La Navidad que se detuvo Capítulo 15 Fin de año
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Capítulo 15 Fin de año

Durante la cena, mientras compartían la mesa en un ambiente apagado, sus padres rompieron el silencio para preguntarle si sabía algo de Mark, el detective a cargo del caso.

Elena negó con la cabeza, admitiendo que hacía días que no tenía noticias de él.

Sus padres se interesaron entonces por los padres de Joshua, queriendo saber si habían vuelto de viaje o si se había puesto en contacto con ellos.

Elena volvió a negar; tampoco sabía nada de sus suegros.

—¿Por qué no les llamas a ver? —le sugirió su madre con preocupación—. Es muy raro que los padres de Joshua no hayan dicho nada en todos estos días.

Elena lo pensó un momento. Antes de continuar con los preparativos de la noche, decidió tragar saliva, armarse de valor y marcar el número. Quien respondió al teléfono fue Evelyn, la madre de Joshua.

—¿Qué pasa, Elena? —preguntó Evelyn al otro lado de la línea, sin rodeos—. ¿Hay alguna novedad?

—No, por ahora nada, Evelyn —respondió Elena, intentando mantener la compostura—. ¿Dónde estáis? ¿Seguís en Florida?

Evelyn guardó silencio un instante antes de contestar, haciendo un esfuerzo evidente por mantener la calma y no alterarse:

—No. Hace ya tres días que volvimos. Hemos estado hablando con el detective, con Mark.

Elena soltó un leve suspiro. Conocía demasiado bien a sus suegros —y especialmente a Evelyn— como para saber que, si habían estado a solas con el investigador, con total seguridad no habrían dejado su nombre en muy buen lugar.

—¿Y qué tal con él? —preguntó Elena, tratando de disimular su inquietud—. ¿Os pudo aclarar algo?

—¿Aclarar? —soltó Evelyn con un deje de ironía—. No, la verdad es que no.

Hubo una pequeña pausa en la línea hasta que la suegra lanzó la pregunta a bocajarro:

—Elena... ¿hay algo que nos quieras contar? ¿Algo que le hayas ocultado al detective?

—¿Pero cómo me dices eso, Evelyn? —replicó Elena, sintiendo cómo se le encendía la sangre—. Al detective le he contado absolutamente todo.

Evelyn no pudo morderse la lengua por más tiempo.

—Ya. Y también le habrás dicho que erais la pareja perfecta, ¿no?

—Perdona —la interrumpió Elena de inmediato—, pero yo jamás le dije al detective que fuéramos la pareja perfecta. Solo le dije que teníamos una relación normal, como la de cualquier otra pareja.

—Ya —volvió a atajarla Evelyn con frialdad—. ¿Y los enfados que tenías con él? ¿Y los desprecios que le hacías a mi hijo, que muchas veces se tenía que venir aquí a dormir a nuestra casa? ¿Eso también se lo contaste?

—Si su hijo se enfadaba algunos días y decidía irse a su casa, era porque él quería —respondió Elena con firmeza, apretando el auricular—. Yo jamás le eché de nuestra casa.

—Bueno, como tú quieras, Elena... —sentenció Evelyn, dando la discusión por terminada con tono despectivo.

Elena, exhausta y sin fuerzas para seguir discutiendo en la última noche del año, intentó cerrar la conversación con educación:

—Bueno... pues que paséis una buena salida de año. Felices fiestas.

—Felices fiestas pasaríamos si nuestro hijo estuviera aquí con nosotros —sentenció Evelyn con amargura.

Sin añadir una sola palabra más, Elena separó el teléfono de su oreja y cortó la llamada de golpe.

Tras cortar la llamada, Elena dejó el móvil con fuerza sobre la encimera de la cocina; el golpe seco resonó en toda la estancia.

Su madre, que la observaba desde la mesa mientras terminaba de colocar los cubiertos, la miró con preocupación.

Había llegado a oír el tono elevado de una mujer al otro lado de la línea.

—Has estado hablando con Evelyn, ¿verdad? —preguntó la madre.

—Sí, con la madre de Joshua —respondió Elena con un resoplido de frustración, pasándose una mano por la frente.

—¿Y qué tal? ¿Cómo está? —inquirió su madre con cautela.

Elena se giró hacia ella, esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo y soltó una risa amarga:

—Pues tan agradable como siempre, mamá. Tan agradable como siempre.

Al dar las doce de la noche, una explosión de fuegos artificiales invadió por completo el cielo de Nueva York.

Elena, desde detrás del gran cristal del salón del apartamento de sus padres, contemplaba los destellos de luz que iluminaban la oscuridad.

No podía dejar de pensar en que, exactamente un año atrás, había celebrado la Nochevieja en ese mismo salón, pero cogida de la mano de Joshua.

Habían sido unas Navidades extremadamente especiales: su hijo pequeño, Álex, acababa de nacer y los dos pasaban las horas haciendo planes, mirando catálogos de casas para mudarse a las afueras y dejar atrás el bullicio de la gran ciudad.

Doce meses atrás, todo indicaba que la vida les sonreía y que el futuro solo traería cosas mejores.

Sin embargo, ahora se miraba al espejo un año después y la realidad era desgarradora. Joshua estaba desaparecido y ella se veía de nuevo viviendo en casa de sus padres. Una lágrima silenciosa recorrió su mejilla.

John, su padre, se percató de su gesto desde el sofá y se acercó despacio para ponerle una mano sobre el hombro. Elena se limpió la lágrima con el dorso de la mano antes de darse la vuelta.

—Me voy a dormir —murmuró con la voz quebrada.

Se acercó a la cuna, cogió en brazos a Álex, de tan solo un año, y se lo llevó a la habitación para acostarlo con ella. Antes de abandonar el salón, se giró hacia su madre:

—Mamá, que Sara no se acueste muy tarde, por favor.

—No te preocupes, cariño —respondió su madre con dulzura—. Estaremos un ratito más con ella viendo los fuegos y en cuanto terminen la llevo a la cama.

El 1 de enero amaneció festivo y envuelto bajo un suave manto blanco.

Tal y como habían anunciado los pronósticos, las temperaturas se habían desplomado durante la madrugada y la nieve había hecho acto de presencia en la metrópoli.

Elena se levantó, se acercó a la ventana y contempló la ciudad salpicada de blanco.

No es que hubiera una ventisca cerrada todavía, pero los primeros copos caían con firmeza y los tejados y parques ya lucían cubiertos de nieve.

—¡Mira, mami, está nevando! —exclamó su hija Sara, de cuatro años, dando pequeños saltos mientras pegaba la nariz al cristal.

—Sí, mi amor, sí... Qué bonito —respondió Elena, dibujando una sonrisa forzada.

—Ojalá estuviera papi para verlo... ¿Cuándo vendrá? —preguntó la pequeña mirando a su madre con ojos inocentes.

A Elena se le encogió el corazón, pero agachó la cabeza para ponerse a su altura y le acarició suavemente la mejilla.

—Pronto, cariño, pronto... —le respondió a su hija, forzando una sonrisa consoladora.

Sin embargo, por dentro se estaba derrumbando.

Elena sabía perfectamente que hoy era lunes 1 de enero y que, exactamente hoy, se cumplía una semana entera desde que su marido había desaparecido sin dejar el menor rastro.

Una semana. Una larguísima y agónica semana en la que apenas había conseguido conciliar el sueño unas pocas horas, aplastada por la incertidumbre y el agotamiento.

En ese preciso instante, el teléfono móvil de Elena comenzó a sonar sobre la mesa. En la pantalla aparecía el nombre de su jefe, Kevin.

—Feliz Año Nuevo, Elena —saludó Kevin al otro lado de la línea.

—Gracias, Kevin. Igualmente —contestó ella, tratando de sonar entera.

—Oye, escucha, Elena —continuó su jefe con tono comprensivo—. Si necesitas tomarte algunos días más libres, no te preocupes en absoluto. Aquí en la cafetería las cosas están bastante tranquilas. No hace falta que te incorpores hoy; tómate el tiempo que necesites con tu familia.

—No, no, Kevin —reaccionó Elena de inmediato, casi con desesperación por agarrarse a la rutina—. Me preparo ahora mismo y voy para el turno de tarde. De verdad, necesito ir a trabajar para despejarme un poco.

Al otro lado de la línea, Kevin suspiró brevemente antes de aceptar:

—Bueno, de acuerdo, como tú quieras. Aquí te espero entonces.

Kevin colgó el teléfono, guardó el móvil en el bolsillo de su delantal y cogió un trapo limpio para repasar la barra.

En el fondo, tras la insistencia de Kevin por la mañana para que Elena no se incorporase tan pronto, se escondía una razón mucho menos altruista de lo que parecía. No es que fuera un hombre malintencionado, pero sí un dueño preocupado ante todo por la reputación de su negocio.

Kevin conocía de sobra el circo mediático que se armaba en cuanto la prensa husmeaba cerca de un suceso trágico.

Sabía que tener a Elena de cara al público en esos momentos convertiría la cafetería en un reclamo para el morbo de los clientes y en un imán para las cámaras de televisión, algo que podía dañar seriamente la imagen y la tranquilidad del establecimiento que tanto le había costado mantener.

Por eso se había mostrado tan incisivo —casi agobiante— al insistirle tanto por teléfono en que se tomase unos días más, o incluso unas semanas, si le hacía falta.

En su cabeza, si lograba convencerla de quedarse en casa un tiempo, el interés periodístico terminaría por enfriarse y las aguas volverían a su cauce, permitiendo que ella regresara en un ambiente mucho más calmado.

A Kevin no le quedaba más remedio que aguantar el tirón, consciente de que sus intenciones de proteger el negocio por puro egoísmo no habían servido de nada frente a la determinación de su empleada.

En ese momento, la puerta principal se abrió y un hombre joven, de origen latino y vestir pulcro cruzó la puerta y entró al local, se dirigió directamente a la esquina más alejada de la barra.

Era una maniobra calculada para situarse fuera del alcance de las miradas curiosas del resto del personal. En ese turno de mañana, como apenas había movimiento y la clientela era mínima, tan solo se encontraban en el establecimiento un empleado tras el mostrador y el propio Kevin.

Aprovechando que el dueño andaba cerca, alzó la mano con un gesto sutil para captar su atención. Su intención era clara: llamar a Kevin y conseguir que se apartara del empleado para poder hablar con él a solas, con total discreción y sin levantar sospechas entre el personal.

—¿Kevin? —preguntó.