Capítulo 16 La otra perspectiva
Mark maniobró despacio para meter su coche en el garaje subterráneo de la comisaría.
El trayecto por la ciudad le había llevado casi el doble de tiempo del habitual por culpa del temporal de nieve: la circulación era un caos, el asfalto helado había provocado varios colisiones entre vehículos y las aceras eran una trampa donde los peatones no dejaban de resbalar.
Pero Mark ya contaba con todo aquello. Era, sencillamente, lo que el invierno traía consigo.
Como solía pensar para sus adentros: «La nieve es preciosa, pero solo si la miras de lejos».
Tampoco es que pudiera quejarse del trabajo realizado hasta ahora. El joven agente Mario Sandoval se había portado de maravilla y sus aportaciones habían sido precisas e impecables.
La verdadera lástima era que, a pesar de la gran ayuda de Mario, la investigación continuaba encallada.
El pinchazo de las líneas telefónicas, en el que Mark tanto confió para arrojar algo de luz sobre la trama, tampoco había dado ningún fruto hasta el momento.
Aunque, siendo justos, aún era pronto para sacar conclusiones.
Mark subió en el ascensor y caminó hasta su oficina. Allí, en la mesa doble que compartían cara a cara, se encontraba Robert ojeando la carpeta del caso.
A Mark no le dio tiempo ni de darle los buenos días ni de felicitarle el año.
Robert sostenía entre sus manos las hojas del volcado del teléfono de Joshua y en ese preciso instante contemplaba las fotografías íntimas que Elena le había enviado a su marido.
En cuanto vio a Mark cruzar la puerta, Robert alzó una de las imágenes y exclamó con una sonrisa picarona:
—¡Oye, pues tiene muy buen tipo Elena!
—Por favor, Robert... Que estás casado —le reprochó Mark rodando los ojos, aunque sin poder evitar una mueca de resignación.
Robert soltó una carcajada mientras dejaba la foto sobre la mesa.
—¡Si lo llego a saber, vuelvo antes de las vacaciones a echarte una mano!
—Necesitabas estar con tu familia, Robert. Valorala —le dijo Mark con tono sereno pero firme. Hablaba con conocimiento de causa: tras su divorcio, la vida sentimental de Mark no era precisamente la estampa familiar con la que soñaba cuando era joven.
Robert, que no perdía el buen humor mientras continuaba hojeando el expediente, volvió a meterse con su compañero:
—Y además, Mark... Sabiendo lo mucho que me gusta a la naturaleza, si llego a saber que la investigación nos iba a llevar de caza mayor... —bromeó, guiñandole un ojo en referencia a la disparatada teoría del oso.
Mark soltó una leve risotada y negó con la cabeza.
—Ojalá te hubiera dejado a ti meterte en la madriguera del oso. De verdad que no me habría importado lo más mínimo, Robert.
—Bueno... —se rió Robert, echándose hacia atrás en la silla con amabilidad—. Quizás ese honor te lo habría dejado a ti, que para algo tienes más años de experiencia en el cuerpo.
—¿En qué punto está el caso? —le preguntó Robert, volviendo a ponerse serio y dando un golpe suave al expediente con los nudillos.
Mark fue completamente sincero con su compañero.
—No está en ningún punto, Robert. Está estancado.
Las batidas y las investigaciones tras la pista del oso al final no dieron ningún resultado; se demostró que el animal no tuvo nada que ver.
Hemos pinchado el teléfono de Elena y por ahora no hemos sacado nada en claro, aunque todavía es pronto.
Ahora mismo estamos a la espera de encontrar algo factible.
—¿Factible? —repitió Robert, alzando una ceja—. No hay nada más factible en este mundo que el móvil económico. ¿Has visto la cifra que cobraría Elena del seguro de vida de Joshua y lo que vale la casa que tienen a nombre de los dos?
—Sí, sí, soy perfectamente consciente de ello —asintió Mark suspirando—. Móvil hay de sobra, pero no tenemos ningún indicio ni una sola prueba sólida.
Robert volvió a revisar las carpetas hasta dar con la fotografía capturada en la cafetería. Sostuvo la imagen de Elena y Norman.
—¿Y este quién es? —inquirió Robert.
—Es un compañero de trabajo de Elena. Se llama Norman Bryce.
Robert observó con detenimiento el aspecto del hombre de la foto y la posición de sus manos.
—Está hecho todo un dandy... —comentó Robert con sorna—. Y, francamente, por la forma en que le toca la mano a Elena, parece bastante más que un simple compañero.
—Sí —contestó Mark—. También le hemos pinchado la línea telefónica a él para ver si hay algo entre los dos y podemos sacar algo en claro.
Robert dejó la fotografía sobre la mesa, cruzó los brazos y miró fijamente a Mark.
—Mira, Mark: llevas ya ocho días metido en este caso y en ocho días lo único que has conseguido ha sido sedar a un pobre animal. Creo que ha llegado la hora de apretar a estos dos.
Mark supo perfectamente a qué se refería Robert con "apretar", y sabía que no solía significar nada bueno.
Robert era un agente joven, pero endiabladamente efectivo.
Sus métodos y sus formas a veces bordeaban lo legítimo para lograr cerrar un caso, pero su tenacidad era incansable.
Su única preocupación era resolver investigaciones y acumular medallas en su historial.
De esa forma, gracias a una dedicación extrema y al olfato de un verdadero sabueso que no suelta el rastro hasta cazar a su presa, había conseguido ascender tan rápido en el cuerpo. Así era Robert.
—¿Tienes alguna teoría de lo que pueda haber pasado? —le preguntó Mark a Robert.
Robert, que llevaba ya más de una hora en la oficina empapándose de todos los informes antes de que llegara Mark, no dudó un segundo en responder:
—Por supuesto. Lo tengo más que claro.
—Dime, soy todo oídos —contestó Mark, apoyándose en el borde del escritorio.
Robert cogió de la carpeta uno de los folios donde figuraba el historial de la pareja, destacando los episodios donde quedaba claro que la relación entre Elena y Joshua distaba mucho de ser idílica: discusiones frecuentes e incluso momentos tensos en los que Joshua había tenido que abandonar el hogar para irse a vivir con sus padres durante una temporada.
Mark asintió, confirmando el dato.
—Sí, soy consciente de eso. Hay pruebas en los mensajes recuperados y los propios padres de Joshua me lo confirmaron personalmente.
Robert asintió y continuó desgranando su análisis:
—Y luego está el detalle de la puerta del garaje.
Se supuso que se cerró porque él salió a investigar un ruido en el jardín, pero es ridículamente raro que alguien salga en mitad de la noche a echar un vistazo y cierre la puerta del garaje a sus espaldas, sabiendo que no lleva las llaves para volver a entrar.
Tendría que haber vuelto a la puerta principal, llamar al timbre, esperar a que su mujer le abriese...
Se fue sin llaves y sin cartera. Muy raro todo.
—Pues sí, así fue como ocurrió —admitió Mark.
—Mira, te voy a ser completamente franco, Mark —sentenció Robert, inclinándose hacia adelante con mirada afilada—: Joshua no oyó ningún ruido, ni se marchó al jardín, ni le atacó ningún animal.
Si la relación iba mal y sabiendo Elena la millonada que cobraría, estoy convencido de que esa noche de Navidad envenenó a su marido.
Luego llamó a su amante o pagafantas, el tal Norman, sacaron el cuerpo con total disimulo, lo cargaron en el coche de Norman y él se encargó de deshacerse del cadáver.
Ahora mismo, Joshua está bajo tierra o bajo el agua. Te lo firmo donde quieras.
Mark se quedó pensativo, guardando silencio durante unos segundos. La hipótesis de Robert era cruda, pero no se podía negar que la lógica encajaba y que el plan resultaba aterradoramente factible.
—¿Tú crees que Elena es una mujer tan fría y capaz de envenenar a su propio marido en plena Navidad y con sus hijos en la casa? —preguntó Mark, arqueando las cejas con escepticismo.
Robert no tardó ni un segundo en responder.
—Ambos sabemos perfectamente que Elena no es ninguna hermana de la caridad.
Tiene antecedentes y en los informes se ve claramente que posee un temperamento muy fuerte.
Y créeme, que sea Navidad le da exactamente igual.
Es más, yo creo que esa fecha jugaba a su favor, porque nadie se espera que una esposa envenene a su marido en mitad de las fiestas.
Si me preguntas a mí, es la época perfecta para hacerlo.
—Ya, Robert, pero es que Elena tampoco es química ni tiene conocimientos para saber cómo envenenar a alguien —le interrumpió Mark—. O, al menos, no hay nada parecido en sus antecedentes.
Robert soltó una carcajada irónica y sacudió la cabeza.
—Pero Mark, ¿en qué año vives? Hoy en día hay tutoriales para absolutamente todo en internet.
Sin ir más lejos, mi hija me regaló estas Navidades una figura de origami hecha por ella misma siguiendo un vídeo explicativo en la red.
Si se puede aprender eso en diez minutos, imagínate.
Y respecto a Norman, te digo yo que la tipa lo está utilizando, prometiéndole un futuro juntos para que le haga el trabajo sucio.
—Pero que le envenene en la propia mesa, con los niños ahí delante sentados... no sé, me parece demasiado fuerte, Robert —insistió Mark, meneando la cabeza con pesadumbre.
Robert se reclinó un poco más en su silla, mirándolo con frialdad analítica.