Capítulo 5
Aldara aún sentía el frío de las tablas de madera calándole la piel, pero el estremecimiento que la recorría no tenÃía nada que ver con la temperatura del cuarto.
Las imágenes y sensaciones de la figa de azabache seguían grabadas a fuego en su mente, como una película de terror proyectada una y otra vez.
Asesinato. La palabra resonaba en cada rincón de su ser, aplastando el dolor silencioso por sus padres bajo una rabia gélida.
Ya no era solo una hija huérfana; era la receptora de una verdad brutal, la heredera de un misterio monstruoso.
La abuela la ayudó a levantarse con sus manos arrugadas, pero firmes.
Los ojos de la anciana, habitualmente llenos de esa sabiduría que solo los años confieren, brillaban con una luz cargada de dolor y, por fin, de liberación.
Había guardado el secreto por décadas, un peso invisible que ahora se transfería, al menos en parte, a los hombros de su nieta.
—Tu don, Aldara… lo que llamas tu eco —comenzó a explicar, con la voz grave, mientras la guiaba hasta el pequeño sofá de la habitación—, es mucho más que sentir lo que otros objetos guardan.
Es la memoria de la sangre, el susurro de las que vinieron antes que tú.
La figa es un amplificador, un conducto.
Es la misma pieza que usaba la meiga original, la primera de nosotras, la que sentía el mundo de una forma que nadie más comprendía en aquellos tiempos.
Ella fue la que comenzó a entender cómo la tierra y las palabras se conectaban, cómo los secretos se incrustaban en la materia.
La abuela se sentó a su lado, sostenía la figa de azabache con reverencia en la palma de su mano.
Aldara observaba, con la respiración entrecortada.
La historia de su don siempre había sido confusa para ella, la abuela evitaba profundizar en el tema.
Ahora, la niebla comenzaba a disiparse, revelando un legado asombroso y aterrador a partes iguales.
—Tus padres… eran curiosos. Demasiado. Empezaron a investigar esta pieza, a buscar los hilos que la unían a nuestra familia y a los viejos relatos de la comarca.
Creían que podía ser la clave de algo más grande, algo que ellos llamaban «O Velo Silente» —la abuela frunció el ceño, tratando de apaciguar recuerdos amargos—.
No lo entendían del todo, pero estaban cerca.
Demasiado cerca. Y alguien no quería que esa verdad saliera a la luz.
Por eso… por eso lo que les pasó no fue un accidente. Ellos no murieron; los asesinaron.
La confirmación, dicha en voz alta, hizo que la verdad se anclara en el corazón de Aldara.
No eran fantasmas del pasado, eran víctimas.
Víctimas de un secreto tan antiguo y poderoso que había reclamado sus vidas.
El dolor se transformó en una llama fría de determinación.
La figa en las manos de su abuela no era solo una prueba de todo aquel drama familiar, era una promesa de expiación.
Horas después, cuando la luz del atardecer se colaba por la ventana teñida de niebla, Aldara seguía en la habitación, con la figa ahora sobre su propia mesilla de noche, observándola con una mezcla de cautela y confusión.
Cada fibra de su ser le pedía respuestas.
Y justo entonces, la imagen del hombre de la mañana, Lucas Valdés, asaltó su mente.
Su encuentro había sido breve, pero la sensación que le había dejado no era insignificante.
Cuando él había hablado de «energías peculiares» y «conexiones inusuales», no lo había dicho con la burla del escéptico, ni con la impostura del charlatán.
Había algo en su voz, en la forma en que la miró, que a pesar de su desconfianza inicial, la había intrigado.
Su propio eco había reaccionado a Lucas, no como a un objeto antiguo, sino como a una presencia vibrante, una disonancia sutil pero persistente, un sonido en el «no-sonido» que la ponía en alerta.
El medallón que Lucas llevaba al cuello, oculto bajo su camisa, había emitido una frecuencia que Aldara sentía, aunque no podía identificar.
¿Era él parte de todo esto? ¿O era una extraña coincidencia que apareciera justo ahora que su mundo se había vuelto del revés?
La aparición de Lucas no era casual; su instinto se lo gritaba.
Él era un nuevo hilo en la compleja madeja que empezaba a desentrañarse.
Aldara no podía quedarse sin hacer nada.
La revelación de que sus padres habían sido asesinados, el peso de su linaje y la repentina aparición de Lucas, la empujaban a la acción.
Se levantó con la fatiga aún presente, pero su propósito de descubrir la verdad era más fuerte.
Recorrió cada rincón del cuarto con sus ojos entrenados para ver más allá de lo obvio.
Necesitaba encontrar alguna pista. Buscar los hilos sueltos, las migajas de pan que sus padres pudieran haber dejado para descubrir la verdad.
Su mirada se posó en la pequeña estantería donde su padre guardaba sus diarios.
Eran cuadernos sencillos, de tapas de cuero gastadas, llenos de una caligrafía apretada.
Había evitado leerlos en profundidad, respetando la intimidad de sus pensamientos.
Pero ahora, aquella intimidad se había vuelto una cuestión de supervivencia.
Con manos temblorosas, descolgó el más antiguo.
Lo abrió al azar. Las páginas olían a viejo, a tinta seca y a un eco de la intensa concentración de su padre.
En una de ellas, subrayado con un trazo enérgico, encontró una cita: « El eco susurra verdades que la luz no osa revelar.
El tejido del mundo se esconde en el olvido».
Y al pie de página, una referencia apenas legible: «Carballo. Antiguos Senderos ».
Aldara frunció el ceño. «¿Antiguos Senderos?
» ¿Y Carballo? El nombre y el título no le sonaban de nada.
Era el primer indicio concreto, una punta de flecha en la oscuridad.
Sus padres estaban detrás de algo, y ese «algo» tenía que ver con verdades ocultas, con el velo que cubría el mundo, con el olvido deliberado.
Y un nombre: Carballo, que en gallego significa roble, un árbol imponente y símbolo de resistencia y secretos ancestrales.
La niebla fuera de su ventana se hizo aún más densa, como si el mundo quisiera contener el aliento ante la verdad que Aldara estaba a punto de desenterrar.