La Navidad que se detuvo Capítulo 20 El final
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Capítulo 20 El final

Elena se encontraba ordenando su pequeño apartamento.

En ese momento estaba sola; sus dos hijos se hallaban en el colegio: Sara, que ya tenía siete años, y el pequeño Álex, que acababa de cumplir cuatro —justo la misma edad que tenía Sara cuando su padre desapareció—.

La vida de Elena había cambiado drásticamente y su aspecto también lo reflejaba: su antigua melena rubia había dado paso a un corte de pelo teñido de negro que apenas le llegaba a la nuca.

De pronto, la pantalla de su móvil se iluminó con una llamada entrante desde un número desconocido.

Elena descolgó con una punzada de prudencia.

Durante esos tres años, la prensa la había telefoneado en repetidas ocasiones intentando sacarle alguna declaración morbosa.

Aunque con el paso del tiempo la atención mediática sobre el caso había menguado, su rutina habitual era preguntar quién llamaba y colgar de inmediato si detectaba que se trataba de un periodista.

Pero esta vez no era la prensa.

—¿Buenas? ¿Elena Miller? —dijo una voz masculina al otro lado de la línea.

—Sí, soy yo. Hola —respondió ella con cautela, apretando el teléfono contra su oreja.

—Mira, quizás no se acuerde de mí. Soy el agente Mario Sandoval. Actualmente estoy al cargo de su caso.

Elena hizo memoria rápidamente. Recordaba a Mario de sus agotadoras visitas a la comisaría, cuando tan solo era un agente más en el equipo de investigación.

—¿Y Mark? —preguntó ella, frunciendo el ceño.

—Mark se jubiló hace ya un año —le explicó Mario—. Ahora yo ocupo su cargo y estoy llevando su expediente, además de otros casos nuevos.

—Bueno... me alegro —dijo Elena, intentando mantener la compostura—. Ojalá sea usted capaz de hacerlo avanzar, porque la verdad es que lleva parado muchísimo tiempo.

—Sí, lo sé —respondió Mario. Hizo una breve pausa y continuó con un matiz de gravedad en la voz que le cortó la respiración a Elena—: Pero no la llamaba para informarle de mi ascenso. La llamo para decirle que su marido ha aparecido.

Elena se quedó completamente blanca. Un escalofrío helado le recorrió la espalda y las piernas le empezaron a temblar con tanta fuerza que sintió que las rodillas le fallaban. Tuvo que dejarse caer sobre la silla más cercana para no irse directamente al suelo.

—Lamento confirmarle que su marido está muerto —continuó Mario al percibir el silencio sepulcral al otro lado del teléfono—. Necesitaría que se pasara por la comisaría para proceder a la identificación del cuerpo.

El impacto de la noticia la dejó en un shock absoluto. El aire se le atascó en la garganta.

—¿Cuándo... cuándo queréis que vaya? —logró articular apenas con el débil hilo de voz que le quedaba.

—Si puede ser ahora mismo, mucho mejor.

Como no entraba a trabajar en el restaurante hasta el turno de noche, Elena tenía casi todo el día por delante. Tragó saliva, intentó recomponerse en la silla y respondió:

—Voy hacia allí.Salió del apartamento y se dirigió a la comisaría lo más rápido que le permitieron las piernas.

Cruzar las puertas de aquel edificio le reactivó de golpe todo el trauma sufrido dos años atrás.

Se acercó al mostrador de recepción y preguntó por Mario Sandoval.

El agente de guardia le indicó que se tomara un momento, que el detective no tardaría en bajar a buscarla.

Poco después, Mario apareció en el vestíbulo. Le estrechó la mano con firmeza y le agradeció sinceramente que hubiera acudido tan rápido.

—¿Qué le ha pasado a mi marido? —le espetó Elena sin rodeos, mirándolo fijamente.

Mario no respondió a la pregunta. En lugar de eso, la miró con preocupación y le advirtió con voz baja:

—Elena... el cuerpo se encuentra bastante irreconocible —le advirtió, mirándola fijamente a los ojos—.. Solo quiero que se prepare para lo que va a ver ahí.

A Elena se le fue el color del rostro por completo.

El suelo parecía tambalearse bajo sus pies y la cabeza le daba vueltas como si estuviera atrapada en una pesadilla.

En el fondo de su corazón, durante todo este tiempo, siempre había conservado una pequeña e infantil esperanza: la idea de que Joshua se hubiera marchado para empezar una nueva vida en otro país y que estuviera bien.

Era una fantasía que se repetía para reconfortarse en sus noches más oscuras.

Pero la cruda realidad estaba a punto de golpearla en la morgue.

Las palabras de Mario resonaban en sus oídos como ecos distantes y distorsionados.

Ni siquiera se le pasó por la mente pensar que, con el hallazgo del cadáver, por fin se desbloquearía el seguro de vida de los 300.

000 dólares. Su mente solo podía procesar una idea: Joshua estaba muerto, habían encontrado su cuerpo, y ella no tenía la menor idea de dónde lo habían hallado ni por qué se encontraba en semejante estado.

Mario la guió hacia las puertas del ascensor y ambos bajaron hasta la planta baja.

Cuando bajaban por el ascensor, Mario le extendió un informe.

Elena lo miró con el ceño fruncido, sujetando el papel con manos temblorosas.

—¿Qué es esto? —preguntó con hilo de voz.

—Cuando la policía hizo el volcado de información del teléfono de Joshua, y revisó su correo electrónico tras su desaparición, descubrimos una factura digital de la compra que él hizo en el centro comercial ese mismo 24 de diciembre al mediodía —explicó Mario—.

Usted declaró que su marido se había retrasado al volver del trabajo porque, según él, estaba haciendo unas compras navideñas.

Al ver la lista, los agentes no le dieron mayor importancia porque el contenido carecía de interés: solo nos fijamos en que eran adornos de Navidad para el jardín.

Lo importante en ese momento era que la fecha y la hora del ticket coincidieran con el tramo horario en el que usted nos dijo que él estaba haciendo las compras, y que el GPS de su móvil lo situara exactamente en ese centro comercial.

Teníamos la vista puesta en averiguar si podía tener alguna amante o una vida paralela, así que pasamos por alto el contenido detallado de la compra pensando que carecía de trascendencia...

Hasta ahora. Usted nos dijo que había ido a comprar adornos de Navidad y, según el recibo, se podía ver que así era, pero le repito que en lo que más nos fijamos fue en la hora del ticket, y todo concordaba.

Elena miró el informe completamente desconcertada y suspiró.

—Bueno... ¿y? —preguntó, alzando la vista hacia él.

Mario guardó silencio un segundo mientras las puertas del ascensor se abrían con un suave pitido.

—Se lo explicaré en un momento —le respondió con tono sereno pero firme, indicando con un gesto con la mano que avanzara por el pasillo.

Al llegar al sótano de la comisaría, donde entre el laberinto de pasillos y habitaciones se encontraba la morgue, Elena entró acompañada por el agente Mario. La temperatura del pasillo descendió bruscamente al cruzar el umbral. Allí dentro la esperaban dos hombres: Mark y el forense.

Mario dio un paso al frente para romper el tenso silencio.

—Elena, le presento al doctor Arthur Pendelton, el médico forense a cargo de la autopsia.

El doctor Pendelton, un hombre de sienes plateadas y mirada serena, le hizo un sobrio gesto de cabeza con respeto. Mario continuó de inmediato señalando al segundo hombre:

—Y bueno... a Mark ya le conoce.

Mark dió un paso hacia ella, dejando ver el cansancio y la gravedad en su rostro.

—Hola, Elena —dijo con voz pausada.

—Hola, Mark —respondió ella por pura cortesía, intentando sostenerle la mirada en aquel entorno tan frío—. ¿Qué tal?

—Bueno... ahí vamos —contestó Mark con una leve mueca de resignación—. Llevo ya un tiempo jubilado, pero como este fue mi último caso antes de retirarme, quería estar aquí hoy con usted para poder cerrarlo juntos de una vez por todas.

—¿Tú... tú ya le has visto? —preguntó Elena con un hilo de voz tembloroso, apretando las manos con fuerza.

Mark asintió con la cabeza, manteniendo una expresión llena de compasión.

—Sí, Elena, ya lo he visto —contestó con suavidad—.

Pero escúchame bien. No es totalmente necesario que le evas en este estado .

Con las fotografías que tenemos y el trabajo que ha realizado el forense, estamos prácticamente seguros de que se trata de él.

Además, por el lugar exacto donde lo hemos encontrado, no cabe casi ninguna duda.

Es más, si es necesario, podemos llamar a los padres de Joshua para que hagan ellos la identificación formal.

Mark hizo una breve pausa y dio un paso hacia ella, bajando el tono de voz para hablarle con absoluta honestidad.

—Usted ya ha pasado por bastante durante todo este tiempo.

Si quiere, aunque legalmente sea usted la primera persona que debería verlo, como un favor personal puedo ahorrarle este trago...

especialmente después de cómo terminaron las cosas entre nosotros en la investigación.

No tiene por qué someterse a esto si no se siente con fuerzas.

Elena negó con la cabeza sin vacilar un solo segundo. Su respuesta salió rápida, firme, brotando desde lo más profundo de su dolor.

—No, Mark. Lo tengo que ver —dijo, mirándolo fijamente—. Lo tengo que ver por última vez. No entiendo nada de lo que está pasando... ¿Dónde lo habéis encontrado?

Mark suspiró despacio y cruzó una mirada apesadumbrada con el forense antes de responder.

—Es mejor que lo veas por tus propios ojos, Elena.

El doctor Pendelton se giró hacia la pared metálica y, agarrando la manilla de una de las puertas del armario empotrado, tiró con suavidad. La camilla se deslizó hacia fuera con un metálico y frío susurro, dejando al descubierto un gran bulto cubierto por entero por una sábana blanca.