La Niebla Azabache Capítulo 3
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Capítulo 3

El frío de la tarde se colaba por las rendijas de la ventana del taller, pero Aldara apenas lo notaba.

Había vuelto de la cocina, las palabras de la abuela aún resonando en sus oídos: «El pasado nunca está realmente muerto.

Solo espera el momento adecuado para susurrar sus verdades».

Fue al salir, para coger unas ramas secas para la estufa del taller, cuando una extraña ráfaga de viento helado la había sorprendido, a pesar de que la niebla permanecía inmóvil.

Una sensación fugaz de ser observada, una punzada de algo nuevo en el ambiente, pero que en el momento atribuyó a la habitual melancolía de la tarde gallega.

Ahora, de vuelta dentro, la imagen de la pequeña caja de madera oscura, escondida entre las pertenencias de sus padres, cobraba una intensidad inusitada.

Era una llamada diferente, más sutil que el eco de un objeto antiguo, pero no menos poderosa.

Era la curiosidad que había reprimido durante años, el impulso de desenterrar lo que sus padres habían dejado atrás.

Dejó el cofre de castaño a medio restaurar y subió las escaleras hasta su habitación.

El cuarto, usualmente un remanso de calma, se sentía cargado con una expectación silenciosa.

La cómoda de roble de sus padres, que había sido una pieza de mobiliario más, ahora parecía un cofre cargado de tesoros esperando ser abierto.

Sus manos, que con tanta delicadeza trataban los objetos de otros, temblaron ligeramente al acercarse.

Abrió el cajón superior, el que contenía las pocas reliquias personales que conservaba.

La fragancia tenue a lavanda y el recuerdo intangible de sus padres la envolvieron, pero esta vez, no la detuvieron.

Sus dedos se deslizaron entre la ropa doblada, las cartas que no se atrevía a leer, las fotografías que la mostraban sonriendo con aquellos dos rostros que apenas recordaba.

Y ahí, justo debajo de una pila de pañuelos de lino, encontró la caja.

Pequeña, discreta, tallada con motivos celtas que casi se fundían con el color de la madera.

Al tomarla, no sintió el eco habitual. Solo un leve hormigueo, una premonición.

Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, Aldara levantó la tapa. El interior estaba forrado con terciopelo ya desgastado. Allí yacía, envuelta en una delicada tela de seda oscurecida por el tiempo, una figa de azabache tallado.

Era una pieza de una belleza extraña, casi imponente, pese a su tamaño.

Un puño cerrado con el pulgar asomando, un gesto ancestral que se sentía a la vez protector y desafiante.

Su superficie, pulida por innumerables manos a lo largo de milenios, absorbía la escasa luz de la habitación, desprendiendo una oscuridad profunda y enigmática.

Aldara no pudo resistirse. Sus dedos se cerraron en torno a ella.

En el instante en que el azabache tocó su piel, una avalancha sensorial la atravesó con una violencia inusitada, una ferocidad que jamás había experimentado.

No fue un eco familiar, tampoco un simple residuo de emoción; fue una onda expansiva de puro impacto, de una magnitud que eclipsó cualquier eco anterior de los objetos del taller.

Una descarga gélida que le heló la sangre en las venas, seguida de un calor abrasador que le subió por la garganta hasta ahogarla.

La habitación pareció girar, los contornos se difuminaron en un torbellino de colores y sombras.

Su mente fue asaltada por imágenes fragmentadas y disonantes, tan nítidas como cristales rotos golpeando contra su cráneo.

Sintió un miedo primario y profundo que no reconoció como suyo, un pánico ancestral que helaba hasta los huesos y que la hizo retroceder instintivamente.

Luego, la traición, una puñalada oscura que le revolvió las entrañas, el amargo sabor de la confianza quebrada por alguien cercano, una herida tan antigua como la piedra misma.

Y, sobre todo, una certeza gélida e inquebrantable.

Una visión, o quizás una sensación pura, de luces deslumbrantes perforando la neblina, un impacto sordo que estremeció la tierra, y por fin...

el silencio. Pero no era el silencio de un accidente fortuito.

Era el silencio opresivo de un acto deliberado.

El eco le gritó la verdad con una claridad abrumadora, una voz sin sonido que resonaba en lo más profundo de su ser y que ahogaba el resto del mundo: la muerte de sus padres no había sido un accidente. Había sido un asesinato.

Aldara se desplomó sobre el suelo, con la figa aún apretada en la mano y el corazón acelerado.

El azabache parecía vibrar contra su piel, una fuente inagotable de ecos perturbadores que la arrastraban a un abismo de verdades.

Estaba desorientada, el mundo real y el de los ecos se habían fusionado en un torbellino caótico.

Su «don», que antes era un susurro solitario, ahora era un grito ensordecedor que le revelaba una verdad brutal, innegable y aterradora, marcando un punto de no retorno.

El golpe sordo del cuerpo de la mujer al caer resonó por la casa.

Casi de inmediato, la puerta de la habitación se abrió de golpe y la abuela apareció en el umbral, su rostro era una máscara de alarma.

Sus ojos, antes llenos de la sabiduría tranquila de la ancianidad, ahora reflejaban una mezcla de miedo y una profunda, dolorosa resignación.

Observó a su nieta en el suelo, pálida, con la pequeña figa de azabache aún aferrada en su mano.

Una exhalación temblorosa escapó de sus labios.

—No. Ahora no…

Se acercó con paso rápido, se arrodilló junto a su nieta y le apartó un mechón de pelo de la frente. Su mirada se posó en el amuleto, y por un instante, la expresión de resignación se intensificó, acompañada de un matiz de culpa.

—¿Qué has hecho, Aldara? —preguntó, aunque su tono no era de reproche, sino de infinita tristeza—. Sabía que este día llegaría, pero… tan pronto.

Aldara, aún aturdida por la oleada de sensaciones, apenas podía articular palabra.

—Mis padres… la niebla… no fue un accidente, abuela. Fue… —No fue capaz de terminar la frase, aquella certeza era demasiado brutal para ser pronunciada en voz alta.

La abuela cerró los ojos por un momento, como si estuviera reviviendo un dolor antiguo. Al abrirlos, su mirada se encontró con la de Aldara, y esta vez no había secretos, solo la verdad desnuda.

—No, miña filla . No fue un accidente. Ellos…

estaban cerca de algo. Algo que este azabache guarda celosamente.

—La abuela tomó suavemente la figa de la mano temblorosa de Aldara, sus propios dedos viejos parecieron resonar con el poder de la pieza—.

Esta figa es antigua, Aldara. Mucho más de lo que crees.

Pertenece a tu linaje. A nuestra sangre.

Y te conecta con la meiga original. Ella fue la primera en sentir estos ecos de una manera que los demás no podían comprender.

La abuela apretó la figa con una fuerza inusual para sus años. Su mirada se volvió distante, como si viera a través de las paredes, a través del tiempo.

—Los secretos que he guardado toda mi vida, para protegerte… el destino ha comenzado su danza, y ya no pueden permanecer ocultos. Tus padres intentaron desenterrar lo que debía permanecer enterrado. Y les costó la vida.

Aldara sintió una oleada de rabia gélida mezclada con un dolor insoportable.

La verdad sobre la muerte de sus padres, confirmada por su abuela, era un golpe que le robó el aliento.

Ya no era una tragedia sin sentido; era un asesinato, un acto deliberado que tenía raíces en una historia oculta, en un misterio que apenas comenzaba a vislumbrar.

Su don, que antes la había hecho sentir una extraña en el mundo, ahora se revelaba como la clave para desentrañar esa verdad peligrosa.

La figa de azabache no era solo un amuleto; era una herencia, un mapa, un juramento.

Y Aldara estaba dispuesta a seguirlo, sin importar el precio a pagar.