Capítulo 2
El aroma a papel envejecido y café recién hecho era el de su santuario: el despacho de Lucas en la planta baja de un edificio clásico del barrio de Salamanca.
Las estanterías, que ocupaban cada pared hasta el techo, no eran meros soportes de libros, sino catedrales de conocimiento donde miles de volúmenes de historia del arte, filosofía y arqueología dormían en ordenada quietud.
En el centro, un imponente escritorio de caoba se rendía bajo el peso de manuscritos, mapas antiguos y las últimas publicaciones sobre simbolismo medieval, su actual obsesión.
Lucas no era un ratón de biblioteca cualquiera; el Doctor Lucas Valdés era una eminencia en su campo, un historiador de arte con una reputación impecable que trascendía las fronteras españolas.
Sus artículos se publicaban en las revistas más prestigiosas, sus conferencias llenaban auditorios y su agudeza lógica era tan afilada como su bien cortado traje.
Para Lucas, el mundo era una cuestión de hechos, de pruebas irrefutables y de la belleza tangible que la humanidad había cincelado a lo largo de los siglos.
Había dedicado su juventud a desentrañar los misterios del pasado, sí, pero siempre a través de la lente de la razón y la evidencia empírica.
Las leyendas, el folclore, lo que la gente solía llamar «lo místico», eran para él meros atavíos culturales, metáforas poéticas, nunca verdades absolutas.
Su escepticismo era su escudo, una armadura pulida por años de rigor académico.
Y luego estaba la otra faceta. Esa sonrisa fácil, ese encanto innato que había cultivado con la misma disciplina que sus estudios.
La fama de «don Juan» que le precedía, un murmullo que acompañaba su nombre en los círculos sociales de Madrid, era algo que no buscaba, pero tampoco rechazaba con demasiada vehemencia.
Era una fachada cómoda, un reflejo que la gente le devolvía y que él, con una ligera inclinación de cabeza, aceptaba.
Le permitía navegar por las aguas superficiales de las relaciones sin sumergirse en profundidades que consideraba, cuanto menos, incómodas.
Pocos sabían que, detrás de esa seguridad aparente, yacía una inquietud que ni sus horas de estudio ni sus conquistas efímeras lograban disipar por completo.
Una inquietud que, en las últimas semanas, había empezado a manifestarse de formas cada vez más perturbadoras.
La primera vez fue un susurro, apenas un eco en la periferia de su conciencia.
Después, llegaron los sueños. No eran pesadillas, sino secuencias de imágenes veladas por la niebla, sonidos ahogados que no lograba recordar al despertar, esa sensación abrumadora de que alguien le llamaba, como una campana lejana resonando en lo más profundo de su ser.
Siempre había desestimado los sueños como residuos aleatorios del subconsciente, pero estos eran diferentes.
Eran persistentes, recurrentes, y dejaban tras de sí una estela de desasosiego que no lograba quitarse de encima.
La llamada se hizo más fuerte una tarde, mientras revisaba una colección de grabados antiguos de su propia familia, cuidadosamente guardados en un viejo baúl en el desván de su piso.
Eran piezas de arte, sí, pero también reliquias de un linaje que, según las habladurías de sus abuelos, arrastraba una extraña «maldición».
Lucas siempre había ignorado esas historias nacidas de supersticiones.
Sin embargo, al tocar un pequeño medallón de plata oxidada, una punzada inconfundible le atravesó la mano.
No fue dolor físico, sino una descarga de energía que le erizó la piel.
Y con ella, la sensación de la llamada se intensificó, se volvió casi audible, un imperativo que le urgía a ir hacia el noroeste, hacia la tierra donde la niebla era una constante.
El medallón vibraba en su palma, como un corazón latiendo.
Era una pieza que había pasado de generación en generación, supuestamente un amuleto contra el infortunio que perseguía a los Valdés.
Él siempre lo había visto como un mero adorno sin valor, pero ahora...
La racionalidad de Lucas luchaba con ferocidad contra esta experiencia.
Su mente buscaba una explicación lógica: ¿electricidad estática?
¿Una simple reacción nerviosa? Pero la persistencia de la sensación y la clara dirección que le indicaba esa «llamada» eran imposibles de ignorar.
Era como si el pasado, del que él era un mero observador académico, de repente hubiera estirado una mano fría para agarrarle.
Decidió justificar el viaje como una investigación para un nuevo libro sobre leyendas y folclore gallego, un desvío «interesante» para su investigación principal sobre arte románico.
Era la coartada perfecta, una forma de apaciguar su mente lógica mientras seguía esa incomprensible urgencia.
Pero sabía que era una mentira. La verdad era que Lucas Valdés, el escéptico empedernido, estaba siendo arrastrado por algo que desafiaba toda su comprensión, una fuerza ancestral que lo llamaba hacia el corazón místico de Galicia.
El viaje fue una sucesión de kilómetros devorados bajo un cielo cada vez más plomizo.
Dejó atrás el asfalto impecable de la M-6, las torres de oficinas que arañaban el cielo madrileño, y la frenética cadencia de la capital.
Cada kilómetro hacia el noroeste le llevaba un paso más lejos de su zona de confort, de ese mundo pulcro y predecible que había construido para sí mismo.
A medida que avanzaba, el paisaje cambiaba, el verde se volvía más intenso, los bosques más densos y la luz, un velo constante de plata.
«Ridículo», pensaba Lucas mientras su coche de alquiler, muy diferente de su elegante berlina habitual, engullía los kilómetros.
«Un hombre de ciencia persiguiendo una sensación, un presentimiento, como una bruja del medievo».
Se burlaba de sí mismo, pero la inquietud no cesaba.
La voz, esa «llamada» inaudible pero insistente, se había transformado en un zumbido constante en el fondo de su mente, una frecuencia baja que su cerebro, a pesar de todos sus mecanismos de defensa racionales, no lograba filtrar.
Cruzó los límites de Galicia y, casi al instante, la niebla hizo su aparición.
No era la bruma ocasional de la mañana madrileña, sino una masa densa, casi palpable, que lamía la carretera y se enroscaba entre los árboles centenarios.
Era una niebla que parecía tener peso, secretos, una personalidad propia.
Lucas, acostumbrado a la claridad de la capital, se sintió de repente incómodo, como si una parte fundamental de su visión del mundo se estuviera difuminando con el paisaje.
«Esto es lo que buscabas, ¿no, Valdés? El folclore en estado puro», se dijo con un deje de cinismo.
Pero no era eso. Era algo más. Algo que resonaba con el medallón de plata que guardaba en el compartimento de la guantera.
Algo que le decía que su viaje no era por un libro, ni por una investigación académica, sino por una verdad mucho más antigua y personal.
No sabía qué le esperaba, pero la sensación de que estaba a punto de cruzar un umbral, de adentrarse en un territorio donde su lógica no serviría de nada, era innegable.
Y, extrañamente, esa mezcla de aprensión y expectación lo mantenía en vilo, más vivo de lo que había estado en mucho tiempo.
Finalmente, el GPS le indicó que había llegado a la aldea.
Un puñado de casas de piedra, cubiertas de musgo, se abrazaban unas a otras como si se protegieran de la perpetua bruma.
La atmósfera era casi irreal, un lienzo monocromático de grises y verdes oscuros.
Estacionó el coche cerca de la pequeña plaza, donde un cruceiro ancestral se alzaba, envuelto en líquenes y leyendas.
Mientras bajaba, sintió el frío húmedo calándole hasta los huesos. Sus ojos escudriñaron las fachadas, buscando algo, cualquier cosa que pudiera explicar la fuerza que lo había arrastrado hasta allí. Y entonces, la vio.
Una figura esbelta, saliendo de lo que parecía un pequeño taller adosado a una casa antigua, con la puerta abierta al interior.
La mujer se movía con una gracia natural, envuelta en lo que parecían ser ropas de trabajo.
No pudo ver su rostro, pero una extraña resonancia le golpeó.
No era la punzada física del medallón, sino una vibración diferente, más profunda, que se asentaba en su pecho.
Fue un reconocimiento instintivo, como si esa silueta, a pesar de ser una completa desconocida, fuera el punto de origen de esa «llamada» que lo había perseguido.
Lucas se detuvo, observándola desde la distancia, oculto tras la densa cortina de niebla.
Había algo en su postura, en la forma en que se movía, incluso en el aura que parecía desprender, que le resultaba inquietantemente familiar, una pieza de un rompecabezas que no sabía que estaba resolviendo.
Era una sensación que iba más allá de la lógica, de la evidencia, de todo lo que Lucas Valdés creía saber sobre el mundo.
Una extraña fascinación comenzaba a echar raíces en su mente escéptica, advirtiéndole que su viaje acababa de empezar.
No sabía quién era ella, pero sentía que su destino estaba ligado a esa presencia anónima en la niebla.