Capítulo 20 El final #2
El cuerpo se encontraba completamente cubierto por una sábana blanca.
Sin embargo, lo primero que llamó la atención de Elena —lo que le provocó un vuelco helado en el estómago— fue la silueta que se dibujaba bajo la tela.
La forma que ocultaba esa sábana no se correspondía en absoluto con el volumen de un hombre adulto; el cuerpo bajo el tejido parecía inquietantemente más pequeño, desgastado, como si la propia vida y la descomposición lo hubieran encogido.
Mark agarró a Elena del hombro con firmeza, ofreciéndole un punto de apoyo en medio del dolor. El forense aún no había destapado la camilla; mantenía sus manos sobre el borde de la tela, esperando la confirmación definitiva.
Mark se inclinó levemente hacia ella y le susurró al oído con voz helada:
—¿Segura?
Elena apretó los puños, tragó saliva y respondió sin vacilar:
—Sí, lo quiero ver.
Mark volvió a mirar al forense y le hizo un breve gesto de afirmación con la cabeza. El hombre asintió y, de un solo movimiento contenido, retiró la sábana por completo.
La imagen era totalmente aterradora. Bajo esa sábana se encontraba un cuerpo momificado que parecía haberse consumido hasta la mínima expresión, encogido sobre sí mismo.
Aquellos restos no representaban ni la mitad de lo que un día fue su marido; si Joshua solía pesar unos ochenta kilos, la figura que yacía sobre la mesa de acero no debía de superar los cuarenta.
Sin embargo, a pesar de la extrema deshidratación de los tejidos, las facciones y los rasgos de la estructura facial correspondían, sin lugar a dudas, a los de Joshua.
Pero lo que más llamó la atención —lo que heló la sangre de todos en la sala— fue su ropa. El cadáver vestía un traje de Santa Claus rasgado, descolorido y profundamente deteriorado por el paso del tiempo y la descomposición.
—Dios mío... —alcanzó a articular Elena en un murmullo roto.
—¿Es él? —le preguntó Mario con voz baja y cautelosa.
—Sí... es él —respondió ella, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¿Qué le ha pasado? Dios mío, ¿qué le ha pasado? —repetía Elena, al borde del colapso.
Mario le entregó la factura impresa del recibo del centro comercial, el mismo documento del informe que le venía detallando mientras bajaban por el ascensor.
—Como le decía, cuando la policía hizo el volcado de información de su teléfono y revisó el correo electrónico tras su desaparición, pasamos por alto un recibo.
Al ver la lista, los agentes no le dieron mayor importancia porque carecía de detalles concretos y coincidía con todo lo que encontramos en posteriores inspecciones, tanto en el jardín como en las cajas que aún estaban dentro del maletero del coche: gnomos, Santa Claus , trineos, alces, luces, tiras de adornos... todo cosas para la decoración navideña.
Mario señaló una línea específica del documento con el dedo.
—Sin embargo, en uno de los conceptos figuraba la descripción 'Santa Claus XL'. En su momento, los investigadores asumieron que se trataba de otra figura grande. Pero no era una figura. Se refería a un disfraz completo de Papá Noel de la talla XL.
Sin poder sostenerse más en pie, Elena se dio la vuelta y se hundió contra el pecho de Mark, abrazándolo con fuerza.
A pesar de todas las dudas y la distancia que los había separado en la investigación, en ese instante de absoluto shock solo necesitaba un punto firme al que agarrarse porque las fuerzas le fallaban por completo.
Mark la acogió sosteniéndola mientras el llanto la sacudía.
Mario guardó un respetuoso segundo de silencio antes de relatarle los hechos:
—Los nuevos propietarios de la casa, tras comprarla y ver lo descuidada que había quedado durante estos tres años, decidieron hacer algunas pequeñas reformas y arreglar el jardín.
Querían encender la chimenea, pero al comprobar que el tiro estaba totalmente bloqueado, llamaron a un deshollinador.
El técnico subió pensando que se encontraría con algún ave muerta o suciedad acumulada...
y fue entonces cuando descubrieron a Joshua atrapado en el interior de la chimenea.
Mark tomó aire, mirando a Elena con una mezcla de pena y profesionalidad, e intervino para poner orden a la trágica escena:
—Elena, todo indica que esa Nochebuena Joshua solo quería hacerles una sorpresa inolvidable a ti y a los niños —le explicó Mark con voz pausada—.
Aquello de salir a ver "qué era ese ruido" fue una simple excusa para ausentarse de la casa.
Se dirigió al garaje, se vistió con el disfraz de Santa Claus que debía de guardar en el maletero del coche desde ese mismo día —cuando llegó cargado con más adornos para decorar— y cerró la puerta del garaje al salir.
Después, subió por la escalera metálica al tejado y se introdujo en la chimenea para intentar entrar en la casa bajando por ella, imitando a Santa claus.
—Era el traje... —murmuró Elena, con las lágrimas asomando por fin en sus ojos—. Era la sorpresa que nos tenía guardada para la noche.
—Así es —asintió Mark con pesar—. Tenía la compra hecha desde el mediodía y la guardó en el coche para que ni usted ni los niños la descubrieran antes de tiempo. Todo encaja, Elena. Todo ha estado siempre ahí.
—Joder, joder... —repetía Elena una y otra vez, con la voz rota y los hombros sacudidos por el llanto.
—¿Cómo es posible que esté así? —preguntó Elena, rompiendo el espeso silencio de la sala. Su voz sonaba fina, quebradiza, casi aérea, mientras fijaba la vista en el rostro enjuto y acartonado que yacía sobre la mesa metálica—. ¿Cómo es posible que este en este estado?
Mark hizo un gesto rápido y firme con la cabeza, y el forense volvió a cubrir el cuerpo inmediatamente con la sábana.
El forense mantuvo una postura serena y profesional al otro lado de la camilla.
—Entiendo su incredulidad, Elena, pero la evidencia médica y física es indiscutible.
Explico el forense: La causa exacta de la muerte fue una asfixia posicional por compresión torácica.
Al intentar deslizarse por el conducto, la estrechez del embudo le aprisionó el pecho; al no poder expandir la caja torácica, perdió el conocimiento en cuestión de un par de minutos.
Esa misma compresión le impidió tomar el aire necesario para gritar, y el grosor del ladrillo amortiguó cualquier sonido. Por eso nadie escuchó nada.
El médico hizo una breve pausa y señaló con un gesto comedido la sábana antes de continuar:
—Respecto al estado del cuerpo, la chimenea funcionó como un deshidratador natural.
El 'efecto tiro' genera un flujo constante de aire ascendente que extrajo la humedad de los tejidos rápidamente, provocando una momificación en pocos meses en lugar de una descomposición húmeda.
Además, esa misma corriente ascendente absorbió todos los gases y los expulsó directamente por el tejado a la atmósfera exterior, motivo por el cual jamás hubo olores dentro de la casa.
—En términos médicos, el cuerpo no se descompuso; se disecó. Se produjo una momificación natural por flujo de aire y deshidratación acelerada.
—No es un suceso tan Improbable. En medicina legal tenemos estos accidentes documentados.
En 2015, en Oregón, se hallaron en una chimenea los restos momificados de un hombre desaparecido desde 1988 que no fue descubierto hasta una inspección del conducto, y existen registros idénticos en Georgia. Todas las pruebas encajan, Elena.
Elena cerró los ojos un instante. Las piezas encajaban con una precisión aterradora: el frío de aquel enero , las corrientes de aire que a veces escuchaba en el salón y ese tiro de chimenea que jamás llegaron a encender.
—Estuvo ahí todo el tiempo... —susurró ella, con la voz quebrada.
—Todo el tiempo —confirmó Mark con amargura—. A escasos metros de nosotros, congelado en esa misma Nochebuena.
Elena apretó los puños, buscando una última respuesta que le ayudara a encajar las piezas en su cabeza.
—Pero... ¿y en los primeros minutos? —preguntó con la voz temblorosa—. ¿No pude oír absolutamente nada desde el salón? ¿Ni un solo grito, un golpe... algo?
El forense echó un vistazo a la carpeta sobre la mesa y repasó los informes policiales.