa de sentir.

¿Era la sugestión del ambiente? ¿La acumulación de tantas horas persiguiendo una corazonada irracional?

Pero la sensación era demasiado potente, demasiado específica, para ser un simple autoengaño.

Era como si una cuerda invisible se hubiera tensado entre él y ella, una melodía inaudible que solo él podía escuchar.

La obsesión se instaló de inmediato en su mente, arraigándose con la fuerza de una hiedra venenosa en los cimientos de su escepticismo.

En el hotel rural, modesto pero acogedor, Lucas trazó mentalmente un mapa de la pequeña aldea.

El taller. La casa. La mujer sin nombre.

«¿Quién eres?», se preguntó, recorriendo con la yema del pulgar el borde del medallón de plata que ahora colgaba de su cuello, oculto bajo la camisa.

La pieza, antes un mero objeto familiar, parecía vibrar con una energía apenas perceptible, un eco exacto de la misma sensación que había sentido al verla a ella.

La «maldición» de su familia, las historias susurradas por sus abuelos sobre un destino ineludible, de repente cobraban un matiz diferente, menos folclórico y más…

real. «No puede ser», se repetía con furia interna, su mente científica luchaba contra la evidencia de sus propios sentidos, contra la insoportable posibilidad de que el universo no fuera tan ordenado como él creía.

«Hay una explicación lógica. Siempre la hay».

Pero, por primera vez en mucho tiempo, esa convicción se tambaleaba, agrietándose bajo el peso de lo inexplicable.

Sentía, con una certeza que lo asustaba y lo atraía a partes iguales, que esa mujer era el epicentro de la «llamada» que lo había arrastrado hasta allí, el nodo vivo de una red invisible que se extendía a través de los siglos.

Ella era la respuesta, o al menos, parecía ser la llave.

La necesidad de acercarse a ella se convirtió en una prioridad irrefutable.

No podía irse de allí sin entender, sin hablarle, sin desentrañar el enigma que ella representaba.

Pero, ¿cómo abordar a alguien en un lugar tan apartado sin parecer un intruso o, peor aún, un charlatán?

Lucas se sentó frente a una taza de café humeante dejándose llevar por sus pensamientos.

Su impecable reputación como historiador de arte le ofrecía la coartada perfecta, un escudo de credibilidad que pocas personas se atreverían a cuestionar.

Decidió usar su fachada de investigador, la que le había abierto puertas en archivos y universidades de medio mundo.

Su interés por las leyendas gallegas y las tradiciones artesanales no era una mentira total; de hecho, encajaba perfectamente con el «desvío» que había justificado su viaje a sus colegas.

El plan era sencillo en su superficie, complejo en su ejecución: presentarse con una sonrisa profesional, exponer su supuesto proyecto para un libro, y con su encanto habitual, intentar romper el hielo y ganarse su confianza.

Consideró la posibilidad de mencionar las reliquias que conservaba su propia familia  que había traído consigo, sobre todo el medallón que llevaba al cuello, pero decidió que era demasiado pronto.

Esa información era su as bajo la manga, algo que revelaría solo si el primer contacto resultaba prometedor.

Primero, el acercamiento educado y calculado; después, la estratagema para desvelar si esa mujer compartía, de alguna manera, la misma «carga» que él.

A la mañana siguiente, la niebla era aún más espesa, un sudario impenetrable que lo engullía todo, dotando a la aldea de un aire espectral.

Era el momento. Lucas se dirigió al taller, el sonido de sus propios pasos era amortiguado por la bruma.

El aire olía a madera vieja y a un dulce aroma a barnices y resinas, una combinación extraña pero evocadora que le producía una punzada de nerviosismo.

El sonido rítmico de unos golpes suaves y constantes llegó desde el interior.

La puerta estaba entreabierta, dejando ver una habitción atestada de objetos a medio restaurar y sombras danzando en las esquinas.

Dudó un instante en el umbral. Su pulso se aceleró, no por miedo, sino por la adrenalina nacida de su expectación.

La sensación de estar a punto de cruzar aquella línea, de pisar un terreno que alteraría su propia realidad, aceleraba su corazón.

Llamó con los nudillos y los golpes cesaron al instante.

Unos segundos después, la vio de nuevo. La misma mujer, pero esta vez de frente.

Sus ojos, de un color indefinible entre el verde musgo y el gris de las nubes, lo escrutaron con una mezcla de sorpresa y una desconfianza casi innata, tan profunda que parecía grabada en su misma alma.

Era una mirada directa, penetrante, que parecía ver a través de su impecable traje y su sonrisa profesional, una mirada que percibía algo más, algo que él no podía ocultar del todo.

—Buenos días —comenzó a decir Lucas, con su sonrisa más ensayada, la que solía desarmar a la mayoría de sus interlocutoras—.

Disculpe la intromisión. Soy Lucas Valdés, historiador de arte de Madrid.

Estoy en la aldea investigando para un libro sobre el folclore y las tradiciones artesanales de Galicia, y me han hablado de un taller aquí… ¿Es usted la restauradora?

Aldara no sonrió. Su postura era tensa, sus brazos permanecían cruzados sobre el pecho como una barrera impenetrable.

El «eco de meiga» de ella, sin que Lucas lo supiera, ya había percibido la extraña mezcla de lógica y una energía vibrante en él, una disonancia que la ponía en guardia de forma instintiva.

Sintió la antigüedad del medallón bajo la camisa de Lucas, una resonancia que la inquietaba, aunque no sabía qué era, y la fuerza cruda de la  «llamada» que lo envolvía, una frecuencia que le era demasiado familiar.

Un leve temblor imperceptible recorrió sus hombros, una reacción casi instintiva a la cercanía de esa extraña presencia masculina que prometía alterar su calma.

—Soy Aldara —respondió ella, su voz era suave pero con un filo acerado, sin rastro de la calidez o curiosidad esperada—. Y sí, este es mi taller. Pero no creo que pueda ayudarle mucho con sus leyendas. Mi trabajo es restaurar objetos, no contar sus historias a desconocidos.

La brusquedad, la fría cortesía, desconcertaron a Lucas por un instante.

Las mujeres solían ser más receptivas a su encanto.

Pero, extrañamente, no se sintió ofendido.

Al contrario, la cautela de Aldara, la forma en que sus ojos lo analizaban, solo avivó su fascinación.

No era como las demás. Era un enigma andante.

Y eso, para un hombre que había visto y conquistado tantos corazones, era un desafío irresistible, una promesa de algo genuino y profundo por descubrir.

—Comprendo —dijo Lucas, haciendo gala de su sonrisa inmutable, aunque ahora sentía una punzada de verdadera curiosidad—.

Pero a veces los objetos guardan las leyendas mejor que las palabras.

Las piezas antiguas… tienen sus propias historias.

Y, permítame decir, he sentido una conexión inusual con este lugar. Una energía peculiar.

Lucas notó el cambio sutil en su expresión, la forma en que su mirada se intensificaba, casi un parpadeo prolongado, como si estuviera escuchando algo que él no podía oír, como si su propia presencia activara en ella una percepción latente.

Se dio cuenta de que no bastaría con su encanto habitual.

Esta mujer era diferente, una caja de secretos esperando ser desvelada.

Y en esa diferencia, en esa velada percepción que intuía en ella, supo que había encontrado lo que buscaba, la pieza que faltaba en su propio rompecabezas.

No solo la respuesta a su «llamada», sino el inicio de un misterio compartido.

Su escepticismo, antes una fortaleza inquebrantable, empezaba a cuartearse bajo el peso de una verdad que prometía ser mucho más fascinante de lo que jamás imaginó.

La determinación de Lucas se solidificó: no se rendiría.

Aldara, sin saberlo, se había convertido en la clave de su propia historia, y él encontraría la forma de que ella le ayudara a desentrañar el misterio de su propia familia, a liberar el eco escondido en su propia sangre.