Capítulo 19 Números rojos
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas, con la pesadez de una condena silenciosa, en meses.
Ni el detective Mark ni su compañero Robert se pusieron de nuevo en contacto con Elena, con su padre o con Cris, el abogado al que habían puesto al corriente de cada detalle del caso.
La comisaría parecía haber sumido la desaparición de Joshua en un olvido administrativo, dejando a la familia en un limbo doloroso y sin respuestas.
Tres meses después, la primera llamada de importancia que recibió Elena no provenía de la policía ni de la fiscalía. Era del banco.
Desesperada por no perder el inmueble, Elena buscó una última salida: poner la casa en alquiler para que las rentas cubrieran la cuota del banco.
Sin embargo, volvió a chocar de lleno contra el muro burocrático.
Al figurar Joshua como desaparecido, le resultaba legalmente imposible arrendar la vivienda por su cuenta.
Bajo las leyes del Estado de Nueva York, al estar la propiedad a nombre de ambos bajo un régimen de titularidad conjunta, cualquier contrato de alquiler exigía de forma estricta la firma y el consentimiento de todos los propietarios.
Ninguna agencia inmobiliaria ni un abogado con un mínimo de rigor redactaría jamás un contrato avalado únicamente por Elena, sabiendo que existía otro titular con derechos sobre la propiedad.
La única vía legal que le quedaba para gestionar la casa sin la firma de Joshua era solicitar a un juez la tutela de administración de bienes de un desaparecido, la figura conocida como Conservatorship.
Pero la idea fue rechazada de pleno por sus suegros, que se negaron rotundamente a dar su brazo a torcer, aferrándose al control y entorpeciendo cualquier trámite.
Además, iniciar aquel proceso judicial exigía el desembolso de unos honorarios de abogados y tasas que ni Elena ni sus padres podían permitirse pagar.
Al echar cuentas y comprender que la prestación del Estado apenas le alcanzaba para malvivir ella sola en casa de sus padres, Elena se vio obligada a asumir la verdad más amarga: la casa de la hipoteca estaba perdida para siempre y cualquier rastro de su vida anterior había quedado completamente destruido.
Seis meses después, la amenaza se consumó. Tras medio año de impagos continuados, el banco ejecutó formalmente la hipoteca. Elena perdió definitivamente la vivienda, y la propiedad salió a subasta pública para liquidar la deuda pendiente, cerrando de un plumazo el que un día fue su hogar.
Había pasado un año entero. Las Navidades volvían a asomarse al calendario, pero la vida de Elena se había transformado de manera radical e irreversible.
Había perdido a su marido. Aunque para la burocracia estatal Joshua continuara figurando como un mero desaparecido, dentro de ella hacía tiempo que estaba muerto.
Había perdido también la casa; esa vivienda en las afueras a la que jamás quiso mudarse desde el principio.
Elena se lamentaba una y otra vez en silencio, convencida de que si hubieran continuado viviendo en el corazón de la ciudad, nada de aquella pesadilla habría sucedido.
Pero el destino es así: caprichoso e implacable.
Se encontraba de pie a las afueras de su antigua propiedad, acompañada por su padre, John.
La hierba, que no había sido cortada en meses, crecía desbocada por todo el jardín, sepultando bajo su manto verde la decoración navideña que nadie había tenido el corazón ni la fuerza de retirar.
Al tratarse de un barrio residencial tranquilo y apacible, ningún vecino ni transeúnte había tocado nada; ni un solo gnomo de jardín faltaba en la propiedad.
Sin embargo, el paso del tiempo y los azotes del clima habían hecho su trabajo: todas las figuras yacían ahora tumbadas, ladeadas sobre la tierra y medio ocultas entre la maleza.
En la fachada, las tiras de luces que una vez prometían una noche festiva colgaban desprendidas, oscilando tristemente con el viento.
La escena completa transmitía una atmósfera profundamente lúgubre, el reflejo exacto de una vida que se había quedado congelada en el tiempo.
Aquel era el último día que Elena tenía para ir a recoger sus pertenencias.
Lo único que faltaba dentro de la casa era el coche de Joshua.
El aviso no les había llegado por vías oficiales directas, sino a través de su propio abogado, Cris.
Tiempo atrás, John, Elena y su madre habían acordado firmemente que cualquier novedad o gestión relacionada con el caso debía pasar primero por el filtro de su letrado para evitar presiones o enfrentamientos innecesarios.
Fue el detective Mark quien se puso en contacto con Cris para comunicarle que la familia de Joshua había solicitado retirar el vehículo del garaje.
Al estar registrado a nombre de su hijo, el padre había hecho valer sus derechos legales para llevárselo.
Elena no sabía con certeza qué pretendían hacer con él —si entregarlo a la policía para alguna inspección, venderlo o simplemente conservarlo—, pero la verdad es que le daba exactamente igual.
Para ella, era solo un objeto más dentro de una casa repleta de sombras.
Lo que Elena sí sabía con certeza era que, durante todo ese tiempo, sus suegros se habían reunido en más de una ocasión con Mark y con Robert buscando desesperadamente algún dato que arrojara luz sobre la desaparición.
Por eso no le parecía nada descabellado que le hubieran entregado el coche a la policía para analizarlo como prueba.
Incluso les habían facilitado el juego de llaves de la casa que tenía Joshua, para que los investigadores pudieran entrar a la vivienda siempre que lo necesitasen.
De hecho, a través de su abogado le llegó el rumor —sin que nadie se lo confirmara del todo— de que Robert, el compañero de Mark, se había dejado caer por la propiedad en al menos una ocasión para hacer un registro por su cuenta, centrándose especialmente en el sótano.
Cruzar el umbral de la casa requería avanzar con linternas en mano, pues las empresas de suministros ya les habían cortado tanto la luz como el agua.
Sin electricidad y con todas las persianas bajadas y las cortinas echadas, el interior se sumía en una penumbra tan densa y opresiva que recordaba a la ambientación de una película de terror.
Realmente daba un profundo respeto poner un pie dentro de aquella vivienda.
Costaba creer que, tan solo un año atrás, aquella casa fuera un hogar desbordante de vida.
Acompañada por su padre, John, Elena cruzó el umbral de la casa con una linterna en la mano.
En cuanto pisaron el recibidor, lo primero que hizo Elena fue dirigirse a las escaleras para bajar directamente al sótano, el lugar exacto donde su abogado le había advertido que la policía había estado investigando.
Al enfocar el haz de luz hacia el suelo, se encontró con una realidad indiscutible: allí no solo se habían limitado a mirar.
La visión de los adoquines relucientes y visiblemente nuevos le sacó un suspiro de amarga resignación.
Quedaba claro que no habían hecho una inspección superficial; habían picado el firme entero buscando algo debajo y lo habían vuelto a cubrir para tapar el destrozo.
En lo más profundo de su mente, Elena era consciente de que, para la policía, ella continuaba siendo la sospechosa número uno.
A ese peso se le sumaba la ruptura definitiva con la familia de su marido.
Dolida por los constantes desprecios y, sobre todo, por la negativa rotunda de sus suegros a facilitarle la tutela legal para intentar salvar la casa, Elena había decidido cortar la relación de raíz.
La comunicación entre ellos era ya completamente inexistente.
Mientras Elena y su padre, John, terminaban de recoger en la primera planta la ropa de ella y de los niños —evitando tocar una sola pertenencia de Joshua—, descendieron a la planta baja, donde se distribuían la cocina, el salón, el baño, la despensa y el acceso al garaje.
John la aguardaba junto a la puerta principal listo para salir, pero Elena sintió la necesidad de recorrer un poco esa planta baja para despedirse del que siempre había sido el núcleo principal de la casa, el espacio donde más tiempo pasaba entre la cocina y el salón.
Se desvió unos pasos para echar un último vistazo al salón, el lugar donde vio con vida a su marido por última vez.
Dirigió el haz de luz de la linterna hacia el sillón y, de pronto, la figura de Joshua apareció allí, mirándola fijamente.
No tenía ojos; en su lugar solo quedaban dos cuencas completamente vacías, y la piel de su rostro lucía podrida, demacrada y en proceso de descomposición.
Fue un instante fugaz, un destello de apenas un segundo en el que creyó contemplar un fantasma.
Al parpadear y enfocar de nuevo la luz, el asiento estaba vacío.
Un temblor helado le caló hondo hasta los huesos. Elena ahogó un grito y retrocedió precipitadamente hacia la salida. Al oírla, su padre acudió de inmediato a su lado.
—¿Qué pasa? ¿Qué has visto? —preguntó John, alarmado.
—Nada... No es nada. Vámonos de aquí, por favor —alcanzó a responder ella, deseando dejar atrás aquella pesadilla cuanto antes.
Salieron a la calle y cerró la puerta tras de sí. Ese capítulo de su vida quedaba clausurado para siempre.
Mientras terminaban de cargar en el maletero del coche de John las últimas maletas —repletas con la ropa de Elena y de los niños—, dos figuras aparecieron al final de la calle.
Era el matrimonio formado por Margaret y Tom, que regresaban de dar un tranquilo paseo por la urbanización; los mismos que tanto la habían arropado durante las angustiosas primeras horas tras la desaparición.