La Niebla Azabache
© inepub.com
Capítulo 1
El olor a trementina y polvo acumulado a lo largo de los siglos era el perfume de Aldara.
Se adhería a su ropa, a su piel, incluso a las hebras rebeldes de su pelo castaño.
Y a ella le encantaba. Era la fragancia del tiempo, el eco olfativo de todas las vidas que habían tocado los objetos que pasaban por sus manos.
Su taller, un anexo de piedra y madera a la vieja casa de la abuela, era un santuario desordenado donde el pasado cobraba una nueva respiración.
Fuera, la niebla gallega lo cubría todo, como un sudario gris que difuminaba los contornos del mundo, pero aquí dentro, bajo la luz tamizada que se filtraba por el ventanal empañado, cada pieza guardaba su propia historia.
Hoy trabajaba en un viejo cofre de madera de castaño, carcomido por la humedad y el olvido.
No era una pieza espectacular, de esas que aparecen en los catálogos de subastas, sino una humilde reliquia familiar de algún vecino.
Con la delicadeza de un cirujano, Aldara retiraba capas de barniz oscuro y suciedad acumulada, revelando vetas de madera que parecían respirar de nuevo.
Sus dedos, finos y acostumbrados a la precisión, sentían cada imperfección, cada relieve.
Pero lo que sus manos percibían era solo una parte de la historia.
Su verdadero trabajo comenzaba cuando se concentraba, cuando dejaba que el «eco de meiga» despertara en ella.
Era una sensación que nacía en la punta de sus dedos y ascendía por sus brazos, un leve cosquilleo que se transformaba en una corriente cálida en el pecho, y finalmente, en una especie de visión interna.
No percibía imágenes claras como en un sueño, sino emociones, fragmentos de recuerdos que la madera había absorbido como una esponja.
Así actuaba su don. No era una voz que le susurrara al oído, ni una imagen perfecta que se proyectara ante sus ojos.
Era una resonancia interna, una vibración que le permitía sintonizar con la energía residual de los objetos y los lugares.
Cuando paseaba por el viejo sendero que conducía al río, sentía el cansancio de los labriegos que lo habían transitado durante siglos, la alegría de los niños que jugaban a la orilla, la pena silenciosa de alguna despedida.
Las piedras de los muros centenarios de la aldea le contaban historias de resistencia y paciencia, de inviernos crudos y veranos breves, de vidas sencillas y profundas.
A veces, el eco era tan fuerte que la abrumaba.
Un día, mientras restauraba un viejo rosario de plata, sintió una oleada de desesperación tan intensa que tuvo que soltarlo.
Era como si el dolor de quien lo había sostenido en sus manos, buscando consuelo, se derramara directamente sobre su alma.
Otras veces, el eco era dulce y reconfortante, como la calidez de un hogar impregnado en una manta de lana antigua.
Este don la hacía ver el mundo de una forma que nadie más parecía comprender.
Para los demás, un viejo cofre era solo madera; para ella, era un testigo mudo de amores y pérdidas.
Una ruina era un montón de piedras; para Aldara, era un coro de voces silenciadas por el tiempo.
Esta percepción profunda, casi dolorosa, la conectaba íntimamente con la historia y con las almas que la habían vivido.
Pero también la aislaba. ¿Cómo explicarle a alguien que sentía la angustia de una novia abandonada en el encaje de su vestido de boda, o la furia de un guerrero en la empuñadura de su espada?
Era una carga, sí, pero también su forma más auténtica de estar en el mundo, confiando en sus instintos por encima de cualquier lógica.
Era su secreto, su bendición y su maldición.
El sonido de unas tazas tintineando la sacó de su trance.
Era el anuncio de la llegada de su abuela.
Dejó el cofre a un lado y salió del taller para encontrarse con ella en la pequeña cocina.
La abuela, con su moño plateado recogido y la profunda mirada de quien ha visto mucho, era el ancla de Aldara a este mundo.
Entendía el «eco de meiga»de una forma que nadie más lo hacía.
Nunca lo llamaba «don» ni «maldición», simplemente «lo que eres».
A veces, una sonrisa enigmática o un brillo en sus ojos sugerían que no solo lo comprendía, sino que lo compartía, o que al menos conocía su origen profundo.
—Ya es hora de tomarse un descanso, niña. Esa madera no va a ir a ninguna parte —dijo la abuela con una voz que sonaba a hojas secas crujiendo bajo los pies, dulce y firme a la vez.
Le tendió una taza de infusión de hierbas silvestres, humeante y reconfortante. El aroma a camomila y menta llenó el aire.
Aldara se sentó frente a ella, observando las arrugas en sus manos, que contaban historias tan elocuentes como los objetos de su taller.
—¿Algún eco hoy, abuela? —preguntó la mujer, aunque era más una afirmación. Sabía que la abuela sentía el pulso del pueblo, no a través de objetos, sino de la tierra misma, de los vientos que traían rumores y verdades hasta su puerta.
La abuela tomó un sorbo de su infusión.
—Los ecos siempre están ahí, Aldara. Solo hay que saber escucharlos. Algunos vienen del pasado, otros... del futuro que se acerca. —Su mirada se perdió un instante en la ventana, en la niebla que seguía abrazando la casa.
Un escalofrío recorrió la espalda de Aldara.
Había algo en la voz de su abuela, un matiz que indicaba que no hablaba solo de las leyendas que contaban al calor de la lumbre, sino de algo más personal, algo que se cernía sobre ellas.
Siempre había sido así: pequeños indicios sutiles, frases a medias, miradas cargadas de un conocimiento antiguo que la abuela guardaba celosamente, como si la verdad fuera una planta delicada que solo podía florecer en el momento preciso.
—Algún día lo entenderás todo, miña filla —añadió la abuela, volviendo su mirada a Aldara con una extraña mezcla de afecto y preocupación—. El pasado nunca está realmente muerto. Solo espera el momento adecuado para susurrar sus verdades.
Después de la infusión, Aldara se sintió un poco más ligera.
Pero la conversación con la abuela había sembrado una semilla, una inquietud latente sobre esos «ecos del futuro».
Subió a su habitación, un espacio pequeño pero acogedor, donde la luz de la tarde apenas se abría paso entre la niebla.
Sus ojos se posaron en la vieja comoda de roble que había pertenecido a sus padres.
Un mueble al que se había acostumbrado a esquivar con la mirada, como si el polvo acumulado sobre la madera pulida fuera la única barrera entre ella y los recuerdos.
Se acercó al mueble, y sus dedos rozaron la madera pulida.
No hubo un eco inmediato, no como con los procedentes de los objetos de su taller.
Aquí, el eco era diferente: la ausencia.
Un vacío, una historia inconclusa. Abrió uno de los cajones superiores, donde sabía que la abuela guardaba algunas de las pocas pertenencias personales de sus padres.
Ropa doblada con esmero, alguna fotografía descolorida, cartas que Aldara nunca se había atrevido a leer por completo.
Aspiró el débil aroma que aún desprendían las telas, una mezcla tenue de lavanda y algo indescriptible que solo pertenecía a los recuerdos de sus padres.
Sus ojos se detuvieron en una pequeña caja de madera oscura, tallada con runas y signos extraños.
Le extrañó no haberla visto antes, o quizás nunca le había prestado atención.
Era discreta, se fundía con el forro de terciopelo del cajón.
Una punzada de curiosidad recorrió a la joven.
¿Qué había en esa caja que su abuela había mantenido tan bien guardado?
La niebla exterior parecía espesarse, envolviendo la casa en un silencio casi reverente.
Era como si el aire mismo contuviera el aliento, a la espera de lo que Aldara estaba a punto de descubrir, o al menos, de lo que su curiosidad la llevaría a buscar.
Aún no, sintió que no era el momento cuando su mano tembló al tratar de cogerla.
La caja se quedaría en su sitio por ahora, pero la semilla de la duda ya estaba plantada.