La Navidad que se detuvo Capítulo 17 Apretando las tuercas #3
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Capítulo 17 Apretando las tuercas #3

Robert aprovechó ese instante de vulnerabilidad absoluta.

Se acercó a él y se puso en cuclillas justo al lado de su silla, quedando físicamente por debajo de la línea de visión de Norman.

No lo hizo por compasión, sino por pura estrategia psicológica: sabía bien que al posicionarse en un plano inferior, hacía que el interrogado se sintiera visualmente más grande, ofreciéndole una falsa sensación de control, seguridad y confianza.

—Norman, por favor —le dijo Robert con voz suave, mirando hacia arriba para buscar sus ojos—.

Es ahora o nunca. Nos tienes que ayudar, porque si no hablas, todo este peso va a caer en tu contra.

Sabemos que quieres a Elena, pero ella te ha utilizado.

Y si tú no nos pones de tu parte, nosotros no vamos a poder hacer nada por ti.

Mark observó la escena en absoluto silencio desde la puerta. Con un leve gesto de cabeza entre ambos, los dos policías salieron del despacho y cerraron la puerta tras de sí, dejando a Norman a solas en el cuarto para que la puñalada emocional terminara de hacer su trabajo

Ya en la tranquilidad del pasillo, lejos de las miradas de los dos sospechosos, Mark y Robert se detuvieron a hablar a voz baja.

—¿Qué tal realmente con Elena? —preguntó Robert, cruzándose de brazos.

—Bueno... es ahora o nunca —suspiró Mark, pasándose una mano por la nuca—. O rompe a confesar ya mismo, o me temo que de ella no vamos a sacar nada más. Está muy acorralada, pero se mantiene firme.

Robert, en cambio, esbozó una leve sonrisa de satisfacción. Conocía bien los puntos débiles de la gente y había visto la grieta perfecta en el otro cuarto.

—Norman es muchísimo más frágil —aseguró Robert con plena confianza—. De él sí que podemos rascar. Estoy convencido de que, en cuanto volvamos a entrar a su sala, va a soltarlo todo de golpe. Ha colado el cebo hasta el fondo.

—Ojalá sea así —respondió Mark, aunque su rostro reflejaba una clara incomodidad—. Ya sabes que no me terminan de gustar estas técnicas de manipulación, Robert. Estamos jugando muy al límite.

—Ya lo sé, Mark —le cortó Robert, bajando aún más el tono pero con firmeza—, pero estamos en un callejón sin salida. Si no los apretamos así, enfrentando sus versiones, sabes de sobra que no tenemos otra forma de romper esta pared.

Mark guardó silencio durante un par de segundos y terminó asintiendo lentamente con la cabeza, incapaz de refutar la lógica de su compañero, aunque el remordimiento le rondara de cerca.

—Ojalá no nos estemos equivocando, Robert... Ojalá que no.

Mark cruzó de nuevo el umbral del despacho donde aguardaba Elena. En su mente se había forjado la firme convicción de que la encontraría hecha pedazos, acorralada por la supuesta confesión de Norman y dispuesta a ceder para entregar la declaración que tanto ansiaban.

Sin embargo, en cuanto sus ojos se posaron en ella, comprendió de inmediato que se equivocado. Elena no se había desmoronado en absoluto. En su rostro no había rastro de abatimiento, sino una expresión de furia incontenible que Mark jamás le había visto.

—¿Has recapacitado, Elena? —preguntó Mark manteniendo el tipo.

Ella lo miró con auténtico desprecio.

—Pensaba que eras un buen policía, pero me he dado cuenta de que eres un auténtico inútil —espetó con una frialdad cortante—. Y Norman... bueno, Norman es un imbécil. Y no voy a decir nada más, Mark.

Mark se quedó de piedra, completamente desarmado ante semejante respuesta.

Por su dilatada experiencia, sabía perfectamente que cuando pones a un sospechoso contra las cuerdas, solo hay dos caminos: o se rompe por completo y canta, o se bloquea y se vuelve inaccesible como una piedra.

Elena se había convertido en un bloque de granito infranqueable.

Sabía que no había nada más que rascar con ella.

Se despidió de ella con frialdad, salió al pasillo, cerró la puerta e indicó a Mario que contuviera la estancia para evitar que saliera de inmediato, aun sabiendo perfectamente que, al no estar bajo arresto, legalmente ella podía marcharse cuando quisiera.

A continuación, Mark se dirigió a la habitación donde Robert continuaba estrechando el cerco sobre Norman. Al entrar, Robert alzó la vista y le preguntó con fingida soltura:

—¿Qué tal?

—Bien, bien —respondió Mark.

Ese «bien, bien» fue más que suficiente para Robert. Conocía demasiado a su compañero y supo al instante que con Elena no había conseguido absolutamente nada. Si hubiera logrado una brecha, le habría lanzado un farol o le habría hecho una señal clara. Ese doble asentimiento denotaba frustración.

—¿Y cómo va lo de Norman? —interrumpió Mark para reconducir la situación—. Porque Elena no le está dejando precisamente en buen lugar.

—Sí, lo sé —respondió Robert, volviendo la carga sobre el sospechoso—. Está a punto de ayudarnos, ¿verdad, Norman?

El hombre, al borde del llanto, los miró desesperado.

—¡Pero si yo no he hecho nada, agentes! —suplicó—. Les juro que... sí, que Elena podía atraerme, ¡pero jamás la ayudaría a matar a nadie! Y si alguien le ha hecho algo a su marido, les puedo asegurar que yo no he tenido nada que ver.

—Vamos a ver, Norman —le cortó Robert con dureza—.

Tu teléfono no lo tenías contigo ese día, lo cual es sumamente sospechoso.

Y además engañaste a Elena haciéndo le creer que te pillaba de paso ir a buscarla por puro compañerismo, cuando la realidad es que para ir a su urbanización tienes que dar un rodeo tremendo desde tu casa.

Norman, comprendiendo que su pequeño secreto había quedado al descubierto, agachó la cabeza.

—Sí... —admitió con voz quebrada—. No lo hacía por mero compañerismo, sino porque entre nosotros había una buena amistad.

—No, Norman —lo interrumpió Mark tajante—. Elena solo te considera un compañero de trabajo. Cuanto antes asumas la verdad, antes te podremos ayudar. Dime, ¿tú la quieres? ¿La ves como algo más que una amiga?

Norman suspiró y respondió con dolorosa sinceridad:

—A ver... Elena me atrae, claro. ¿A quién no le parecería atractiva? Es una mujer preciosa, de eso no hay duda. ¡Pero de ahí a hacer daño a alguien...! Jamás en la vida ayudaría a matar a nadie, ni a mover un cuerpo, ni nada por el estilo. Se lo juro.

A Robert se le estaba agotando la paciencia. Viendo que el margen se cerraba, decidió jugar su última baza de farol y presión extrema:

—Esta es tu última oportunidad, Norman —dijo encarándolo fijamente—.

O nos dices exactamente qué pasó, o vas a salir de aquí detenido directamente hacia prisión.

De esta comisaría no vuelves a tu casa, pase lo que pase.

La única alternativa es que nos ayudes ahora mismo para que podamos tramitar una orden que te permita esperar el juicio en tu domicilio, testificando nosotros que colaboraste y que fuiste manipulado. Es tu única salida. La última.

Norman los miró a los dos con los ojos anegados en lágrimas y la voz entrecortada:

—Les juro... les juro por lo que más quiera que yo no he hecho nada. No he matado a nadie, ni he ayudado a transportar ningún cadáver. No sé nada.

—De acuerdo, Norman —zanjó Robert con frialdad.

Ambos detectives abandonaron el cuarto. Ya en la discreción del pasillo, Robert buscó la confirmación de lo que ya intuía:

—Con Elena nada, ¿verdad?

—Nada —suspiró Mark conteniendo la frustración—. Es una roca.

Robert se giró hacia la puerta que acababan de cerrar y masculló con desprecio:

—Y este payaso tampoco sabe nada.

Sin más margen de maniobra legal ni pruebas sólidas para sostener una detención formal, ambos se retiraron a sus respectivos despachos y le dieron la orden a Mario de que los liberase por ahora y los dejase marchar.

Mario fue primero al despacho donde aguardaba Elena. Abrió la puerta y le entregó su teléfono móvil.

—¿Qué sucede? —preguntó Elena mirándolo con recelo.

Mientras aguardaba la respuesta, se le quedó observando la cara con fijeza; su rostro le resultaba vagamente familiar. Recordó levemente haberlo visto de pasada en la cafetería.

—Te puedes ir —le dijo Mario simplemente, echándose a un lado.

Sin añadir una sola palabra, Elena recogió sus pertenencias y abandonó la habitación.

A continuación, Mario se dirigió al otro extremo del pasillo y entró en el cuarto donde permanecía Norman.

Al ver entrar al agente, Norman se encogió en la silla, completamente convencido de que aquel policía venía a ponerle las esposas para trasladarlo directamente a los calabozos o a prisión. Estaba aterrorizado.

Pero para su absoluta sorpresa, Mario se limitó a darle teléfono móvil , y decirle:

—Puedes marcharte.