Capítulo 17 Apretando las tuercas
Los dos cruzaron el umbral del edificio y en recepción preguntaron por Mark. La agente tras el mostrador realizó un par de llamadas internas y les indicó que tomaran asiento en la sala de espera, que en unos minutos bajarían a recibirles.
Poco después, Mark y Robert aparecieron por el pasillo.
Ambos se presentaron formalmente, y Robert hizo hincapié ante Elena en que él era el compañero de Mark que acababa de reincorporarse tras una semana de vacaciones.
Les aseguraron que no había de qué preocuparse, que tan solo se trataba de una ronda de preguntas rutinarias para afinar detalles del expediente.
Subieron los cuatro en el ascensor hasta una de las plantas superiores. Una vez arriba, los agentes procedieron a separarlos para mantenerlos completamente incomunicados.
Mark le pidió el teléfono a Norman y Robert hizo lo propio con Elena, asegurándoles a ambos con tono pausado que se los devolverían en cuanto terminaran de responder a las preguntas, explicándoles que se trataba de un mero trámite de rutina dentro del procedimiento policial.
Una vez entregados los terminales, la prioridad absoluta fue garantizar el aislamiento total de los sospechosos.
Elena y Norman fueron conducidos a dos salas completamente alejadas entre sí dentro de la misma planta.
Separados por un largo pasillo, varias paredes de carga y multitud de despachos intermedios, la incomunicación entre ambos era absoluta: ni Elena podía escuchar ni ver lo que ocurriera con Norman, ni Norman tenía forma alguna de saber qué estaba pasando con Elena.
Cada uno quedó encerrado en su propio cuarto, en solitario frente a una mesa y una botella de agua, sin más compañía que la incertidumbre de no saber qué diría el otro al otro lado del muro.
Al salir al pasillo, se cruzaron con Mario, a quien Robert le dio una instrucción clara: que bajo ningún concepto permitiera que alguno de los dos saliera de la habitación hasta que ellos volvieran.
Acto seguido, Robert le hizo una seña a Mark para salir del edificio y bajar a comer al restaurante de la esquina.
La maniobra de Robert estaba minuciosamente calculada: quería dejar transcurrir al menos una hora para que el aislamiento, el agobio y la incertidumbre empezaran a hacer mella en los nervios de Elena y Norman.
Para Robert no era, ni mucho menos, su primer interrogatorio, y Mark conocía perfectamente las tácticas de su compañero cuando decidía empezar a apretar las tuercas.
Tanto Robert como Mark eran perfectamente conscientes del terreno legal sobre el que estaban pisando.
Sabían de sobra que, al haber acudido a la comisaría por su propio pie y de forma estrictamente voluntaria —sin una orden de arresto de por medio—, no existía un límite de tiempo fijado por la ley para retenerlos en aquellos despachos.
En teoría, el control lo tenían ellos: en cualquier momento, tanto Elena como Norman podían levantarse de la silla, exigir que les devolvieran sus teléfonos móviles y cruzar la puerta de la comisaría sin dar más explicaciones. Los agentes no habrían tenido base legal para impedírselo.
Sin embargo, Robert y Mark jugaban con una ventaja psicológica aplastante. Sabían que ese escenario no iba a ocurrir. Ambos sospechosos habían demostrado una disposición absoluta a colaborar: Elena, impulsada por la desesperación de cerrar el caso.
Y Norman, atenazado por el miedo y por el ciego deseo de no perjudicar a su compañera.
Ninguno de los dos conocía al detalle sus derechos ni se atrevería a plantar cara a la autoridad policial.
Los agentes sabían que la inocencia fingida —o el terror a parecer culpables— los mantendría pegados a esas sillas todo el tiempo que hiciera falta.
Y además, contaban con un as en la manga por si las cosas se salían de guion. En el remotísimo caso de que a alguno de los dos le diera un arrebato de valentía, exigiera su teléfono y decidiera levantarse para marcharse por la puerta, los agentes no se quedarían con las manos vacías.
De hecho, esa espantada repentina jugaría del todo a su favor.
Mark y Robert sabían que una huida precipitada en mitad de las preguntas sería el detonante perfecto para acudir de inmediato al juez Jimmy.
Con el historial de contradicciones que ya acumulaban y el comportamiento sumamente sospechoso de abandonar la comisaría a toda prisa, Jimmy no dudaría ni un segundo en firmar una orden de detención formal.
Salir por esa puerta no les daría la libertad: solo aceleraría las esposas.
Casi hora y media después de haberles dejado completamente incomunicados y en solitario —Elena encerrada en un despacho en un extremo del pasillo y Norman en otro cuarto totalmente alejado, sin posibilidad alguna de saber del otro—, Robert hizo su primer movimiento.
Abrió la puerta de la sala donde esperaba Norman.
Al entrar, Robert esbozó una pequeña mueca de fingida cordialidad y le pidió disculpas por la tardanza, excusándose en que habían estado hablando largo y tendido con Elena en la otra habitación; una mentira piadosa pero fríamente calculada para sembrar la duda.
Norman, visiblemente tenso, intentó mantener la compostura.
—No... no pasa nada —respondió, acomodándose en la silla—. A ver, tengo algo de hambre, pero la verdad es que se me ha cerrado el estómago. Nunca he estado en una comisaría ni en un interrogatorio como este...
—Es comprensible que estés preocupado, Norman —dijo Robert, mirándole fijamente mientras se sentaba frente a él—. De hecho, tienes motivos de sobra para estar muy preocupado.
Norman frunció el ceño, sin llegar a entender a qué se refería con ese tono tan sombrío.
—A ver, cuéntame —prosiguió el agente—. ¿Hace cuánto tiempo conoces a Elena?
—Llevo trabajando en la cafetería unos diez años —explicó Norman—.
A Elena la conocí hace unos seis años , cuando entró a trabajar allí.
Desde el primer momento conectamos muy bien, fuimos muy buenos compañeros.
Incluso hace años, cuando su marido Joshua estuvo haciendo una obra por la zona, pasaba mucho por la cafetería y también le conocí a él.
Robert asintió despacio, registrando cada palabra, y lanzó la siguiente pregunta:
—Y aparte de ser compañeros en la cafetería, ¿os veis en la calle fuera del horario de trabajo?
Norman decidió ser sincero en ese punto:
—Sí, bastantes veces. A menudo voy a buscarla a su casa en coche para llevarla a la cafetería. Así le evito tener que coger el metro o andar haciendo transbordos, sobre todo si su marido no podía llevarla.
—Entiendo... —dijo Robert, reclinándose en la silla—. ¿Y no hubo nada entre vosotros dos antes de que ella se casara con Joshua?
—¡No, en absoluto! —negó Norman rotundamente—. Solo soy su compañero y su amigo. Nada más.
Robert sonrió de lado, metió la mano en su carpeta y sacó una fotografía impresa que deslizó por la mesa hasta dejarla justo delante de los ojos de Norman. Era una imagen nítida del día en que ambos estuvieron en la cafetería, en el momento preciso en que él le tocaba la mano sobre la mesa.
Norman contempló la escena en la foto y palideció al instante; el aire se le atascó en la garganta.
—Eso... eso fue solo un gesto espontáneo de ese día —se apresuró a justificar, con la voz temblorosa—. Elena retiró la mano enseguida, de verdad. No significa nada.
Robert soltó una carcajada amarga y negó con la cabeza.
—Pues eso no es exactamente lo que nos acaba de contar Elena en la otra sala, Norman.
El rostro de Norman se desencajó por completo. El miedo le nubló la mirada, incapaz de comprender qué estaba insinuando el policía. Robert aprovechó ese instante de colapso para inclinarse hacia adelante y clavarle una mirada implacable.
—Escúchame muy bien, Norman. Cuanto más cooperativo te muestres con nosotros a partir de este momento, menor será tu condena —soltó Robert, lanzando el anzuelo con frialdad—.
Elena ha pasado esta hora y media contando la verdad sobre lo que le pasó a Joshua esa noche y cómo tú la ayudaste a deshacerte del cadáver.
Norman se quedó petrificado, incapaz de articular palabra, mientras Robert remataba la trampa:
—Si tú no fuiste quien lo mató y te limitaste a ayudarla a transportar el cadáver o deshacerte de el , lo mejor que puedes hacer por ti mismo es colaborar con la policía.
Si hablas ahora, vas a tener muchísimas ventajas legales.
Pero si te niegas a cooperar y sigues cubriéndola, te aseguro que el castigo que te va a caer encima va a ser demoledor.
La estrategia de Robert era una mentira de libro: hacerle creer que Elena, aislada a unas cuantas puertas de distancia, le había vendido para salvarse ella misma, utilizando la propia hipótesis del envenenamiento y el traslado del cuerpo para acorralarle contra las cuerdas y forzar una confesión.
—Escúchame muy bien, Norman —prosiguió Robert, bajando el tono de voz para darle un matiz de íntima confidencialidad, inclinándose aún más sobre la mesa—.
Elena es una chica atractiva y su matrimonio estaba completamente roto.
Seguro que te lo confesó en la cafetería o en esos viajes en coche.
Y seguro que te prometió que, en cuanto todo esto pasara, tendrías un futuro juntos.
Robert hizo una pausa calculada y negó con la cabeza con fingida lástima.
—Pero todo eso era una mentira, Norman. Una burda mentira. Elena solo quería quitarse de encima a Joshua para cobrar una millonada del seguro de vida y quedarse con la propiedad. A ti te utilizó. Para ella no has sido más que una simple herramienta en su plan.
El agente clavó sus ojos en los de un Norman desencajado y aterrorizado.
—Por eso, cuanto antes dejemos claro aquí y ahora que solo fuiste una víctima de su manipulación y no el cerebro del crimen, muchísima más ventaja tendrás.
Si colaboras con nosotros desde este instante, si nos cuentas la verdad, antes podrás salir de esta y dejar que todo el peso de la condena caiga sobre quien realmente corresponde: sobre ella.