Capítulo 10 La batida
En el aparcamiento improvisado al final de la calle no había civiles ni vecinos curiosos; la orden de confinamiento domiciliario emitida el día anterior había sido tajante y la comunidad la estaba cumpliendo a rajatabla.
En el lugar solo se veían los sobrios todoterrenos de los guardabosques, el vehiculo de Mark y la unidad móvil desplegada por el equipo de fauna.
Al otro lado del cordón de seguridad, la tensión en el ambiente era palpable.
Una noticia de semejante magnitud —la trágica desaparición de un vecino, la presunción de un ataque mortal a manos de un gran depredador y el confinamiento histórico de toda una urbanización residencial— jamás habría podido pasar desapercibida para los medios de comunicación.
Varias dotaciones de prensa, cadenas de televisión regionales y periódicos locales se habían apostado tras la cinta policial.
Un pequeño enjambre de cámaras con potentes teleobjetivos, micrófonos de cañón protegidos del viento y unidades móviles con antenas satelitales retransmitían en directo cada movimiento del operativo.
Los periodistas informaban a cámara con tono grave, especulando sobre el paradero del desaparecido y retratando el histórico e inquietante despliegue de las fuerzas del orden a las puertas del bosque.
Mark echó una mirada de reojo al tumulto de la prensa antes de ajustar su chaleco y dirigirse hacia George. Sabía que cada minuto en pantalla aumentaba la presión mediática, pero su única prioridad en ese momento estaba al otro lado del perímetro, en la frondosidad del bosque.
Mark y el zoólogo George por fin se vieron las caras en persona.
Se saludaron con un apretón de manos firme y giraron la vista casi al mismo tiempo hacia el perímetro.
Todo el lugar era un hervidero de actividad: la cinta policial acordonando la entrada al bosque, patrullas con las luces encendidas, periodistas intentando colar los micrófonos y un buen puñado de vecinos curiosos observando tras la barrera.
George miró a Mark, alzó una ceja y soltó una leve sonrisa amarga.
—Menudo circo hemos montado aquí fuera, detective.
Mark asintió con la cabeza, observando el despliegue sin perder la seriedad.
—Cuanto antes terminemos con el tema del oso, antes volverá este barrio a la normalidad —dijo Mark con firmeza.
El zoólogo lo observó durante un segundo, buscando sinceridad en sus ojos, antes de lanzar la pregunta que le rondaba la cabeza.
—Dime una cosa, Mark... ¿realmente crees que haya podido ser un oso? Ya te comenté por teléfono que las probabilidades eran mínimas.
Mark se pasó la mano por la nuca, frotándose el cuello con gesto cansado.
—Mira, George, sinceramente opino igual que tú.
Las posibilidades de que un oso haya matado a ese hombre son mínimas.
Pero necesito descartar la hipótesis del animal cuanto antes.
En cuanto confirmemos que el oso no tiene nada que ver, podré centrarme al cien por cien en el resto de la investigación.
Mark hizo una breve pausa y señaló con la barbilla hacia la calle donde se ubicaba la propiedad de los Miller.
—Piénsalo fríamente: si el oso hubiera atacado a Joshua en el propio jardín, por muy instantáneo y sigiloso que fuera el zarpazo, tendría que haber dejado una huella brutal.
El escenario habría sido completamente distinto —respondió Mark con rotundidad—.
Estuve allí la misma mañana del 25 de diciembre, apenas doce horas después de la desaparición.
Me fijé detenidamente en las figuras de decoración que acababan de colocar.
Es cierto que alguna estaba tumbada sobre el césped, pero fue por el viento o por el propio trajín de los agentes durante las primeras batidas.
Lo determinante es que ninguna estaba rota.
No había un solo trozo de cerámica fracturado, ni marcas de garras, ni señal alguna de forcejeo.
Mark hizo una breve pausa para dejar clara su conclusión.
—Si un animal de 100 kilos arremete contra un hombre en mitad de la noche, destroza todo lo que encuentra a su paso.
Las figuras habrían volado por los aires.
Por eso tengo claro que, si un oso tuvo algo que ver, el ataque jamás ocurrió dentro del jardín.
Tuvo que ser fuera, en la acera o ya en la carretera.
Y Aunque a Joshua no le hubiera dado tiempo ni de gritar ni de pedir ayuda, el cuerpo se evaporó por completo. Estamos hablando de un hombre de casi ochenta kilos, no era precisamente un tipo menudo.
Si un animal de ese tamaño arrastra o traslada un cuerpo así por la acera o por las calles de la urbanización, deja un rastro inconfundible de sangre, o como mínimo, algún vecino lo habría visto desde su ventana.
El detective negó con la cabeza, reafirmando la incongruencia de la escena.
Por eso los indicios de que fuera el oso son ridículamente bajos, George. Pero procesalmente no puedo dejar ese cabo suelto en el aire; tenemos que eliminar esa opción de la lista sí o sí para avanzar.
George asintió, aunque su rostro volvió a tensarse al recordar la condición que habían pactado.
—Lo único que me importa es que el animal no salga malherido de todo esto.
Mark sonrió de forma leve, intentando calmarlo, y le dio una palmadita tranquilizadora en el hombro.
—No te preocupes por eso, George. Antes de ser policía, fui boy scout. Te doy mi palabra: al animal no le va a pasar nada.
Ese gesto y la firmeza en las palabras de Mark le infundieron a George una enorme tranquilidad. Saber que el detective al mando respetaba la vida del oso y no buscaba una cacería sangrienta le dejó el cuerpo descansado y listo para internarse en la frondosidad del bosque.
Poco después, una camioneta de cabina doble se detuvo levantando una pequeña nube de grava.
tres rastreadores bajaron de ella . Vestían chalecos tácticos de alta resistencia, llevaban escopetas Remington de calibre 12 al hombro para protección a corta distancia y sujetaban fusiles con mira telescópica preparados con dardos anestésicos de alta concentración.
En el remolque adaptado de la parte trasera, dos perros de la raza Karelian, entrenados específicamente para acorralar grandes carnívoros, jadeaban nerviosos, olfateando el aire gélido del bosque.
—No es un paseo por el campo —le advirtió Mark a George entregándo le un potente aerosol de spray para osos de grado militar mientras revisaba con pulso firme la carga de su propio rifle de dardos—.
Por supuesto, George —asintió Mark, recuperando un tono mucho más sobrio y riguroso—.
Como te he dicho, evitaremos por todos los medios dañar al oso.
Pero seamos realistas: si el animal representa una amenaza directa y ese pequeño porcentaje de peligro se cumple, atacándo nos a nosotros ...
recuerda que la prioridad absoluta es la vida de todos nosotros, la de los agentes del equipo y la de los perros.
George apretó los labios y sostuvo la mirada del detective durante unos segundos. Sabía perfectamente que, en un operativo de alto riesgo en mitad de la maleza, la seguridad humana estaba por encima de todo.
—Entendido, Mark —respondió el zoólogo, ajustándose el arnés de su equipo de rastreo—. Confiemos en que los dardos hagan su trabajo a tiempo y no tengamos que llegar a ese extremo.
Con las reglas del juego claras para ambas partes, Mark hizo una señal a la unidad de guardabosques y a los agentes de apoyo. Era el momento de dejar atrás el ruido de la prensa, cruzar la cinta policial e internarse en la penumbra del bosque.
—Oye, Mark... ¿qué extensión exacta tiene este bosque? —preguntó George con una mueca de preocupación—. Porque si tenemos que batir toda esta masa forestal a pie, nos va a llevar más de un día dar con la madriguera.
Mark no pudo evitar soltar una leve risotada y se cruzó de brazos.
—Hace apenas una hora que ya tenemos localizado al oso y a su madriguera. Está a poco más de medio kilómetro de aquí.
George se quedó de piedra y lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Tan rápido? ¿Pero cómo demonios...?
Antes de que Mark pudiera responder, un zumbido agudo y constante comenzó a resonar sobre sus cabezas, cobrando fuerza desde el cielo.
George levantó la vista y vio descender entre la copa de los árboles un sofisticado dron táctico de gran tamaño, equipado con cámaras de alta resolución y sensores térmicos FLIR de última generación.
—Con la tecnología de la policía estatal —explicó Mark señalando el aparato mientras este maniobraba—.
Volamos un dron hace un par de horas, con los primeros rayos de sol, cargado con una cámara térmica sobre las copas de los árboles.
Ese sistema detecta las fuentes de calor en las grietas, cavidades o zonas frondosas en cuestión de minutos.
Preferimos meter la tecnología primero antes de enviar a los hombres a pie a ciegas.
George contempló el dron asentarse sobre el techo del vehículo de mando, francamente impresionado por la logística desplegada en el lugar.
—Debo reconocer que tenéis un equipamiento de primera para esta batida, Mark —admitió el zoólogo, ajustándose los guantes técnicos.
Sin embargo, su expresión volvió a tornarse seria al mirar hacia la sombra de los árboles—.
Pero no os confiéis. El oso sigue siendo un arma biológica infinitamente más precisa que cualquier aparato.
Tiene un olfato capaz de detectar presas o amenazas a más de cinco kilómetros de distancia.
Dad por hecho que ese animal ya sabe que estamos aquí y que nos dirigimos directamente a su madriguera.
Mark sonrió de lado, manteniendo una calma absoluta mientras se daba un suave golpe en el hombro del chaleco táctico.
—Puede ser, George... pero seguramente ese oso tampoco sepa lo que es un rifle de precisión cargado con un dardo tranquilizante de alta potencia. En cuanto nos aproximemos a menos de trescientos metros de la cavidad, mis tiradores podrán abatirle con el dardo sin hacerle el más mínimo daño.
George suspiró hondo, mirando la frondosa espesura que los aguardaba a pocos pasos.
—Ojalá sea así, Mark. Ojalá sea así.