Capítulo 16 La otra perspectiva #2
—Mark, lo más seguro es que no usara un veneno fulminante, sino algún sedante muy fuerte para dormirlo primero.
Para esos niños, ver a su padre dando cabezadas en la silla no habría sido nada raro; simplemente pensarían que se había quedado traspuesto por el cansancio de las fiestas.
Un par de pastillas disueltas en la copa o en el postre, y para cuando la cena terminó, Joshua ya estaba completamente fuera de juego.
Seguramente cuando estaban todos sentados en el sofá —apuntó Robert, encajando las piezas con una frialdad casi metódica—, viendo los cuatro ese programa infantil que citan los informes.
Para los niños no hubo ningún drama: su padre simplemente se quedó traspuesto a su lado, durmiéndo se profundamente como cualquier adulto cansado en la noche de Nochebuena.
Mark permaneció en silencio, visualizando la escena en su cabeza.
La estampa resultaba espeluznante por su sencillez: la tele encendida con dibujos animados, la niña pequeña concentrada en la pantalla y, justo al lado, un hombre hundiéndose lentamente en un sueño químico del que jamás despertaría, todo bajo la atenta mirada de su esposa.
—¿Qué propones hacer? —le preguntó Mark.
—Llamémosles a los dos a declarar —respondió Robert sin dudar—.
Les citamos para mañana a eso de la una y media del mediodía.
Les llamamos hoy mismo y dejamos que hablen entre ellos durante todo el día de hoy; como tenemos los teléfonos pinchados, con suerte soltarán algo por la boca presos de los nervios. Y mañana, cuando vengan, les apretamos.
Mark no dijo nada, pero lo entendió perfectamente.
Para Robert, "apretar" significaba someter a los sospechosos a un interrogatorio salvaje y asfixiante, bordeando a menudo los límites de lo legítimo.
Y conocía de sobra lo implacable que podía llegar a ser su compañero cuando decidía acorralar a alguien en la sala de interrogatorios.
—Está bien —accedió Mark con un suspiro de resignación—. Llamémosles y citémos les para mañana a la una y media del mediodía.
En ese momento, Elena se encontraba en casa de sus padres, apurando las últimas horas de la mañana antes de ir a trabajar. Cuando el móvil empezó a sonar y vio el nombre de Mark parpadeando en la pantalla, el corazón le dio un vuelco.
—Buenos días, Elena. Soy Mark.
—Hola, Mark. Dime... —respondió Elena con voz impaciente—. Por favor, dime que tenéis alguna novedad.
—Estamos en ello, Elena. Precisamente por eso te llamo. Me gustaría saber si sería posible que vinieras mañana a la una y media del mediodía a la comisaría para hacerte unas cuantas preguntas.
Elena dudó un instante al otro lado de la línea.
—Es que mañana entro a trabajar a las dos de la tarde...
—No te preocupes por eso —la tranquilizó Mark—. Ven a la una y media. Te adjuntaremos un justificante oficial para que no tengas ningún problema legal en la empresa.
Elena accedió de inmediato, convencida de que aportando su testimonio podría ayudar a que se resolviera el caso de una vez por todas. Mark se despidió reafirmando la cita a la una y media y colgó el auricular.
Una vez finalizada la llamada de Mark con Elena , Robert tecleó el número en su teléfono de Norman y esperó.
Norman, que se encontraba en su casa, cogió la llamada al ver un número desconocido en la pantalla.
—¿Sí? ¿Quién es? —preguntó.
—Buenas tardes, Norman. Soy el agente Robert. Llevo el caso de la desaparición del marido de su compañera Elena.
—Ah... sí, sí, dígame —respondió Norman con un hilo de voz visiblemente alterado y asustado.
—No se preocupe, Norman —dijo Robert, impostando un tono amable y cercano para tranquilizarlo—.
Mire, estamos llamando a varios familiares y allegados de Elena para intentar arrojar algo de luz sobre el caso.
Me gustaría saber si le vendría bien pasarse mañana a eso de la una y media del mediodía por comisaría para hacerle un par de preguntas rutinarias.
Será cuestión de media hora, se lo aseguro.
Norman, exactamente igual que había hecho Elena, puso la misma pega sobre el horario:
—Es que a las dos de la tarde entro a mi turno en la cafetería...
—Oh, no se preocupe lo más mínimo por eso —interrumpió Robert con una soltura estudiada—.
Le daremos un justificante de presencia y, créame, si tiene cualquier inconveniente con su jefe, no dude en decirnos que hablemos con él.
Además, recuerde que todo esto es para ayudar a su amiga Elena y poder aclarar el caso cuanto antes.
—Sí, sí, por supuesto. Lo que sea por Elena —respondió Norman sin dudar—. No se preocupe, mañana a la una y media estoy allí en la comisaría.
—Muchas gracias, Norman. Le esperamos —concluyó el agente Robert antes de colgar con una mueca de satisfacción en el rostro.
Nada más colgar la llamada con el agente Robert, a Norman le temblaron las manos. Preso del pánico, buscó inmediatamente el contacto de Elena en su teléfono y marcó.
Elena respondió al instante:
—Dime, Norman.
—Elena, me acaban de llamar de la comisaría —le contó Norman, tratando de amortiguar el nerviosismo en su voz—. Me han dicho que vaya mañana a la una y media a declarar. Según el agente, están citando a varios amigos y familiares tuyos para hacer preguntas.
Elena se quedó en silencio un segundo, extrañada por la coincidencia.
—Qué raro... A mí también me han citado mañana a la una y media —le contestó—, pero no me consta que hayan llamado a nadie más. Ni siquiera han contactado con mis padres.
—Vaya... —balbuceó Norman, sintiendo que un nudo se le apretaba en el estómago—. Pensé que me ibas a decir otra cosa.
—No te preocupes, Norman. Tú simplemente ve, cuéntales la verdad y ya está. No tienes absolutamente nada por qué asustarte.
—Sí, sí, por supuesto... Eso haré, Elena.
Al colgar, a Norman le vino a la cabeza la rutina que mantenía con ella: las veces que había ido a buscarla en coche a su nueva casa en estos últimos seis meses para llevarla juntos al trabajo aprovechando que le pillaba de camino.
Era un favor sincero, o al menos eso parecía en la superficie.
Sin embargo, la verdad era que Norman ocultaba algo oscuro tras esos trayectos compartidos, un secreto guardado a celo que, muy probablemente, los agentes estarían a punto de arrancarle al día siguiente en la sala de interrogatorios.
Ese secreto que atormentaba a Norman era algo que ni la propia Elena sospechaba en lo más mínimo, y desde luego, si alguna vez llegaba a enterarse, no le iba a sentar nada bien.