La Navidad que se detuvo Capítulo 17 Apretando las tuercas #2
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Capítulo 17 Apretando las tuercas #2

—Dime una cosa, Norman —dijo Robert, cruzándose de brazos y dibujando una sonrisa socarrona—: si ahora mismo requisara tu teléfono móvil y rastreara el posicionamiento GPS de esa noche del 24 de diciembre, ¿dónde nos colocaría el mapa?

Norman, con los labios temblorosos y casi sin aliento ante el acoso implacable del agente, tragó saliva como pudo antes de responder.

—El... el móvil esa noche no lo tenía yo —balbuceó con la voz entrecortada—. Estaba en un taller, en reparación.

Robert soltó una sonora carcajada, echándose hacia atrás en la silla mientras negaba con la cabeza.

—¡Vaya por dios! Qué casualidad tan oportuna, ¿verdad, Norman? —dijo con pura ironía—. Justo la Nochebuena en que desaparece el marido de tu amiga, tu teléfono decide irse a pasar la noche al taller. Qué mala suerte tienes, hijo.

Por su parte, Mark cruzó la puerta de la habitación donde aguardaba Elena.

—Siento la espera, Elena —dijo Mark con voz apesadumbrada.

—No te preocupes, Mark —respondió ella, tratando de mantener la compostura.

El detective se tomó su tiempo para tomar asiento frente a ella. Apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó las manos y soltó un suspiro cargado de pesadumbre.

Mark abrió la carpeta y pasó un par de hojas antes de clavar de nuevo la mirada en ella.

—Hablemos de tus antecedentes, Elena.

Ella dio un pequeño respingo, sorprendida por el cambio repentino de tema.

—¿Mis antecedentes? Pero si eso no tiene nada que ver con esto...

—Tienes dos registros en tu expediente —interrumpió Mark con voz grave y distante—: uno por desórdenes públicos y otro por resistencia a la autoridad.

—¡Mark, por favor! Eso fue hace seis años, cuando tenía veinte años —se apresuró a explicar Elena, agitando las manos—. Era joven e inmadura. Nada que ver con la mujer casada y con responsabilidades que soy ahora.

—Aun así, están ahí —insistió el detective, apoyando los antebrazos sobre la mesa.

—Fue durante la gran manifestación que hubo en la ciudad —prosiguió ella, buscando desesperadamente que la comprendiera—.

Vi cómo la policía estaba arremetiendo a golpes contra un manifestante en el suelo.

Fui a intentar que no le pegaran más... y al final me acabé llevando golpes yo también.

Me entró un ataque de pánico, una crisis de ansiedad horrible, y es verdad que me resistí cuando intentaron reducirme.

Pero pagué la multa correspondiente, cumplí las horas de servicio a la comunidad que me impusieron y el asunto quedó completamente zanjado. No soy una delincuente.

Mark la escuchó en un silencio helado, sin mostrar un solo gesto de empatía.

—La verdad es que estoy muy preocupado, Elena.

—¿Porque? —preguntó ella, frunciendo el ceño.

—En este rato hemos estado hablando los dos con Norman... y la verdad es que lo que nos ha contado no nos lo esperábamos para nada.

—¿Qué... qué os ha contado, Mark?

—¿Por qué no me lo dices tú, Elena? —soltó Mark fijando la mirada en ella—. Sé sincera por una vez en toda esta investigación.

Elena dio un leve respiro. En ese instante se dio cuenta de que la expresión de Mark había cambiado por completo: ya no era el detective afable, empático y cercano que solo parecía querer ayudarla.

Su rostro reflejaba una seriedad aplastante, una preocupación fría y un tono de voz que rayaba en lo agresivo.

—No... no entiendo nada, Mark —balbuceó Elena, echándose hacia atrás.

—Elena, Norman no está bien y está colaborando —dijo Mark inclinándose hacia adelante—. Cuanto antes nos cuentes la verdad, antes podremos solucionar esto. Pero ahora mismo, Norman te está señalando a ti como la principal y única responsable de la desaparición de tu marido.

—¿Qué? —exclamó Elena, alternándose al instante—. ¿Pero qué os está diciendo ese insensato?

—Tú le mataste, ¿verdad, Elena? —le espetó Mark sin pestañear—. Lo planeaste todo con Norman.

Elena abrió los ojos como platos, desorbitada ante la acusación.

—¿Pero qué me estás diciendo? ¡Por supuesto que no!

Mark se llevó las manos a la cabeza con gesto de impotencia, fingiendo frustración.

—¡Norman está confesando en la otra sala, Elena!

Si no colaboras y nos das tu versión de los hechos, todas las culpas van a caer directamente sobre ti.

Es más, con lo que está diciendo, lo más seguro es que a Norman ni siquiera le caiga pena de prisión.

Según su declaración, tú le engañaste, le prometiste un futuro juntos y él, cegado por el amor que sentía por ti, te ayudó a deshacerte de Joshua.

—¡No entiendo absolutamente nada de lo que me estás diciendo, Mark! ¡Eso es una locura!

—A ver, aclárame una cosa —interrumpió el detective—: ¿tu relación con Norman era puramente laboral o había algo más fuera de la cafetería?

—Solo laboral —aseguró ella con firmeza.

—¿Ah, sí? ¿Y no iba a buscarte en coche a tu casa casi todos los días para llevarte al trabajo?

—Sí, eso sí —admitió Elena—, ¡pero eso sigue siendo parte de lo mismo! Venía a buscarme porque le pillaba totalmente de paso.

Mark arqueó una ceja.

—¿Sabes exactamente dónde vive Norman, Elena?

—Pues... sinceramente nunca he estado en su casa. Sé que vive a las afueras de la ciudad, no te sabría decir la dirección exacta, pero en su trayectoria le pilla de paso venir a buscarme a la urbanización.

Mark abrió la carpeta que llevaba consigo, sacó el informe del expediente con los datos de residencia de Norman y desplegó un mapa detallado sobre la mesa.

—Norman no vive precisamente «de paso» de tu urbanización, Elena. Mira esto.

Mark señaló con el bolígrafo la ubicación del piso de Norman y trazó una línea roja hasta la casa de los Miller.

El mapa no dejaba lugar a dudas: para ir a buscarla, Norman tenía que dar un rodeo desproporcionado, desviándose casi veinte minutos en dirección contraria solo para recogerla y deshacer el camino hacia la cafetería.

El trayecto dejaba meridianamente claro que aquello no era una simple amabilidad entre colegas.

—Un compañero de trabajo te hace un favor así una o dos veces —dijo Mark mirándola fijamente a los ojos—. Pero si lo hace a diario, convirtiéndolo en una rutina, ya no es un favor, Elena. Eso es cariño, es obsesión... o algo más. Dime la verdad: estabas utilizando a Norman, ¿a que sí?

Le empezaste a utilizar primero para que te fuera a buscar y te llevara al trabajo —continuó Mark, remarcando cada palabra con acusadora firmeza—.

Luego también para que te hiciera recados, ya que tu marido siempre estaba muy ocupado.

Y ya puestos, ¿por qué no? Para ayudarte a deshacerte de él, cobrar su seguro de vida y quedarte con el piso.

Mark apoyó las manos en la mesa y se inclinó hacia ella, fijando sus ojos en los de Elena.

—Norman, como te he dicho, lo está confesando todo en la otra sala. Cuanto antes empieces a hablar y me cuentes tu versión de los hechos, antes te podré ayudar. Ya sabes que, como te dije desde el primer día, yo estaba aquí para ayudarte, Elena... y ahora es el momento de ayudarnos mutuamente.

Mark se levantó despacio de la silla, cerró la carpeta con un golpe seco sobre la mesa y miró a Elena con una mezcla de decepción y advertencia.

—Elena —dijo Mark, ponte en mi lugar por un segundo.

Con tus antecedentes por desacato y violencia, tus propios suegros declarando en comisaría, asegurando  que la relación entre tú y Joshua no atravesaba su mejor momento, que la tensión en esa casa se podía cortar con un cuchillo,  los registros de su teléfono, cientos de mensajes donde quedaban al descubierto las discusiones encendidas que manteníais día sí y día también y sumando a eso la confesión detallada que Norman está firmando ahora mismo en la otra sala...

la verdad es que tu futuro no pinta nada bien.

Mark la miró fijamente, dejando que el peso de sus palabras llenara la fría habitación antes de rematar:

—Ante los ojos de un juez, el retrato que queda de ti no es el de una esposa preocupada, sino el de alguien impulsivo, manipulador y capaz de cualquier cosa cuando se ve acorralada.

Y si no me das una versión creíble ahora mismo para frenar el impacto de lo que dice Norman, el tribunal lo va a tener muy, pero que muy fácil.

—Te dejo unos minutos para que lo pienses —dijo, dando un paso hacia la salida—. Voy a ir ahora con Robert a la otra habitación, que Norman está ya rematando los últimos puntos de su declaración oficial.

Hizo una breve pausa con la mano sobre el pomo de la puerta y se giró para mirarla por última vez.

—Espero que cuando vuelva seas sincera conmigo y me cuentes tu versión de los hechos. Porque si te empeñas en seguir negándolo todo, esto solo te va a perjudicar a ti, Elena. A ti y a nadie más.

Sin esperar respuesta, Mark abrió la puerta y salió al pasillo, dejando a Elena sumida en un silencio helado, a solas con el mapa desplegado sobre la mesa y el abrumador eco de sus palabras.

Mark se dirigió al despacho donde Robert mantenía acorralado a Norman. Dio un par de toques secos con los nudillos en la puerta y entró.

Robert se giró hacia él y le preguntó con tono casual:

—¿Qué tal por allí, Mark?

—Bien —mintió Mark mirándole fijamente—. Estamos ya rematando los últimos flecos de su declaración. En un momento la tenemos lista para firmar. ¿Qué tal tú con Norman?

Norman levantó la cabeza de golpe, con los ojos clavados en ambos detectives, conteniendo la respiración mientras escuchaba cada palabra de aquella conversación fingida.

—Pues aquí Norman está ya a punto de echar una mano —respondió Robert.

—Pues más vale que nos ayude —añadió Mark en voz alta, dirigiéndose veladamente al sospechoso—, porque Elena nos está dejando totalmente claro que la idea fue de Norman desde el principio y que él fue quien planeó absolutamente todo.

Norman se llevó las manos a la cabeza, desbordado por el pánico. No podía dar crédito a lo que estaba escuchando. La traición de Elena le golpeó con tanta fuerza que los ojos se le llenaron de lágrimas, las cuales comenzaron a resbalar por sus mejillas sin que pudiera evitarlo.