CAPÍTULO 8 El misterio del oso negro
Mark dejó atrás las laberínticas calles de la urbanización y, en cuanto su coche enfiló la autopista de regreso, volvió a accionar el manos libres para marcar el número de su compañero.
—Robert, perdona que te moleste de nuevo en mitad de tus vacaciones —se disculpó Mark nada más escuchar el todo de llamada.
—No pasa nada, Mark, dime. ¿Qué tal esa visita a los Miller? —respondió Robert, con fondo de ambiente hogareño.
—Ya he estado con la mujer del desaparecido. Me enseñaron uun vídeo de un oso negro que ha estado merodeando por la zona dias atras . Ella y su padre están convencidos de que el animal podría ser el culpable de la desaparición de Joshua.
Mark sabía perfectamente que a Robert le apasionaban los documentales de naturaleza y la vida salvaje. En un caso así, la policía terminaría consultando a un especialista o a un agente forestal, pero Mark quería ir adelantando terreno y conocer la opinión de alguien con ese tipo de conocimientos.
—¿Y bien? —preguntó Mark—. ¿Son muy agresivos? ¿Podría haber atacado a Joshua en mitad de la noche?
—Mira, Mark... Los osos negros son animales extremadamente asustadizos —explicó Robert con rotundidad—.
Sinceramente, te digo que es mucho más peligroso cruzarte por la calle con un perro grande sin correa que con un oso negro.
Por norma general, en cuanto ven o huelen a un ser humano, salen huyendo en dirección contraria.
Tienen que verse muy acorralados o con sus crías cerca para atacar de esa forma.
—Entiendo... —murmuró Mark—. Aun así, posiblemente acabemos organizando una batida por la arboleda que hay frente a la casa por si acaso. Pero te soy sincero, Robert... Sospecho de la mujer.
Robert guardó silencio un segundo, sorprendido por el giro.
—¿De su mujer? ¿Por qué lo dices?
Mark se acomodó al volante antes de hacerle la pregunta clave.
—Te lo pregunto a ti porque estás casado. En mi época con mi exmujer no existían estos smartphones, pero me imagino que tú en tu teléfono tendrás un PIN de bloqueo, ¿no?
—Claro que sí, como todo el mundo —contestó Robert.
—¿Y tu mujer sabe ese código de bloqueo?
Robert soltó una carcajada sincera por los altavoces del coche.
—¡Qué va! Ni de broma. Se asustaría si viera todo lo que hablo y dejo de hablar por con los compañeros o los detalles de los casos en los que trabajamos.
No es habitual que las parejas sepan los códigos de bloqueo del otro, a menos que sea una mujer muy celosa o a la que le guste tenerlo todo absolutamente controlado.
—Creo que hay algo en toda esta historia que no cuadra bien —admitió Mark, mirando fijamente la carretera—.
Elena fue extremadamente repetitiva e insistente con el tema del oso.
No paraba de dirigir la atención hacia el animal.
Y según leí en el informe de los patrulleros que estuvieron anoche, los cubos de basura de la entrada estaban intactos y bien cerrados.
Si un oso hubiera estado rascando o buscando comida junto a la casa, habría dejado un desastre.
Mark agradeció la paciencia de su compañero antes de dar por terminada la conversación.—Siento haberte roto la tranquilidad de las vacaciones, Robert —se disculpó de nuevo el detective
.—Ni te preocupes, Mark. En un par de días estoy de vuelta en la oficina y te echo una mano con esto sobre el terreno. Ten cuidado con lo que pisas ahí fuera.
Mark colgó, tomó la salida correspondiente y maniobró por las calles de la ciudad hasta alcanzar la comisaría central. Acreditó su paso en el control de acceso y bajó con el vehículo hasta el aparcamiento del sótano.
Subió en el ascensor directamente a la planta de investigación. Al cruzar la sala de trabajo, donde varios agentes tecleaban frente a sus pantallas, se detuvo ante la mesa de uno de los oficiales.
—Mario, Necesito que te pongas con un asunto de inmediato —le ordenó Mark apoyando las manos en el separador del escritorio—.
Mario Sandoval era un agente latino de treinta y ocho años que transmitía una pulcritud y un orden impecables en todo lo que hacía.
De estatura media, complexión atlética y rasgo cálido pero firme, llevaba siempre el pelo bien cortado y el uniforme sin una sola arruga, reflejo directo de su disciplina diaria.
Llevaba cinco años felizmente casado y, aunque la pareja aún no había dado el paso de tener hijos, Mario volcaba toda su dedicación y energía en su vocación profesional.
Era el primero en llegar a la comisaría cada mañana y el último en irse si había papeleo pendiente.
Destacaba por ser un hombre afable, metódico hasta el extremo y con una capacidad de trabajo incombustible; no dejaba un cabo suelto ni un informe a medio redactar.
Para Mark, Mario se había convertido en un pilar fundamental.
Con su compañero habitual, Robert, disfrutando de unas vacaciones más que programadas en el momento más inoportuno, la presencia de Mario en la investigación no solo era un alivio, sino una garantía de eficacia.
Mark sabía que podía delegar en él cualquier tarea crucial con la absoluta certeza de que se ejecutaría con discreción, rigor y absoluta lealtad.
—Mario, necesito que te pongas con tres cosas inmediatamente.
El agente latino sacó de su bolsillo una libreta de notas y un bolígrafo, listo para apuntar con su habitual rigor metódico.
—Dime, Mark, te escucho —asintió Mario, atento.
—Primero: quiero un informe completo de antecedentes de Elena Miller. Registros de propiedad, historial de movimientos financieros a su nombre... En fin, quiero saberlo todo sobre ella, hasta el más mínimo detalle.
Mario anotó los datos en su libreta sin pestañear mientras Mark continuaba con las instrucciones:
—Segundo: consígueme el contacto directo de un guarda forestal de la demarcación del bosque y también el de algún biólogo o especialista en comportamiento de osos. Necesito asesoramiento experto sobre la zona.
—Anotado —respondió el agente, subrayando la tarea en su cuaderno.
—Y por último —añadió Mark, apoyando las manos sobre la mesa y mirándolo fijamente—, pásate por la urbanización Pine Valley Estates, concretamente por el número 14.
Quiero que revises todas las cámaras de videovigilancia colindantes a esa propiedad y recuperes cualquier grabación de las últimas 48 horas donde se pueda ver el jardín de los Miller.
Mario cerró la libreta con un chasquido firme y guardó el bolígrafo en el bolsillo de su camisa.
—Cuenta con ello, Mark. Me pongo a trabajar en ello ahora mismo.
Mientras los agentes de la planta tecleaban en sus terminales cruzando los datos de Elena Miller y buscando el contacto del departamento de fauna, Mark entró en su despacho, cerró la puerta para tener algo de privacidad y se dejó caer sobre la silla de cuero.
Sacó su teléfono personal y buscó un número que se sabía prácticamente de memoria: el de Jimmy.
Jimmy no solo era un magistrado con el que llevaba colaborando más de quince años en infinidad de casos de homicidio y desapariciones, sino también un buen amigo fuera de las placas y los juzgados.
Mark conocía perfectamente los engranajes del sistema: sabía que una solicitud oficial para intervenir las comunicaciones , era de las órdenes más restrictivas y difíciles de conseguir en el derecho procesal estadounidense.
Un juez exigía pruebas aplastantes de que se habían agotado todas las vías tradicionales antes de autorizar un pinchazo telefónico.
Sin embargo, Mark también sabía que, si demostraba que la investigación estaba entrando en un punto muerto sin otra vía de avance, las posibilidades de conseguir la firma aumentaban.
Aquella llamada no era formal; era un movimiento táctico para ir preparando el terreno.
—¿Jimmy? Soy Mark —dijo el detective en cuanto escuchó el tono de respuesta.
—Mark... —respondió la voz pausada y profunda del juez al otro lado—. ¿Qué sucede? Es que no coges vacaciones ni en Navidad.
Mark sonrió levemente antes de soltar una pequeña carcajada por el auricular.
—Tú ya sabes que mi trabajo, el campo de golf y una buena cerveza es lo único que me llena —respondió Mark, antes de recuperar un tono algo más profesional
—. Ojalá te llamara para felicitarte las fiestas, pero tengo una desaparición entre manos desde anoche. El marido de una mujer de la urbanización de las colinas.
La escena está aparentemente limpia, pero hay varios detalles en la casa y en su actitud que no me terminan de encajar. Sinceramente, Jimmy, esto me huele mal.
Es posible que nos estemos acercando a un callejón sin salida. ... Hizo una pausa calculada, dejando caer la idea en el aire.
—Estaba pensando en preparar la documentación para solicitarte una orden de intervención en las líneas de la esposa y de su entorno cercano....
la mujer sostiene que se lo pudo llevar un oso negro que anda suelto por la zona, pero hay varios detalles en la casa y en su actitud que no me terminan de encajar.
Sinceramente, Jimmy, me huele mal. Es posible que nos estemos acercando a un callejón sin salida si nos quedamos solo con lo que hay en el jardín.
Hizo una pausa calculada, dejando caer la idea en el aire.
Al otro lado de la línea se escuchó el carraspeo característico del juez, seguido del chasquido de un bolígrafo al golpear la mesa.
—Ah, viejo zorro... —respondió Jimmy dejando escapar un largo suspiro—. Sabes perfectamente cómo funciona esto, Mark. Aprecio que me pongas al corriente, pero si me presentas hoy esa solicitud con lo que me estás contando, te la voy a denegar en el acto.
Estamos en las primeras doce horas. No tienes causa probable sólida, solo corazonadas y una puerta de garaje que cierra mal. Si pincho ese teléfono ahora mismo sin una base sólida, el abogado de esa mujer nos destruirá en el tribunal antes de empezar el juicio.