Capítulo 10 La batida #2
El grupo se adentró finalmente en la penumbra del bosque, avanzando en formación cautelosa entre la hojarasca húmeda hasta posicionarse a unos trescientos metros de la madriguera.
El terreno era frondoso y el ambiente estaba cargado de un silencio pesado.
Uno de los agentes de apoyo de Mark arrodilló en tierra, ajustó la culata de la carabina de precisión cargada con el dardo anestésico y miró a través de la mirilla telescópica enfocando directamente hacia la oscura abertura entre las rocas.
—Nada, detective —susurró el agente sin apartar el ojo del visor—. La entrada está completamente despejada, no se ve ningún movimiento en el interior.
George se inclinó ligeramente hacia Mark y propuso una alternativa táctica.
—La mejor opción para hacer salir al oso es provocar su curiosidad —le indicó el zoólogo en voz baja—.
Si un guía con un perro rodea la zona por un lateral y se sitúa a unos doscientos metros, puede incitar al perro para que ladre.
Los osos son extremadamente curiosos; estoy convencido de que saldrá de la cueva a olfatear para ver qué ocurre.
Mark lo sopesó un segundo y asintió. Se volvió hacia uno de sus hombres y le dio la orden tajante de avanzar con uno de los perros de rastreo por el flanco izquierdo, manteniendo estrictamente la distancia de seguridad de doscientos metros, mientras el tirador permanecía inmóvil apuntando a la boca de la guarida.
Y tal como George lo había predicho, la estrategia funcionó.
Desde el lateral, el agente azuzó al perro, cuyos ladridos retumbaron entre los troncos de los pinos.
Pocos minutos después, una mole de pelaje oscuro asomó cautelosamente la cabeza por la abertura de la cueva, alzando el hocico e intentando atrapar la brisa para identificar el rastro del olor.
El animal comenzó a dar unos pasos hacia afuera, dejando al descubierto el torso. El tirador ajustó el dedo sobre el gatillo, pero George le puso una mano firme en el hombro.
—Aún no —le advirtió el zoólogo con un susurro tenso—. Hasta que no esté completamente fuera de la madriguera, mejor no disparar. Si el dardo lo sobresalta estando medio dentro, se refugiará en el fondo de la cavidad y no habrá forma de sacarlo.
Esperaron unos agónicos segundos hasta que el oso dio tres pasos más sobre la hojarasca.
¡Pffft!
El rifle emitió un silbido ahogado. El dardo impactó de lleno en el costado del animal.
El oso dio un brinco violento, soltando un rugido ahogado de dolor y confusión, como si sintiera la picadura repentina de una avispa gigante.
Preso del pánico, en lugar de internarse en la cueva, la bestia buscó refugio en lo más alto y comenzó a trepar a toda velocidad por el tronco de un pino cercano.
George palideció al instante.
—¡Maldita sea! —se lamentó el zoólogo con un gesto de pura angustia—.
Cuando el anestésico haga efecto completo y el animal pierda el conocimiento, si se precipita desde esa altura va a sufrir lesiones internas gravísimas o romperá la columna.
¿Y qué hacemos ahora, George? —le preguntó Mark, mirando hacia la mole peluda que comenzaba a dar cabezadas a nueve metros de altura.
—Hay que acercarse a la base del árbol e improvisar algo mullido donde pueda caer el animal sin lastimarse —respondió el zoólogo con urgencia, señalando el suelo con la linterna.
Mark arrugó el entrecejo, sopesando el riesgo evidente mientras miraba de reojo las afiladas garras de la bestia.
—¿Y qué pasa si el oso decide bajar del árbol antes de tiempo, se pone agresivo y salta sobre nosotros para defenderse?
Mark arrugó el entrecejo, mirando la copa del árbol con evidente preocupación táctica.
—George, si nos acercamos a la base del árbol estando el animal ahí arriba, puede ponerse agresivo y saltar sobre nosotros para defenderse.
—Confía en mi instinto, Mark —le respondió George con total aplomo—. La probabilidad de que eso ocurra es casi nula. Con toda la presencia humana que hay aquí y los perros rodeando la zona, el oso no va a bajar por nada del mundo hasta que el sedante lo deje completamente fuera de combate.
El equipo acortó distancias rápidamente hasta apostarse bajo el gran pino.
Arriba, encaramado a unos nueve metros de altura, el enorme mamífero empezaba a balancearse torpemente a medida que el potente químico invadía su torrente sanguíneo.
—¡Rápido, todo el mundo fuera las chaquetas!
—ordenó George enérgicamente a todos los agentes y guardabosques.
El zoólogo guio al equipo para improvisar una red de salvamento.
Los hombres se despojaron de sus abrigos y chalecos térmicos y los ataron con firmeza entre sí por las mangas, sujetando la prenda combinada entre seis personas para formar una especie de lona de amortiguación o cama elástica improvisada justo debajo de la vertical del animal.
Al mismo tiempo, los agentes que quedaban libres comenzaron a amontonar a toda prisa grandes montículos de hojas secas, matorrales y ramas blandas en el suelo para que el impacto fuera lo más esponjoso posible si la tela no lograba resistir todo el peso del animal.
Pasados diez minutos, el sedante hizo su efecto completo y el pesado cuerpo del animal se desprendió de la rama.
Cayó de golpe, pero la caída fue milagrosamente suave; la tensión de las chaquetas atadas y el enorme colchón de maleza amortiguaron el impacto de tal manera que, a primera vista, no parecía haber sufrido ninguna lesión grave.
En cuanto el oso tocó el suelo, lo primero que hizo George fue administrarle una dosis de refuerzo para mantenerlo profundamente dormido durante el traslado.
Mientras tanto, Mark llamó por radio a varios agentes que custodiaban el cordón policial para que acudieran de inmediato con una camilla de transporte pesado.
Entre todos subieron al enorme animal a la camilla.
Mientras los hombres se acomodaban para cargarlo, Mark se agachó y le hizo una rápida inspección preliminar.
Echó un vistazo a sus fauces y a las garras: a simple vista no se apreciaban restos de sangre ni tejidos, aunque el pelaje y las uñas acumulan abundante suciedad que requeriría un análisis de laboratorio exhaustivo.
Para asegurar la salud del animal y procesar las muestras biológicas, la camilla fue trasladada a una zona despejada cerca de la urbanización, donde un helicóptero del servicio de fauna ya aguardaba para evacuar al oso.
George se ofreció a acompañarlo en el vuelo para supervisar constantes.
De vuelta en la boca de la cueva, Mark se quedó a solas con un par de policías.
Ambos agentes se miraron entre sí y luego miraron el angustioso agujero entre las rocas.
Alguien tenía que introducirse allí dentro, agazapado, e inspeccionar el fondo.
En condiciones normales, George habría sido el hombre idóneo para esa tarea, pero al haber tenido que partir en el helicóptero custodiando al animal, no le quedó más remedio que pringarse al propio Mark.
El detective suspiró. Se remangó la chaqueta, sacó el teléfono móvil para usar la linterna y se dispuso a entrar medio arrastrándose por el túnel. El hueco apenas tenía el diámetro de un balón de playa y una profundidad de poco más de dos metros.
En cuanto metió la cabeza, un hedor nauseabundo a putrefacción, humedad y excremento le golpeó de lleno en la cara. Mark tragó saliva y ahogó una arcada mientras avanzaba a codazos sobre la tierra húmeda.
Definitivamente no me pagan lo suficiente por esto, pensó para sus adentros, avanzando centímetro a centímetro. Desde luego, jamás habría imaginado pasar las fiestas metido en la nauseabunda madriguera de un oso negro.
Cuando por fin alcanzó el fondo del cubículo, iluminó el entorno con la pantalla del teléfono.
No había rastro de ropa rasgada, ni huesos humanos, ni sangre.
Lo único que llenaba el suelo de la cavidad eran desperdicios urbanos: botellas plásticas, tarros de mermelada medio chupados, envases de comida rápida y diminutos chasis de huesos de pollo, sin duda sustraídos de los contenedores de basura de los vecinos de la zona.
Utilizando una bolsa de plástico para pruebas que llevaba en el bolsillo, Mark fue arrastrando y recogiendo los restos más relevantes para que la policía científica pudiera analizarlos.
A primera vista, no encontró absolutamente nada que hiciera saltar las alarmas ni que indicara que Joshua hubiera estado allí dentro.
La hipótesis del oso estaba, a todas luces, prácticamente descartada.