La Navidad que se detuvo Capítulo 13 Norman Briggs
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Capítulo 13 Norman Briggs

Necesitaba salir. Necesitaba que el aire frío de diciembre le diera en la cara.

Cruzo el paso al cruzar el portal, temerosa de encontrarse de frente con algún fotógrafo o un micrófono de la prensa, pero la calle estaba tranquila.

Era una dia  cualquiera en su barrio de Nueva York: vecinos cargando bolsas, coches avanzando despacio y el bullicio habitual de la ciudad ajeno a su tragedia personal.

Un alivio repentino le recorrió el pecho.

Caminó sin rumbo fijo durante unos minutos hasta que se dio cuenta de que se encontraba a apenas cinco minutos a pie de la cafetería donde trabajaba.

La idea de hablar con rostros conocidos —personas que no fueran ni familiares compungidos ni policías haciéndole preguntas incriminatorias— se le antojo un oasis.

Decidió hacerles una pequeña visita.

Al empujar la puerta de cristal, el tintineo de la campana anunció su entrada. Detrás de la barra, secando unas tazas, su jefe alzó la vista.

—¡Elena! —exclamó con sorpresa.

Dejó el trapo de inmediato, rodeó el mostrador a pasadas rápidas y la envolvió en un abrazo cálido y sincero.

—¿Cómo estás, cielo? ¿Cómo te encuentras? —le preguntó separándose solo lo justo para mirarla a los ojos con genuina preocupación.

—Desubicada... —admitió Elena con una sonrisa esquiva y la mirada cansada—. Con la cabeza en cualquier parte, la verdad.

—Escúchame —le dijo su jefe, tomando sus manos entre las suyas—. Sé que tenías programado volver al turno de tarde el primero de enero, pero no te preocupes por eso.

Si necesitas más días, tómate los. Tómate todo el tiempo que haga falta, comprendo perfectamente la situación.

Elena negó con la cabeza de inmediato, tajante.

—No, de verdad. Lo que más necesito ahora mismo es volver a trabajar. Necesito tener la mente ocupada en algo, estar aquí me va a hacer bien.

Su jefe la observó con comprensión y asintió despacio.

—Bueno, piénsalo con calma estos días. Si ves que no estás con fuerzas para incorporarte, solo tienes que llamarme y te doy una semana más, o las que necesites.

—Muchas gracias —respondió Elena, sintiendo un nudo en la garganta ante el gesto.

Su jefe siempre había sido un hombre excepcionalmente comprensivo y el ambiente en el local era sencillamente magnífico.

La cafetería era un establecimiento amplio y luminoso de unos 120 metros cuadrados, situado casi en el corazón de Nueva York, donde la clientela se contaba por cientos a lo largo de cada jornada.

Aparte del propio Kevin —el dueño—, el equipo lo integraban seis empleados que se repartían en pulcros turnos de mañana y tarde.

Toda esa camaradería diaria entre los compañeros y, sobre todo, la excelente relación que mantenía con su compañero habitual de turno, hacían que las horas allí volaran.

Era un trabajo que a Elena, francamente, le apasionaba.

Mientras Elena terminaba de hablar con Kevin, la puerta trasera de acceso exclusivo para los empleados se abrió. De ella salió un hombre vistiendo ya ropa de calle tras haber concluido su turno de mañana en la cafeteria: era Norman Briggs.

A sus cuarenta y cinco años, Norman era la viva imagen de la dejadez física y la resignación.

La línea del cabello se le había retirado de forma pronunciada dejando al descubierto unas enormes entradas, su piel clara lucía varios granos rebeldes en mejillas y barbilla, y una prominente panza cervecera amagaba siempre con tensionar la ropa.

Tenía ese aire inconfundible de soltero empedernido, no por elección propia, sino por la pura indiferencia que siempre había recibido del sexo opuesto.

Vivía solo a las afueras, en un claustrofóbico apartamento de apenas 30 metros cuadrados con un salón-comedor, una minúscula cocina, un baño diminuto y una sola habitación.

Sin embargo, detrás de ese aspecto poco agraciado, Norman profesaba una devoción sincera por Elena: siempre servicial, era quien pasaba a buscarla en coche por su urbanización hacia el trabajo cuando Joshua no podía llevarla.

Al alzar la vista y descubrir a Elena en mitad del local, a Norman se le iluminó el rostro. Se acercó a ella a pasos rápidos y la envolvió en un cálido abrazo.

—¡Dios mío, Elena! ¡Qué sorpresa! —exclamó con emoción contenida.

Elena correspondió al abrazo con fuerza, sintiendo un reconfortante refugio en su compañero.

—¿Cómo estás, Elena? —preguntó Norman al separarse, para corregirse de inmediato al ver su rostro apagado—: ¡Ay, perdóname! ¡Qué pregunta tan tonta te hago! ¿Cómo vas a estar después de todo por lo que estás pasando?

—No te preocupes, Norman... —respondió ella con una leve sonrisa de cansancio—. Bueno, lo voy sobrellevando. Parece un mal sueño que no tiene fin.

Norman puso gesto de pesadumbre y comenzó a explicarse con cierto nerviosismo:

—No he podido escribirte estos días por mensajería...

Como ya sabías que venía fallándome el móvil, al final el 24 de diciembre al mediodía lo llevé al puesto del centro comercial donde reparan teléfonos.

No me lo devolvieron hasta el día 26. Ese mismo día te escribí varios mensajes, pero supongo que no los has visto.

—Ay, lo siento mucho, Norman —se disculpó Elena negando con la cabeza—. La verdad es que no he mirado casi los mensajes estos días. Bastante he tenido con responder a las continuas llamadas de la policía e incluso, últimamente, al acoso de la prensa.

Norman la miró con profunda empatía y le hizo un gesto hacia las mesas del fondo.

—Oye, ¿por qué no nos sentamos un momento aquí, como dos clientes normales, y charlamos un rato?

Elena asintió agradecida. Kevin, al verlos caminar juntos hacia una de las mesas junto al ventanal, les ofreció con una sonrisa servirles un par de cafés. Ambos aceptaron encantados y se acomodaron frente a frente para hablar con tranquilidad.

Ambos se acomodaron en la mesa junto al ventanal.

Norman, buscando romper el hielo de forma suave, le preguntó por los niños y por cómo lo estaban llevando.

Elena soltó un leve suspiro y le contó que estaban bien dentro de lo que cabe; a la mayor le había dicho que su padre estaba ayudando a la policía a cazar un oso en el bosque.

Norman asintió, recordando las imágenes que habían emitido en la televisión.

Le contó que había visto en las noticias cómo varios hombres cargaban al oso sedado en una camilla especial para meterlo dentro del helicóptero — y cómo, en los últimos informativos, habían confirmado que los análisis descartaban que el oso hubiera atacado a ninguna persona.

Elena le confirmó que así era.

—La verdad es que te has vuelto bastante famosa estos días... —comentó Norman casi sin pensar.

Tan pronto como las palabras salieron de su boca, se arrepintió profundamente. Vio cómo la expresión de Elena se ensombrecía de inmediato y bajaba la mirada, fijándola en la mesa.

—Perdóname, Elena... —se apresuró a decir Norman, poniéndose rojo—. Ya sabes que siempre meto la pata.

—No te preocupes, Norman —respondió ella, alzando levemente los ojos—. Sé perfectamente que no hay mala fe en tus palabras.

Y era la verdad. Norman, que casi toda su vida había sido un hombre antisocial y con muy pocos amigos, a veces no sabía gestionar las distancias.

El ambiente de la cafetería y, sobre todo, la oportunidad de compartir espacio con una mujer tan atractiva como Elena, siempre le generaban un nerviosismo soterrado que lo llevaba a cometer torpezas.

Hacían una pareja de amigos bastante atípica.

De hecho, en los trayectos en coche cuando él la pasaba a buscar por su urbanización, Norman solía mantenerse en silencio la mayor parte del camino para no decir nada fuera de lugar.

Su gran temor era estropear la amistad con ella.

Cuando se enteró meses atrás de que Elena se mudaba a las afueras, le entró un pánico terrible pensando que dejaría el trabajo; estar a su lado en la cafetería era, sin duda, lo que le alegraba la vida.

Para cambiar de tema, Elena se interesó por él:

—¿Y tú qué tal las Navidades, Norman? ¿Qué tal lo pasaste en casa de tus padres?

—Pues al final no fui —confesó Norman encogiéndose levemente de hombros—. Decidí quedarme en mi piso. Me enteré de que mi hermana iba a ir con su nuevo novio... Ya sabes que la relación con mi hermana no es muy buena y no tenía ninguna gana de aguantar la cena ni de que me presentara al novio.

Norman la miró con preocupación y le devolvió la pregunta, queriendo saber cómo llevaba ella la soledad en la casa sin Joshua.

Elena le explicó que llevaba ya varios días instalada en casa de sus padres.

Estar en su propia casa sin Joshua le daba un respeto enorme; desde que la compraron hacía seis meses, él siempre había estado allí con ella, y verse sola en mitad de esa inmensidad se le hacía extrañísimo.

Eso, sumado al miedo inicial de que hubiera un oso peligroso rondando la zona, la hizo armar las maletas.

Aunque ahora se supiera que lo del oso no entrañaba peligro, prefirió seguir refugiada con sus padres.

Elena le contaba todo con un tono apagado, arrastrando una profunda pena. Mientras sostenía la taza de café con una mano para darle un sorbo, tenía la otra mano apoyada de forma relajada sobre la superficie de la mesa.

Norman, al percibir su fragilidad y falta de afecto, quiso mostrarse cercano. Estiró el brazo y colocó suavemente su mano por encima de la mano de Elena que descansaba en la mesa, cubriéndola con la suya.

—Ya sabes, Elena... que aquí tienes un amigo para lo que necesites, siempre.

En cuanto sintió la mano de Norman posándose de esa manera sobre la suya, Elena reaccionó por puro reflejo instintivo.

Retiró la mano de debajo de la de Norman rápidamente, dejó la taza de café sobre la mesa y se puso en pie sin pensarlo dos veces.

Fue un movimiento drástico, impulsado por esa incómoda sensación de que Norman estaba cruzando una línea o intentando algo más, a pesar de que siempre había asumido que solo la veía como una buena compañera.

El gesto dejó a Norman petrificado en la silla.

—Disculpa, Elena... de verdad, no era mi intención —balbuceó él, completamente avergonzado.

—Tranquilo Norman...  —dijo Elena poniéndose en pie de forma apresurada—. Soy yo... que ahora mismo no sé ni dónde tengo la cabeza. Será mejor que me vuelva con mis padres. Discúlpame tú a mí.

—No te preocupes, Elena —alcanzó a decir Norman mientras la veía alejarse hacia la salida.

Elena se despidió rápidamente de Kevin desde la distancia y cruzó la puerta de la cafetería. Kevin, que lo había visto todo desde la barra, esperó a que la puerta se cerrara para acercarse a la mesa.

—¿Qué ha pasado, Norman? —preguntó el jefe con curiosidad.

Norman se limitó a encogerse de hombros con gesto abatido.

—Nada... Todavía está muy afectada por todo esto.

Kevin miró fijamente hacia la calle por el cristal y suspiró.

—Sí... No sé si es buena idea que vuelva a trabajar el primero de enero, tan pronto. La llamaré esa misma mañana a ver si puedo convencerla para que se tome unos días más.