La Navidad que se detuvo Capítulo 9 Confinamiento
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Capítulo 9 Confinamiento

Mark colgó el teléfono tras hablar con George, apretándose el puente de la nariz.

El despacho estaba en relativo silencio, salvo por el murmullo lejano de las tecleadas de los agentes en la planta central.

No había tiempo que perder: la ventana de buen tiempo se cerraba y la amenaza de una tormenta invernal en pocos días obligaba a actuar con la máxima celeridad.

Lo primero era acordonar el riesgo y proteger a la comunidad local. Mark tomó de nuevo el teléfono del escritorio y buscó el contacto de la empresa administradora de la urbanización donde residían los Miller.

En cuanto el responsable de la administración respondió al otro lado de la línea, Mark fue directo y tajante, imprimiendo a su voz toda la autoridad del cargo.

—Habla el detective Mark. Necesito que emitan un comunicado urgente y lo envíen de inmediato al grupo de mensajería de todos los residentes de la urbanización.

—¿Ocurre algo grave, detective? —preguntó la voz al otro lado, alertada por el tono severo.

—Escúcheme bien y transmita estas instrucciones al pie de la letra —ordenó Mark—.

Tienen que advertir a todos los vecinos de que eviten transitar a pie por las calles de la urbanización y, bajo ningún concepto, se adentren en la linde del bosque.

Existen indicios sólidos de que un gran depredador, posiblemente un oso altamente agresivo, merodea por las inmediaciones y podría haber causado ya una baja mortal.

Un silencio pasmado se apoderó de la línea por un segundo antes de que el administrador reaccionara.

—¿Un oso en las calles? Santo cielo...

—Quiero que les quede muy claro a los propietarios —continuó Mark sin pausa—: si alguien tiene la necesidad imperiosa de salir de su vivienda, debe hacerlo únicamente a la luz del día, realizando el trayecto directo de la casa al vehículo o del vehículo a la casa.

Las puertas y ventanas deben permanecer cerradas en todo momento, y los contenedores de basura, totalmente asegurados.

Nadie sale a pasear a sus mascotas ni a hacer deporte hasta nuevo aviso.

—Entendido, detective. Redacto el mensaje ahora mismo y lo mando con aviso de máxima prioridad a todos los chat de vecinos y correos de la comunidad.

—Hágalo ya —concluyó Mark antes de colgar.

Con la alerta comunitaria en marcha y los vecinos bajo recomendación de confinamiento, el detective se levantó de su sillón. Era hora de revisar los preparativos de la batida y coordinar a los equipos de especialistas antes de internarse en la sombra del bosque.

Eran ya las ocho de la tarde. Faltaba muy poco para que se cumplieran las veinticuatro horas exactas desde la extraña desaparición de Joshua.

En el interior de la residencia, la tensión se respiraba en cada rincón.

Elena continuaba allí junto a su padre, John, y sus dos hijos pequeños, intentando mantener una calma de fachada que amenazaba con romperse en cualquier momento.

El sonido del timbre resonó en el vestíbulo, rompiendo el pesado silencio de la casa.

Elena se levantó apresuradamente y fue a abrir la puerta.

Al otro lado se encontró con Tom y Margaret, la entrañable pareja de ancianos vecinos que la noche anterior los habían acompañado durante las primeras y agónicas horas de búsqueda.

—Hola, Elena... ¿hay alguna novedad? —preguntó Margaret con rostro preocupado.

—No, ninguna... Seguimos a la espera de que la policía nos diga algo —respondió Elena dejándose llevar por un leve suspiro de agotamiento.

Tom la miró extrañado y entornó los ojos.

—¿No has leído el mensaje que han mandado al grupo de la urbanización?

Elena negó lentamente con la cabeza.

—No, no he visto nada. El que estaba en el grupo de mensajería de la comunidad era Joshua, y la policía se llevó su teléfono para analizarlo como prueba.

—Nos han puesto en confinamiento a todos los vecinos —explicó Tom con gravedad—.

La administración de la urbanización ha enviado un comunicado urgente por orden de la policía. Al parecer, hay un riesgo altísimo de que un oso peligroso ande merodeando por la zona y dicen que podría haber atacado ya a una persona.

Las palabras del anciano resonaron en la cabeza de Elena como un eco lejano.

Las sospechas y la versión que ella misma le había dado al detective Mark cobraban fuerza de repente; la policía estaba haciendo su trabajo y todo apuntaba a que sus peores temores sobre la bestia salvaje eran ciertos.

Tom y Margaret le reiteraron las instrucciones de la administración: no salir de casa salvo lo estrictamente necesario, no adentrarse en el bosque bajo ningún concepto y mantener todo cerrado a cal y canto.

Tras despedirse de los ancianos con afecto, Elena cerró la puerta y se apoyó contra la madera, visiblemente abrumada y sin saber muy bien cuál debía ser su siguiente paso.

Al verla tan sobrepasada, su padre, John, dio un paso al frente y tomó el control de la situación.

—Elena, haz las maletas. Nos vamos ahora mismo a mi casa a pasar la noche.

—¿Y mi hermano? —alcanzó a preguntar ella, pensando en el espacio de la vivienda.

—No te preocupes,  él, su mujer y el niño , se irán a un hotel para que tengamos sitio de sobra para ti y para los niños —le aseguró John con firmeza afectuosa—. Aquí no os vais a quedar.

Elena no se lo pensó ni un solo segundo. La suma de los traumáticos recuerdos de la noche anterior, la misteriosa ausencia de Joshua y la presencia confirmada de un oso peligroso acechando los alrededores de la propiedad superaban cualquier límite.

Subió a las habitaciones, preparó el equipaje a toda prisa y, en cuestión de minutos, abandonó la casa junto a su padre y sus dos hijos rumbo a la seguridad del hogar de sus padres.

Elena y su padre llegaron al piso donde vivian su madre Elisa y su padre, Ersan las 9:30 de la noche  justo  la hora de cenar. En cuanto cruzaron el umbral de la puerta, la madre de Elena corrió a su encuentro y la envolvió en un abrazo apretado y refugio.

—Hija mía, ¿cómo estás? —le preguntó mirándola a los ojos con infinita preocupación.

—Sigo en shock, mamá... todavía no me hago a la idea de nada —confesó Elena, dejando escapar un suspiro entrecortado.

—Normal, cielo, es completamente normal —la consoló su madre acariciándole la espalda—. Ya verás como al final todo se soluciona.

A continuación, su hermano se acercó y le dio un cálido abrazo, preguntándole cómo se encontraba.

—Bueno... ahí voy. Descolocada del todo —respondió ella con la voz apagada.

La mujer de su hermano también se sumó con un abrazo sincero y lleno de empatía.

—Siento muchísimo tener que verte en estas circunstancias, Elena —le dijo suavemente.

—¿Qué se le va a hacer...? —respondió Elena intentando esbozar una sonrisa de agradecimiento, antes de añadir con cierta culpabilidad—

- Siento muchísimo que tengáis que marcharos por mi culpa.

—No seas tonta, Elena —la interrumpió su hermano con firmeza—. Lo primero es la familia.

—Por el hotel no os preocupéis, de verdad. Yo me encargo de pagarlo —se apresuró a decir ella.

—De eso nada —negó su hermano con rotundidad—.

De hecho, lo hemos pensado mejor y nos marchamos ya de vuelta a nuestra casa.

Son un par de horas de camino, para las once de la noche ya habremos llegado.

No queremos molestar más aquí y, tal como están las cosas y lo mal que lo estás pasando, lo mejor es que tengáis espacio.

Elena miró a su hermano y lo abrazó con fuerza. La relación entre ellos siempre había sido compleja; ambos tenían un carácter fuertemente marcado y sus rifirrafes a lo largo de los años habían sido habituales.

Sin embargo, ver cómo en un momento tan oscuro su hermano comprendía la gravedad de la situación, cedía sin pensarlo y se apartaba para dejarle el lugar a ella y a los niños, le tocó profundamente el corazón.

Tras ese emotivo abrazo, Elena se despidió con cariño de su cuñada y le dio un gran beso a su pequeño sobrino.

—Ojalá la próxima vez que nos veamos sea en otras circunstancias —le dijo con el corazón en la mano antes de verlos cruzar la puerta de salida.