La Navidad que se detuvo Capítulo 12 Las sombras de la mujer perfecta
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Capítulo 12 Las sombras de la mujer perfecta

Apenas acababa de dejar la americana sobre el respaldo de su silla cuando Mario, el agente de origen latino, entró en el despacho sosteniendo una carpeta de manila bajo el brazo.

—Mark, ya tengo aquí el informe que me pediste sobre Elena —anunció Mario mientras dejaba los papeles sobre el escritorio.

Mark alzó la vista y miró a su compañero con una ceja levantada y un matiz sarcástico en la voz.

—Ilústrame, Mario. ¿Qué has descubierto de Elena ?

—Elena no es tan perfecta como aparenta —soltó Mario cruzándose de brazos.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Mark, inclinándose hacia adelante.

—Tiene antecedentes en la ficha policial. Desorden público y resistencia a la autoridad durante su arresto —explicó Mario mientras Mark abría la carpeta.

Al ojear las primeras páginas, a Mark le llamaron la atención las dos fotografías de ficha policial adjuntas: Elena, seis años más joven, posando de frente y de perfil tras ser ficha en comisaría.

Mario continuó detallando los datos financieros y patrimoniales que había recabado.

—La casa donde viven actualmente está a nombre de los dos. Está valorada en 650.000 Dolares. Y hay algo más: Joshua tiene un seguro de vida a su nombre por valor de 300.000 Dolares .

Mark hojeó los informes minuciosamente. El móvil económico flotaba ahora sobre la mesa de forma clara y evidente; la fachada de familia ideal empezaba a resquebrajarse.

—Buen trabajo, Mario —dijo el detective, cerrando la carpeta—. Por cierto, ¿han llegado ya los análisis de laboratorio del oso y de la madriguera?

—Todavía no —respondió el agente latino negando con la cabeza—. Dijeron que los resultados tendrían que llegar hoy, como muy tarde a última hora de la tarde.

—¿Y revisaste las cámaras de la urbanización? —preguntó Mark, volviendo la atención hacia el.

Mario afirmó con la cabeza, aunque su gesto denotaba cierta frustración.

—Sí, jefe, pero nada de nada —explicó el agente latino—.

Revisé todas las propiedades colindantes.

La casa de la izquierda no tiene cámaras de videovigilancia.

La que está justo enfrente, al otro lado de la carretera, tampoco tiene ninguna instalada.

La vivienda de la derecha sí que tiene sistema de seguridad; revisé las imágenes junto a los propietarios, pero la cámara está orientada exclusivamente hacia su propio porche.

No capta nada de la parcela de los Miller.

Mark frunció el ceño, escuchando con atención mientras Mario continuaba.

—Luego me dediqué a recorrer el resto de las calles de la urbanización por si encontraba algo más. Solo di con tres cámaras en todo el trayecto y las tres estaban enfocando directamente hacia sus respectivos jardines Interiores; ni siquiera alcanzaban a grabar la carretera.

—Ya veo... —exclamó Mark con un profundo suspiro, frotándose la barbilla, viendo cómo se cerraba otra posible vía de pistas visuales.

Mark dejó los informes sobre la mesa, se echó hacia atrás en la silla y miró fijamente a su compañero.

—Mario, ¿crees que podrías hacerle un seguimiento discreto a Elena? —le preguntó, evaluando la reacción del agente.

Mario no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa de oreja a oreja.

—Dalo por hecho, jefe —respondió de inmediato, sin ocultar su entusiasmo.

La verdad era que a Mario le aburría mortalmente el papeleo y el trabajo de oficina. Para él, una oportunidad de salir a la calle a hacer un seguimiento real era el escenario perfecto, justo la clase de acción que necesitaba para quemar adrenalina y despejarse del encierro.

La mañana pasó sin más novedades y, al mediodía, Mark salió a comer a un restaurante cercano a la comisaría. Regresó sobre las cuatro y media de la tarde. En cuanto cruzó la entrada, una de las agentes le informó de que había un matrimonio esperándolo en su despacho.

Mark frunció el ceño.

—¿Quiénes son? —preguntó.

—Son los padres de Joshua —respondió la mujer policía.

Mark asintió en silencio, se dirigió hacia su oficina y abrió la puerta. Al verlos, se acercó a estrecharles la mano con cortesía.

—Perdonadme. Si hubiera sabido que estabais aquí esperándome, no me habría demorado tanto en la comida.

—No se preocupe, detective —respondió el padre, tratando de mantener la compostura.

Arthur Miller  era un hombre de unos sesenta y cinco años, de tez clara, silueta enjuta y cabello canoso peinado con estricta raya al lado.

Sus rasgos eran afilados y sus ojos azules, ocultos tras unas gafas de montura metálica fina, transmitían una mezcla de disciplina y agotamiento.

Iba vestido con un estilo clásico e impecable que delataba su mentalidad metódica: llevaba un abrigo de paño azul marino de corte ajustado sobre un jersey de cuello alto en tono beige, pantalones de vestir gris marengo y zapatos de piel negros perfectamente pulidos.

Arthur era un hombre comedido, pero su postura erguida y sus manos fuertemente entrelazadas delataban la rabia contenida que llevaba dentro.

—¿En qué os puedo ayudar? —les preguntó Mark tomándoles asiento.

La madre, incapaz de contener la angustia, interrumpió de golpe.

Evelyn Miller, de sesenta y dos años, era una mujer de rostro pálido y expresión dura, marcada por profundas ojeras que contrastaban con su peinado rubio ceniza, cuidadosamente moldeado para la ocasión.

Su actitud revelaba a una persona acostumbrada a mantener las apariencias, pero el dolor la tenía al borde del colapso.

Lucía un elegante abrigo de lana color camel con cuello de visón sintético, un pañuelo de seda estampado al cuello y unos guantes de piel marrón que no dejó de retorcer durante toda la conversación.

Completaba su atuendo con un bolso de mano de marca discreta pero costosa.

A diferencia de la contención de su marido, Evelyn era pura emoción a flor de piel: amargada, tajante y dispuesta a todo con tal de señalar a quien creía culpable.

—¿Hay alguna novedad? ¿Se sabe ya algo de lo que le ha pasado a nuestro hijo?

Mark decidió ser totalmente sincero con ellos.

—De momento, nada definitivo. Teníamos como sospechoso principal al oso, pero a falta de los resultados finales del laboratorio —en los que hay un porcentaje muy bajo de que el animal sea el culpable—, la realidad es que no tenemos absolutamente nada sólido.

La Evelyn apretó el bolso contra su regazo y volvió a la carga.

—¿Y Elena? ¿Habéis hablado con ella?

—Por supuesto —contestó Mark—. Además, estoy en contacto constante con ella.

—¿Pero la habéis investigado bien? —insistió la madre con un evidente tono represivo y cargado de sospecha.

Mark, que ya intuía perfectamente por dónde iban los tiros, la miró con serenidad.

—A estas alturas cualquiera puede ser sospechoso. No he descartado a nadie de mi lista y la investigación apenas está comenzando.

El padre tomó entonces la palabra y fijó sus ojos en el detective.

—¿Le ha preguntado a Elena cómo era realmente su matrimonio?

Mark hizo memoria. Recordaba perfectamente haberle formulado esa misma pregunta tanto a ella como a su padre, John, e incluso haberles indagado sobre su situación económica. En su momento, ambos le aseguraron que todo marchaba sobre ruedas y que no existía ningún tipo de problema.

—¡Mentirosos! —estalló de repente la madre, alzando la voz—. ¡Son una panda de mentirosos!

Mark guardó silencio, observándola con atención.

—Por favor, cariño, tranquilízate... —pidió el marido, poniéndole una mano en el hombro.

—¡Es que lo son! —siguió la mujer, fuera de sí—. ¡Una panda de mentirosos!

—¿Qué sucede? —preguntó Mark, inclinándose hacia adelante sobre su escritorio.

—Hace un mes mi hijo vino tres días seguidos a dormir a nuestra casa —reveló la madre, con los ojos llenos de rabia y dolor—. Había tenido una discusión enorme con Elena... y no era, ni de lejos, la primera vez que discutían.

—¿La relación entre ellos no iba bien entonces? —indagó Mark.

—Elena es extremadamente temperamental. Además de soberbia, orgullosa y una maleducada —sentenció la mujer con firmeza—.. Estoy completamente segura de que detrás de la desaparición de mi hijo está ella. Algo tiene que ver, estoy convencida.

Mark alzó ligeramente las manos en un gesto apaciguador, buscando rebajar la tensión que llenaba el despacho.

—Evelyn, por favor, intente tranquilizarse —le pidió el detective con tono pausado pero firme—. Le aseguro que estamos analizando absolutamente todos los ángulos.

Sintiendo que la conversación tocaba a su fin, Mark sacó una libreta y les pidió sus números de teléfono para mantenerlos informados directamente de cualquier novedad, al tiempo que les entregaba su tarjeta personal.

Antes de que se levantaran de las sillas, el detective les hizo una advertencia directa.

—Les voy a pedir un favor importante: por el momento, eviten cualquier contacto tanto con Elena como con su familia.

Dejen que nosotros hagamos nuestro trabajo.

Si empiezan a surgir enfrentamientos directos entre ustedes, lo único que lograremos será entorpecer la investigación y enturbiar el proceso. No va a salir nada bueno de ahí.

Evelyn asintió de inmediato con la barbilla erguida y la mirada endurecida.

—Por mi parte no hay ningún problema, detective —sentenció la mujer sin dudarlo—. No quiero saber absolutamente nada de esa familia. Lo único que me importa y por lo que rezo cada segundo es para que mi hijo aparezca sano y salvo.

A su lado, Arthur miró a su esposa con una mueca disimulada de desagrado.

No es que no compartiera el rencor de Evelyn hacia su nuera o dudara de sus palabras, sino porque era consciente de una realidad inevitable: había dos nietos de por medio.

Los pequeños llevaban su propia sangre y, pasara lo que pasara con Joshua, la sombra de Elena seguiría ligada a sus vidas para siempre.

Los padres de Joshua abandonaron la comisaría dejando tras de sí un denso rastro de amargura.

Mark se quedó a solas en el despacho, hundiéndose en su sillón de cuero, pensativo.

Dejó pasar las horas revisando notas dispersas y haciendo tiempo, a la espera de que llegaran por fin los ansiados informes del laboratorio.

A última hora de la tarde, el teléfono móvil sobre su mesa comenzó a vibrar. En la pantalla parpadeaba el nombre de George.

—Dime, George —contestó Mark de inmediato, nada más ver de quién se trataba.

—Ya tenemos los resultados completos, Mark —habló el zoólogo al otro lado de la línea—. Hemos analizado minuciosamente al oso —sus garras, el pelaje y los dientes— y también hemos procesado hasta el último resto de basura que sacaste de la cueva.

Mark se incorporó en la silla, conteniendo el aliento.

—¿Habéis encontrado algún rastro biológico de Joshua?

—Negativo. Absolutamente nada —sentenció George con claridad—. Solo hay restos de basura urbana, tierra y materia orgánica vegetal. Nada de ADN, ni sangre, ni tejidos humanos; ni en la guarida, ni en los desperdicios, ni en las garras del animal.

Al escuchar aquellas palabras, Mark dejó ir una profunda bocanada de aire. Una oleada de alivio recorrió su cuerpo. Por fin podía cerrar de forma definitiva la vía del maldito oso y dejar atrás la pesadilla de aquella segunda madriguera nauseabunda en la que le había tocado arrastrarse.

—Menos mal... —murmuró el detective, para luego añadir—: ¿Y qué vais a hacer con el animal?

—De momento lo trasladamos a una reserva  temporal —explicó George—. En unos días, cuando se recupere del todo del estrés y la sedación, lo reubicaremos en un parque natural mucho más amplio y alejado de zonas urbanas. El pobre animal ya ha sufrido bastante por nuestra culpa.

Mark sonrió levemente, sintiendo un sincero respeto por el trabajo del zoólogo.

—Me alegro, George. La verdad es que ha sido un placer trabajar contigo.

—Digo lo mismo, Mark —respondió el científico con calidez—. Y, sobre todo, te agradezco que cumplieras tu palabra de no hacerle daño al oso. En cuanto saque un hueco libre de todo este papeleo,  nos tomamos algo juntos para despedirnos como es debido.

—Hecho. Quedamos en eso.

Se despidieron con la cordialidad de dos profesionales que, en mitad del caos de una búsqueda a contrarreloj, habían sabido entenderse a la perfección y actuar con impecable rigor.