La Navidad que se detuvo CAPÍTULO 8 El misterio del oso negro #2
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CAPÍTULO 8 El misterio del oso negro #2

Mark no se sorprendió en absoluto. De hecho, era exactamente la respuesta que esperaba de un juez tan riguroso como Jimmy.

Su verdadera intención no era conseguir la orden en ese preciso instante, sino sembrar la duda en el magistrado y dejar la puerta entreabierta para cuando reuniera las evidencias que de verdad necesitasen.

—Lo sé, Jimmy, lo sé —admitió Mark con cierta resignación fingida—. Tenía que intentarlo. Solo quería que tuvieras el caso en el radar por si las cosas se tuercen en las próximas horas y tengo que presentarte los papeles formalmente.

—Tráeme algo concreto: un registro financiero raro, una contradicción grave en su declaración o un indicio de que Joshua no salió solo de esa casa, y te firmaré lo que haga falta —concluyó Jimmy con tono afectuoso—. Pero hasta entonces, haz trabajo de campo, detective.

—Hecho. Oye, dale un abrazo fuerte a Carol de mi parte.

—Se los daré. ¿Nos vemos el sábado en el campo de golf para ver si consigues embocar algún putt decente?

—Ahí estaré, prepárate para perder un par de apuestas —bromeó Mark antes de despedirse cordialmente y colgar la llamada.

Mark dejó el teléfono sobre el escritorio con una mueca de satisfacción. El terreno con el juzgado ya estaba abonado. Justo en ese momento, escuchó un par de golpecitos en el cristal de la puerta de su despacho. Era el agente con el número del especialista en fauna salvaje.

Mario, un agente de origen latino, llamó suavemente a la puerta entornada del despacho. Entró con una hoja de papel en la mano, la dejó sobre la mesa de Mark y señaló el contacto anotado a bolígrafo.

—Aquí tienes, detective —dijo Mario—. El número de un especialista en fauna salvaje. Se llama George y es experto en conducta de plantígrados.

Mark no perdió ni un solo segundo. En cuanto el agente salió del despacho, marcó el número. Tras un par de tonos, una voz rasgada y firme respondió al otro lado.

—¿Sí? Habla George.

—Hola, George. Soy el detective Mark. Llevo una investigación por una desaparición aquí en el estado de Nueva York donde sospechamos que un oso negro podría estar involucrado.

Quería hacerle unas consultas técnicas. Por lo que tengo entendido, los osos negros son animales asustadizos por naturaleza, ¿no es así?

¿Es posible que un oso negro ataque a un ser humano?

—Por norma general, sí, son huidizos y evitan el contacto

—explicó George al otro lado de la línea—.

Pero que no sea lo habitual no significa que no ocurra.

Para que se haga una idea, en toda Norteamérica, con una población de casi un millón de ejemplares, se registran de media unos cinco ataques al año.

De esos cinco, tres suelen ser leves, uno grave y uno termina siendo mortal.

Estadísticamente hay una o dos muertes al año por estos animales.

George hizo una breve pausa antes de profundizar en la conducta del animal.

—Hay un factor clave en las urbanizaciones pegadas al monte, detective: la comida. Cuando los osos se acostumbran a comer basura doméstica o restos de los vecinos, se habitúan al olor de las personas y pierden su miedo natural.

Si un oso habituado entra en un porche, un garaje o un jardín y alguien lo acorrala por sorpresa, el animal puede reaccionar de forma extremadamente violenta para escapar o defender su alimento. Y no siempre es un ataque defensivo; a veces puede ser puramente depredador.

—El desaparecido salió de noche al jardín —intervino Mark—. Solo, a oscuras y en silencio.

—En ese escenario, con la oscuridad de la noche y el pelaje oscuro del animal, el oso podría haberlo emboscado por la espalda en un movimiento rapidísimo y haberlo matado allí mismo en el acto —asintió el Zoólogo—.

Y hay un detalle fundamental por el clima que estamos teniendo.

Estos doce grados son una temperatura bastante cálida para esta época, lo que hace que los osos retrasen su hibernación varias semanas porque no sienten la urgencia térmica.

Sin embargo, he visto en las noticias que los partes meteorológicos anuncian que de aquí a una semana las temperaturas van a desplomarse de golpe y van a llegar las primeras nevadas.

Y eso los osos lo notan perfectamente antes que nosotros.

—¿Por el cambio de tiempo?

—Por la caída en la presión atmosférica —aclaró George—.

En cuanto el oso percibe ese bajón de presión y presiente que las heladas son inminentes, se le dispara de golpe el mecanismo biológico: entra en la llamada hiperfagia, un estado de verdadera desesperación por acumular calorías a última hora antes de encerrarse en la guarida.

—Hiperfagia —repitió Mark mientras tomaba notas.

—Eso es. En esa fase necesitan engullir hasta 20.

000 calorías al día para generar la grasa corporal que los mantendrá vivos durante meses sin comer ni beber.

Si en el bosque ya no queda alimento y en los contenedores tampoco encuentra suficiente, en medio de esa desesperación, aunque sea improbable, cabe la posibilidad de que viera a ese hombre como una presa fácil, lo atacara y se lo llevara hacia la frondosidad del bosque.

Mark se masajeó el puente de la nariz, analizando cada palabra.

—Si tuviera que darme un porcentaje, George... ¿cuántas probabilidades hay de que haya ocurrido exactamente eso?

—Siendo totalmente realista, detective...

el porcentaje es bajo, es un evento poco improbable —admitió George con total sinceridad—.

Pero poder ocurrir, puede ocurrir perfectamente.

Al final del día, el oso solo mira por su propia supervivencia.

Si tiene que atacar a un ser humano para conseguir esas calorías y sobrevivir al invierno, está biológicamente programado para hacerlo.

—Mire, detective, no se deje engañar —continuó explicándole el biólogo al otro lado de la línea—. El oso negro suele rehuir el contacto con nosotros simplemente para evitar un enfrentamiento innecesario, pero no olvide lo que es: un depredador nato.

No hace tanto tiempo, ese animal estaba en lo más alto de la cadena alimenticia, por encima del propio ser humano.

Está genéticamente diseñado para matar. Estamos hablando de un bestia que puede alcanzar fácilmente los 150 kilos de peso, equipada con garras de hasta 10 centímetros de largo capaces de desgarrar carne y hueso, y con una potencia de mordida absolutamente mortal.

Si un oso negro se ve acorralado o la desesperación lo lleva a atacar y matar a una persona, créame...

es un arma perfecta diseñada por la naturaleza para dicho propósito.

—Le entiendo perfectamente, George... la verdad es que no pensaba que pudieran ser tan violentos —admitió Mark, apoyando los codos sobre el escritorio—. Para serle sincero, siempre he tenido la imagen del oso negro como la de un animal juguetón, torpe y asustadizo.

El detective hizo una breve pausa para ordenar sus ideas antes de lanzar la pregunta clave.

—Si existieran indicios reales de que un oso peligroso ha matado a una persona y anda merodeando cerca de una urbanización, ¿qué nos recomendaría hacer desde el punto de vista técnico?

—Sin duda alguna, lo primero es la seguridad ciudadana, detective —respondió George sin vacilar—.

Hay que emitir una alerta inmediata a los vecinos para que no salgan de sus casas y, bajo ningún concepto, se adentren en el bosque.

Y lo segundo, ir a buscar a ese animal. Hay que localizarlo, sedarlo y examinarlo para confirmar si realmente ha atacado a un ser humano.

Si ha habido un ataque, siempre quedan evidencias: rastros biológicos en sus garras, en el hocico o restos en la propia madriguera.

Mark asintió para sí mismo en el despacho, totalmente convencido de que la batida por el frondoso bosque que bordeaba la urbanización era un paso inevitable en la investigación.

—Bien, George. Vamos a organizar esa batida. ¿Contamos con usted y con su equipo para que nos acompañen sobre el terreno?

—Contad con nosotros, detective —accedió el Zoólogo—, pero con una condición indispensable: al animal no se le sacrifica. Se le seda, se le analiza y se gestiona según el protocolo, pero nada de disparar a matar.

—Por eso no se preocupe en absoluto —le tranquilizó Mark con firmeza—. Nadie va a dañar al oso. Nuestro único objetivo es sedarlo y salir de dudas.

—En ese caso, hecho. Prepare a su gente; mi equipo y yo estaremos listos cuando nos dé la orden.

Si las nevadas van a caer la semana que viene, no podemos perder ni un solo segundo. Tenemos que internarnos en el bosque ya.

Mark hizo una breve pausa antes de formular la pregunta que le rondaba la cabeza desde que había visto la linde del pinar:

—Si este oso atacó a una persona y lo arrastró hasta su madriguera... ¿existe alguna posibilidad de que siga con vida?

—Ninguna, detective. Absolutamente ninguna —respondió George con rotunda firmeza al otro lado de la línea—.

Los grandes carnívoros no almacenan presas vivas.

Un oso negro no arrastra a un ser humano a su guarida para mantenerlo cautivo; el instinto no funciona así.

Si ese animal atacó , primero lo mató y después se lo comió.

Si encontramos esa madriguera, lo que hallaremos allí serán restos biológicos o prendas, pero nunca a un hombre con vida.

Las palabras del especialista cayeron con un peso helado en el despacho de Mark, confirmando lo que ya intuía: la batida no sería una misión de rescate, sino la búsqueda de una escena del crimen en mitad de la naturaleza.