La Navidad que se detuvo Capítulo 19 Números rojos #2
91%

Capítulo 19 Números rojos #2

Se les quedaron mirando fijamente, impactados al ver el aspecto de Elena: parecía una persona completamente distinta, visiblemente castigada por el sufrimiento, como si el dolor de aquel último año le hubiera echado encima una década de golpe.

Sin embargo, la sombra de la duda había calado tanto en el vecindario que la gente evadía cualquier contacto con ella.

Margaret y Tom solo les miraron de reojo, con una frialdad distante, y continuaron su camino hacia el porche para entrar en su vivienda sin acercarse, sin decir una sola palabra y sin dedicarles el más mínimo saludo.

Y es que en la urbanización, el morbo y la curiosidad se habían adueñado del lugar desde hacía tiempo.

Durante los registros, los vecinos se asomaban a sus ventanas o disimulaban paseos por la calle solo para observar a los agentes entrar y salir de la propiedad cargando picos, palas y sacos llenos de tierra extraída del sótano.

Aquel desfile policial había disparado las especulaciones y alimentado hipótesis para todos los gustos.

La teoría más extendida entre los más malintencionados era que Elena lo había asesinado y que, al no aparecer en el sótano, la víctima yacía bajo la tierra del jardín delantero o trasero, siendo solo cuestión de tiempo que una empresa viniera a levantar todo el césped.

Todo aquello no eran más que rumores disparatados; habría resultado del todo inverosímil que ella misma, a golpe de pico y pala, se hubiera puesto a cavar una fosa en mitad de la noche a plena vista de un vecindario repleto de ventanas a su alrededor.

Pero la gente, con tal de alimentar el chisme, hablaba por hablar.

Otros, los más escépticos, sostenían simplemente que la policía solo estaba esperando a que ella cometiera un solo fallo para meterla entre rejas.

El tiempo continuó su marcha inexorable y aquellas sombrías Navidades quedaron atrás. ... Hasta cumplirse año y medio de la noche en que Joshua se esfumó. Para entonces, la mayor parte de la gente, cansada de especular, lo daba definitivamente por muerto.

Con una tenacidad silenciosa, Elena consiguió reconstruir los pedazos de su día a día.

Encontró trabajo como camarera en un restaurante; el sueldo era prácticamente idéntico al que percibía en la cafetería, pero el ambiente laboral distaba mucho del calor que un día sintió allí.

A menudo añoraba su antiguo empleo con una punzada de nostalgia, aunque no tenía margen para lamentarse: debía sacar adelante a sus hijos costase lo que costase.

Con lo justo, logró alquilar un pequeño apartamento en los suburbios de Nueva York, donde las rentas eran considerablemente más accesibles.

No era un barrio especialmente seguro ni apacible, pero constituía la única opción real que su salario le permitía pagar.

Por supuesto, ni se le pasaba por la cabeza volver a salir con nadie o rehacer su vida amorosa; el luto y el trauma aún pesaban demasiado en su interior.

Lo más irónico de toda esta situación era el destino que había corrido su antigua vivienda.

La sombra de la sospecha y la macabra leyenda de que en su interior se había cometido un crimen terminaron por envenenar la propiedad.

Cuando Joshua y ella la compraron, la casa estaba valorada en casi 650.

000 dólares. Al salir a subasta tras el embargo, la inmobiliaria intentó ofertarla inicialmente cerca de esa cifra, pero ante la falta total de interés, el precio comenzó a desplomarse en picado: bajó rápidamente a los 500.

000 y, actualmente, se anunciaba por tan solo 380. 000 dólares.

Una auténtica ganga para las dimensiones de la casa y el nivel de la urbanización de lujo en la que se ubicaba.

Sin embargo, la macabra reputación del inmueble hacía que los potenciales compradores salieran huyendo.

La perspectiva de adquirir una casa ligada a un posible asesinato sin cadáver y aún envuelto en el misterio ahuyentaba a cualquiera.

En cuanto los interesados preguntaban por la razón de semejante rebaja y el agente inmobiliario les resumía brevemente la historia, los clientes directamente rehusaban cruzar el umbral y cancelaban la visita.

A toda la desgracia de Elena se sumaba una amarga ironía: el seguro de vida de 300.000 dólares que tenía Joshua.

Debido a su trabajo como arquitecto, Joshua solía supervisar obras a gran altura, subir a andamios y moverse por estructuras en construcción con un riesgo constante. Por eso, precavido, decidió suscribir una póliza alta cuyos beneficiarios eran Elena y sus hijos.

Aquel dinero habría bastado para saldar las deudas y asegurar el futuro de los niños. Sin embargo, para la aseguradora, ese cheque no existía.

La razón era tan simple como cruel: las compañías de seguros no pagan si no hay un fallecimiento confirmado.

Para desembolsar la indemnización, la empresa exigía un certificado oficial de defunción.

Como el cuerpo de Joshua no había aparecido, para la ley no estaba muerto; figuraba únicamente como "desaparecido".

Y en el Estado de Nueva York, para que un juez firme la declaración de fallecimiento de alguien en paradero desconocido, deben transcurrir de tres a cinco años.

Por mucho que Elena y su abogado intentaron reclamarlo, la aseguradora se mantuvo inflexible: sin cadáver o sin que pasara el plazo legal, no soltarían un solo dólar.

Lo peor de todo fue que la existencia de ese seguro terminó por volverse en su contra.

La opinión pública y los cotilleos del barrio, ignorantes de las trabas burocráticas, alimentaron la teoría de que Elena lo había matado por codicia para cobrar los 300.

000 dólares. La realidad, en cambio, no podía ser más amarga: Elena no tenía acceso al dinero para alimentar a sus hijos, pero media ciudad la señalaba como a una viuda calculadora.