La Navidad que se detuvo Capítulo 18 El peso de las sospechas
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Capítulo 18 El peso de las sospechas

Elena permanecía bajo el voladizo de la entrada exterior de la comisaría, resguardándose bajo el techo mientras en la calle el aire fresco de la tarde apenas lograba templarle la sangre. Llevaba el teléfono pegado a la oreja y hablaba con voz atropellada, incapaz de contener el temblor de la rabia.

—Papá, no te lo vas a creer —soltó Elena nada más escuchar la voz de su padre al otro lado.

—¿Qué pasa, hija? ¿Qué ha sucedido?

—No querían hablar conmigo para que les diese más datos ni para avanzar... ¡Me estaban acusando directamente de que yo lo he asesinado!

—¿Qué me dices? —exclamó su padre, estupefacto—. No me lo puedo creer...

—Sí... Y además también tenían allí a Norman. Papá, ese hombre estaba obsesionado conmigo.

—¿Qué? ¡Cielos santos!

En ese preciso instante, la puerta acristalada de la comisaría volvió a deslizarse.

Norman, a quien habían puesto en libertad apenas un minuto después que a ella, avanzó hacia el exterior con paso vacilante.

Se detuvo a escasos metros. Tenía los ojos rojos, hinchados, y en sus mejillas aún se apreciaba el rastro fresco de las lágrimas que había derramado en la sala de interrogatorios.

—Elena... —susurró Norman con un hilo de voz, buscando desesperadamente una mirada de consuelo.

Ella se giró de golpe y lo fulminó con una mueca de puro desprecio y rabia.

—No quiero saber nada más de ti en mi vida —le espetó, clavándole cada palabra como un puñal.

Aquellas palabras terminaron de destrozar a Norman por completo. Incapaz de articular respuesta ni de sostenerle la mirada, bajó la cabeza, encogió los hombros y empezó a descender los escalones de la comisaría con la mirada perdida en el suelo, arrastrando los pies como un alma en pena.

—Elena, ¿qué sucede? ¿Con quién hablas? —preguntó su padre al otro lado de la línea, alarmado por el tono de su hija.

—Norman —respondió ella, apretando los dientes mientras veía al hombre alejarse por la acera—. También estaba saliendo de comisaría y seguro que me estaba acusando de haber asesinado a mi marido.

—Dios mío... —repitió su padre, sobrecogido—. Mira, Elena, lo mejor es que vuelvas a casa ya y te tranquilices.

—Sí, voy para allá —dijo ella, soltando un resoplido de frustración—, pero te juro que no quiero saber nada más del cabrón del policía ese, de Mark.

Es un inútil, papá, un auténtico inútil.

Mi marido está muerto, lo sé perfectamente...

Y sé que ese inútil no va a hacer nada por avanzar en la investigación ni por solucionar el caso.

Elena bajó a las cocheras de la estación para coger el metro en dirección a casa de sus padres.

Al llegar al andén, descubrió que en esa misma parada se encontraba también Norman, esperando el mismo tren.

Sus miradas se cruzaron por un instante, pero ambos actuaron como si fueran dos auténticos desconocidos.

Lo ocurrido entre las paredes de la comisaría había sido demasiado salvaje, y la presión los había dejado completamente exhaustos en el plano psicológico.

Mientras aguardaban en el andén, el teléfono de Elena volvió a sonar. En la pantalla aparecía el nombre de Kevin.

—Hola, Kevin —respondió ella, tratando de afinar la voz.

—Hola, Elena. ¿Cómo estás? —dijo Kevin al otro lado, con un tono extrañamente distante y serio.

—Pues acabo de salir de comisaría. Como ya te dije, tenía que ir a hacer una declaración y la verdad es que ha sido muchísimo más complicada de lo que parecía, Kevin. Estoy bastante agotada... Mi plan inicial era ir ahora a la cafetería, pero todo se ha alargado mucho más de la cuenta.

Ya rozaban casi las cinco de la tarde. Elena tomó aire y aprovechó para añadir:

—Y por cierto, Kevin... a partir de ahora me gustaría pedirte trabajar en otro turno. No quiero volver a coincidir con Norman bajo ningún concepto.

Elena esperaba que la reacción de su jefe fuera de sorpresa o preocupación; pensaba que le preguntaría qué había pasado con Norman o si había ocurrido algo grave entre ellos. Sin embargo, la respuesta de Kevin la dejó totalmente petrificada.

—Mira, Elena... Voy a hablar también con Norman, pero lo mejor para todos es que ninguno de los dos volváis a trabajar por una buena temporada.

—¿Pero... pero por qué, Kevin? —alcanzó a balbucear ella, sin dar crédito.

—Mira, no es bueno para el negocio —sentenció Kevin sin rodeos—. Todo lo que se está levantando en torno a vosotros dos y a este caso está afectando a la imagen del local, y yo tengo que velar por mi cafetería.

Elena se quedó congelada, sintiendo cómo la rabia y la humillación la ahogaban por completo. Sin decir una sola palabra más, le colgó el teléfono en la cara. Bastante mierda había tenido que aguantar ya por un solo día.

Llego a  casa con el agotamiento emocional marcado a fuego en el rostro. Tenía el cuerpo pesado, una migraña punzante empezaba a martillearle las sienes y lo único que ansiaba en ese instante era tumbarse en la cama y desconectar del mundo.

Nada más verla entrar, su padre, John, la abordó con tono firme pero protector.

—Elena, a partir de ahora, cada vez que la policía te llame o te pida volver a comisaría, vas a ir acompañada por un abogado.

Sin excepciones. Mientras venías hacia aquí, he estado hablando con Cris, el hijo de un buen amigo mío que es abogado penalista.

Mañana por la mañana iremos a su oficina y  nos asesorara legalmente.

Elena suspiró, agradeciéndole el gesto a su padre con la mirada, aunque la pesadez de sus noticias no daba tregua.

—Gracias, papá... Pero hay algo más: estoy despedida. Kevin me ha llamado por teléfono para decirme que no quiere volver a contar conmigo en la cafetería por todo el revuelo que se está montando con este caso.

John dejó escapar un hondo suspiro, sintiendo cómo el cerco sobre su hija se estrechaba por todos los frentes.

—Mira, lo mejor que puedes hacer ahora es aislarte, quedarte en casa y dejar todo esto en manos de Cris. Que él nos aconseje y guíe cada paso.

—Ya, papá... ¿pero cómo vamos a pagar a un abogado? —preguntó Elena con la voz quebrada, abrumada por la ruina económica que se le venía encima.

—Tú no te preocupes por eso —intervinieron sus padres de inmediato—. Tu madre y yo tenemos algo de dinero ahorrado. Además, Cris es amigo de la familia y seguro que no nos cobra una barbaridad. Es la única opción que tenemos para protegerte, Elena. Es vital.

A su lado, su madre permaneció en absoluto silencio, con el rostro desencajado y la mirada llena de un dolor callado que lo decía todo. La angustia por la situación de su hija la tenía completamente sobrecogida.

A partir de ese instante, cualquier movimiento, declaración o requerimiento oficial de Elena quedaría blindado bajo la supervisión de un abogado.

No es que sus padres albergaran la más mínima duda sobre su inocencia; conocían de sobra a su hija.

Sabían que podía ser impulsiva y temperamental cuando la acorralaban, pero jamás habría sido capaz de hacerle daño a nadie.

Sabían que la policía había fijado a Elena como su objetivo principal, y estaban dispuestos a hacer lo que hiciera falta para protegerla a toda costa.

Al día siguiente, jueves 4 de enero, Mark y Robert se encontraban en la oficina repasando minuciosamente cada informe sobre la mesa, sin llegar a ninguna conclusión clara.

El farol que habían lanzado el día anterior se les había vuelto completamente en contra; no solo había fracasado, sino que además había enturbiado por completo las relaciones con los únicos testigos viables del caso.

Mark era consciente de que las prisas de Robert por precipitar un cierre veloz no habían dado fruto alguno.

Aquello era un arma de doble filo y esta vez se habían cortado ellos mismos.

Aun así, Mark prefirió no reprocharle nada a su compañero; Robert solo había intentado quemar el último cartucho en un caso que, para ser honestos, estaba prácticamente estancado.

La única ventana de investigación que les quedaba abierta era el pinchazo telefónico a Elena.

Sin embargo, la legislación estadounidense es sumamente estricta al respecto: una interceptación de comunicaciones solo se concede por un periodo máximo de 30 días, y cualquier prórroga exige la presentación de nuevas pruebas sustanciales ante el juez.

En el punto muerto en el que se hallaban, resultaba francamente imposible justificar una extensión.

En medio de esa atmósfera densa, el móvil de Mark comenzó a vibrar sobre el escritorio. Al mirar la pantalla, vio el nombre de John, el padre de Elena.

Mark exhaló un suspiro antes de descolgar. Sabía perfectamente por dónde iría la llamada y no esperaba un trato cordial.

—Dime, John —respondió Mark con voz pausada.

—Lo que intentasteis hacer ayer con mi hija fue una auténtica cerdada —espetó John sin rodeos, con una indignación que no pretendía disimular—. Queréis cerrar el caso como sea y no sabéis ni por dónde os da el aire.

—Comprendo tu postura, John —trató de defenderse Mark—, pero teníamos indicios que debíamos verificar.

—¡¿Indicios?! —lo interrumpió John, alzando la voz, consumido por la rabia—.

¡Buscar un cabeza de turco para colgarle un muerto no es tener indicios, Mark!

¡Eso es pura incompetencia y una absoluta vergüenza!

Pretendéis meter a una inocente en la cárcel solo para colgar una medalla y cerrar la carpeta rápido.

Mark se quedó en silencio un segundo, recibiendo el impacto de la acusación sin poder rebatir gran cosa.

—Escúchame bien —continuó John, bajando ligeramente el tono pero volviéndolo inflexible—: a partir de ahora, si quieres cualquier cosa de mi hija, te comunicarás directamente con nuestro abogado. Te voy a pasar su contacto. Todo lo referente al caso pasará por él.

—Lo comprendo —asintió Mark—. Y lamento sinceramente que las cosas hayan tomado este cariz, pero quiero que sepas que seguimos trabajando para esclarecer la verdad.

—Eso espero —sentenció John—. Espero que de verdad trabajéis para saber qué le ha ocurrido a Joshua. Nosotros somos los primeros interesados en que esto se resuelva y en saber la verdad.

—Te aseguro que lo entiendo, John.

Sin añadir una sola palabra más de despedida ni un formalismo, John cortó la llamada, dejando a Mark con el tono de línea ocupada retumbando en el oído.