La Navidad que se detuvo Capítulo 14 El swing perfecto
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Capítulo 14 El swing perfecto

En ese momento, Mario llamó suavemente a la puerta e ingresó en la oficina portando un sobre de manila.

Mark se despidió de su hijo, colgó el auricular y dirigió la mirada hacia su compañero.

—¿Qué tenemos, Mario?

—Ya han terminado el volcado y el análisis completo del teléfono móvil de Joshua —explicó el agente latino mientras se acercaba al escritorio.

—¿Han encontrado algo que pueda arrojar luz sobre la investigación? —preguntó Mark, irguiéndose en la silla.

Mario negó con la cabeza, poco optimista.

—En absoluto, jefe. Hay miles de fotografías, pero casi todas son de su trabajo: obras de edificación, remates, pequeños desperfectos que debía subsanar...

Prácticamente todo sobre sus proyectos. En cuanto a las aplicaciones de mensajería, el patrón es el mismo: conversaciones con compañeros de obra o con su mujer, Elena.

Mensajes habituales avisándo le de que llegaría tarde o preguntando por los niños; cosas normales de pareja.

Mario hizo una breve pausa antes de añadir un matiz:

—Lo único reseñable son algunas discusiones.

Cuando Elena le pedía que hiciera algún recado y Joshua le respondía que andaba desbordado en el trabajo pero que intentaría sacar tiempo a la salida, ella reaccionaba de forma bastante borde.

Se nota en los mensajes que el verse sobrecargada con la casa la agobiaba; solía zanjar los temas con un «vale», un «tú verás» o un escueto «haz lo que quieras».

Joshua, por su parte, siempre intentaba destensar la situación respondiéndole cosas como «bueno, no te enfades, mujer, veré si me da tiempo», evitando la discusión a toda costa.

Se nota que Elena tiene un carácter bastante temperamental.

Aparte de eso, alguna foto íntima que ella le había enviado a su marido y poco más. Nada sospechoso.

Sin embargo, fue entonces cuando Mario dio un paso al frente y depositó el sobre que llevaba sobre la mesa.

Mark lo abrió y extrajo las impresiones fotográficas de la vigilancia.

En la imagen principal se apreciaba a Elena en una mesa de la cafetería, mientras un hombre desconocido para Mark le cubría afectuosamente la mano sobre la mesa.

—Vaya, vaya... —murmuró Mark con una sonrisa calculadora—. Buen trabajo, Mario. ¿Quién es él?

—Se llama Norman Briggs, un compañero de su turno en la cafetería.

Mark examinó la toma con detalle, observando el contacto físico entre ambos.

—Parece que aquí hay algo más que una simple relación de compañeros de trabajo...

Sin apartar los ojos de la imagen, Mark abrió el cajón principal de su escritorio y sacó una pelota de golf pulcra, guardada casi como un amuleto. Estaba serigrafiada y firmada con trazo firme por el legendario Tiger Woods.

Mark empezó a juguetear con la pelota entre los dedos y miró a Mario con complicidad.

—¿Sabes con quién he quedado mañana sábado para jugar al golf?

Mario, que ya intuía por dónde saldría su superior, dibujó una ligera sonrisa.

—Con el juez Jimmy, imagino.

—Exacto —asintió Mark, guardando la pelota de vuelta en el cajón y dándole un golpecito de satisfacción—. Y creo que ha llegado el momento perfecto para volver a proponerle el pinchazo telefónico.

Era la una del mediodía de un soleado sábado 30 de diciembre.

Se habían cumplido ya seis días de la desaparición de Joshua y cada dia que transcurría corría implacablemente en su contra.

En aquel exclusivo campo de golf se encontraban el detective Mark, Jimmy —el juez con el que días atrás había consultado la posibilidad de pinchar la línea telefónica— y un par de amigos más del club.

Habían quedado allí a las nueve de la mañana y, tras una intensa jornada recorriendo uno a uno todos los hoyos que el campo ofrecía, comenzaban a recoger el equipo para marcharse.

Jimmy miró a Mark mientras guardaba uno de sus palos en la bolsa.

—Hoy lo hemos dado todo en el campo, Mark —comentó el juez, ajustándose la visera—. Para el lunes han anunciado una bajada drástica de las temperaturas y la llegada inminente de la nieve, así que este era el último día para aprovechar la mañana al máximo.

Lo más probable es que para el próximo sábado, y prácticamente todos los fines de semana de los próximos tres meses, todo este campo de golf esté cubierto por un manto blanco de nieve impenetrable.

Mark asintió en silencio, sabiendo que el invierno no solo congelaría los hoyos del club, sino que amenazaba con sepultar bajo el hielo cada rastro y pista que necesitara descubrir para resolver la desaparición de Joshua.

La nieve lo entorpecía todo: el tráfico, el tránsito de las personas y, como no, la investigación que llevaba a cabo.

—Pero bueno —respondió Mark, tratando de poner buena cara—, como tú dices, lo hemos dado todo y hemos aprovechado bien la mañana.

—Así es —asintió Jimmy mientras subía al carrito de golf.

Al sentarse a su lado en el vehículo, Mark echó mano a una carpeta que había llevado consigo durante toda la mañana y que había mantenido guardada en la parte trasera del carrito.

Había preferido no tocar el tema hasta que concluyeran la partida; sabía de sobra que a Jimmy, como a cualquier otro profesional en su día de descanso, le molestaba profundamente que lo interrumpieran con asuntos de trabajo.

Por eso, esperó pacientemente al momento de poner rumbo a los vestuarios para cambiarse.

Jimmy miró la carpeta sobre el regazo del detective y alzó una ceja.

—¿Trabajo, Mark?

—No solo hemos dado todo en la pista de golf, Jimmy —respondió Mark con una leve sonrisa—. También en el trabajo.

El juez lo observó con curiosidad.

—¿Se trata del caso por el que me llamaste hace unos días? ¿Lo del permiso para pinchar la línea telefónica?

Mark afirmó con la cabeza.

—Por favor, échale un vistazo.

Jimmy tomó los folios y empezó a hojearlos con rapidez pero con ojo clínico.

Revisó los detalles de la extraña desaparición, el elevado valor de la residencia de los Miller y la abultada póliza del seguro de vida del marido.

Además, Jimmy ya estaba al tanto por los informativos de televisión de que la hipótesis principal que apuntaba al ataque del oso había quedado completamente descartada.

El juez lo tenía bastante claro, pero fue en ese preciso instante cuando Mark sacó un segundo sobre que guardaba celosamente y se lo extendió.

—¿Y esto qué es? —preguntó Jimmy, frunciendo el ceño.

—Como te he dicho, vengo con todo —replicó Mark con serenidad.

Jimmy abrió el sobre y sacó una fotografía reciente. En ella se apreciaba con claridad a Elena sentada en una mesa de la cafetería y a un hombre maduro sujetándo le la mano por encima de la mesa.

—¿Es Elena? —preguntó Jimmy, clavando la mirada en la imagen.

—Sí —asintió Mark.

—¿Y el otro individuo?

—Un compañero de trabajo —reveló Mark.

Jimmy volvió a mirar la instantánea, luego levantó los ojos hacia el detective y esbozó una mueca de asombro.

—Vaya... Sí que vas con todo, Mark.

Mark sonrió de medio lado.

—¿Tenemos entonces el pinchazo telefónico?

Jimmy reunió todos los documentos, guardó la fotografía y cerró la carpeta de golpe para llevársela directamente a su despacho.

—Sí. No creo que haya ningún problema, Mark. Ojalá fueras la mitad de bueno jugando al golf de lo que eres en tu trabajo.

Mark   soltó una carcajada limpia miró al juez, sopesando las palabras mientras contemplaba el campo en silencio, y dijo:

—¿ Sabes por qué me gusta tanto el golf ?

, Porque se parece demasiado a una investigación.

Nunca hay dos casos iguales, ya sea una desaparición o un asesinato.

Y con el golf pasa exactamente lo mismo: jamás juegas igual los mismos hoyos.

No importa lo bueno que sea tu swing ni lo limpio que golpees la bola; si el viento cambia, te toca rehacer la jugada y adaptar la estrategia si no quieres acabar metido en la arena.