La Navidad que se detuvo Capítulo 11 El eco de las noticias
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Capítulo 11 El eco de las noticias

De fondo, la televisión del salón emitía el telediario local.

De pronto, la cabecera del informativo dio paso a una noticia de última hora: las imágenes mostraban el amplio dispositivo en la urbanización de los Miller y el espectacular momento en que subían a un enorme oso sedado a un helicóptero.

Acto seguido, la pantalla cambió a una periodista transmitiendo en directo desde la calle, parada justo delante de la fachada de la residencia de Elena.

Sara, la hija pequeña, que miraba atentamente el televisor desde el sofá, señaló la pantalla y miró a su madre.

—Mamá... ¿esa es nuestra casa?

Elena se acercó al salón con el trapo de cocina en la mano y forzó una leve sonrisa.

—Sí, mi amor, sí lo es.

La niña frunció el ceño, procesando las imágenes donde volvían a poner en bucle la escena del helicóptero elevándose con el animal.

—¿Y papá dónde está? —preguntó Sara con voz inocente—. ¿Por qué no está aquí con nosotros?

A Elena se le encogió el corazón. Tragó saliva y se agachó a la altura de su pequeña para no transmitirle su angustia.

—Papá está acompañando a los policías, ayudándoles a capturar al oso, cariño —le dijo para tranquilizarla.

—Ah, vale... —murmuró la niña, aparentemente calmada con la explicación, volviendo su atención a los dibujos que daban en otro canal.

John, el padre de Elena, que había presenciado la escena desde la mesa del comedor, miró a su hija con evidente molestia.

—¿Y el detective Mark no te ha llamado para decirte nada de esto?

—protestó—. ¿Nos tenemos que enterar por las noticias de que han capturado al oso?

Elena se quedó en silencio un segundo, sintiendo una mezcla de rabia e impotencia. Sacó el teléfono del bolsillo.

—Le voy a llamar ahora mismo —dijo tajante mientras marcaba el número del detective.

Al otro lado de la ciudad, Mark acababa de salir de la ducha.

Llevaba más de dos horas metido bajo el agua caliente frotando la piel con desesperación, intentando quitarse de encima el nauseabundo olor a basura y descomposición que se le había pegado tras rastrear la madriguera.

Al secarse, vio la pantalla de su teléfono iluminarse con el nombre de Elena.

Suspiró; sabía perfectamente el motivo de la llamada.

—¿Sí, Elena? —contestó al descolgar.

—Mark, ¿Así es como funciona vuestra investigación? —preguntó Elena con tono recriminatorio—. ¿Tengo que enterarme por el telediario de que habéis dado caza al oso?

—Elena, escúchame —respondió Mark con voz cansada pero firme—. No te he llamado porque no hay absolutamente ninguna novedad que darte. Tu marido todavía no ha aparecido. Y te puedo asegurar que me estoy dejando el alma en esto.

Al decir esto, a Mark se le vino a la cabeza la imagen de él mismo arrastrándose a pecho descubierto entre la mierda y los desperdicios de la cueva del oso apenas unas horas antes.

—Si hubiera algo definitivo que contar, serías la primera en saberlo —continuó el detective—. Lo primero que van a hacer los veterinarios es tomar muestras biológicas del oso y analizarlas en el laboratorio, y exactamente lo mismo haremos con todo lo recogido en la madriguera.

Elena recordó de pronto un detalle importante: no le había avisado a Mark de que ya no se encontraba en su domicilio habitual y que se había trasladado temporalmente a casa de sus padres.

Le explicó la situación: no aguantaba ni un segundo más en aquella casa; entre el despliegue por la captura del oso, el acoso incesante de la prensa y la angustiosa sensación de confinamiento que se respiraba en la urbanización, necesitaba salir de allí por su propia salud mental.

Mark escuchó en silencio y demostró una total comprensión ante su agobio.

—Lo entiendo perfectamente, Elena —le respondió el detective con tono sereno—. Es completamente normal dada la situación. Solo necesito que me des la nueva dirección para tenerte localizada en todo momento.

Elena le facilitó de inmediato la dirección exacta de la residencia de sus padres. Mark anotó los datos en su libreta y le agradeció sinceramente que se lo hubiera comunicado, remarcando lo crucial que era para la investigación tener registrado cualquier cambio de ubicación.

Elena hizo una pausa,, y cambió de tema por pura curiosidad.

—¿Qué van a hacer con el oso después de todo esto?

Mark fue totalmente sincero.

—Tanto si encontramos restos biológicos de Joshua como si no, al oso no lo van a sacrificar. Se lo van a llevar a una reserva natural protegida. Ese animal es demasiado grande para seguir viviendo en este bosque tan cercano a la urbanización.

De hecho, su enorme tamaño es lo que provocaba que bajara a las casas a buscar comida fácil en los contenedores, porque el alimento del bosque se le quedaba ya corto.

Elena escuchó la explicación en silencio, asimilando que la pista del animal se desvanecía y que la búsqueda de su marido volvía, trágicamente, al punto de partida.

Elena colgó el teléfono. Se quedó unos segundos con la mirada fija en la pantalla apagada, tratando de procesar las palabras del detective Mark, antes de volverse hacia la cocina.

Terminó de preparar la mesa de forma casi mecánica, moviendo los platos y los cubiertos con la mente atrapada por completo en la conversación que acababa de tener.

De pronto, el teléfono volvió a sonar en su mano, rompiendo el silencio.

Elena miró la pantalla y vio un número desconocido, sin registrar en su agenda. Respondió  la llamada con cierta duda y se llevó el auricular a la oreja.

—¿Sí? ¿Quién es? —preguntó.

—¿Elena Miller? —respondió la voz firme y pulcra de una mujer al otro lado de la línea.

—Sí, soy yo.

—Hola, Elena. Mira, soy Carol Carrington. Te llamaba en relación con la desaparición de tu marido y el posible ataque del oso. Quería saber si te apetecería hablar con nosotros en Cadena News Noticias, para que nos contaras un poco lo ocurrido, si es posible.

Elena se quedó completamente en silencio. Escuchar aquel tono profesional e inquisitivo la dejó helada.

Elena respondió con un tono apagado, arrastrando cada palabra por el cansancio.

—No... lo siento. Y por favor, no volváis a llamar.

Sin esperar respuesta, cortó la llamada. Se quedó congelada con el teléfono apretado entre las manos, sintiendo cómo un sudor frío le recorría la nuca.

Su madre, que la observaba desde la barra de la cocina con preocupación, rompió el silencio.

—¿Quién era, hija?

Elena alzó la vista, parpadeando despacio, como si le costara encajar la realidad de lo que acababa de suceder.

—Me llamaban de la tele... —dijo con un hilo de voz, sin podérse lo creer del todo—. Querían que saliera a hablar de la desaparición de Joshua.

Ver la imagen de su propia casa en el telediario, el helicóptero sobrevolando la zona y ahora esa llamada descarada de la prensa...

Todo se le estaba haciendo demasiado grande.

Elena sintió que el aire le faltaba por momentos.

Jamás, ni en sus peores pensamientos, imaginó que su vida acabaría expuesta de esa manera ante millones de desconocidos.

En ese instante, en la cocina de sus padres, solo deseaba una cosa: cerrar los ojos con fuerza, despertar de aquella pesadilla y encontrarse a su marido al lado, descubriendo que todo, absolutamente todo, no había sido más que un horrible y mal sueño.